Las lunas tumbadas

Ángel Gómez Roldán / 01-02-2007

Los planetas gaseosos de nuestro sistema solar se caracterizan, entre otras cosas, por poseer numerosas lunas: a mayor masa, más satélites orbitan a su alrededor. Así, y hasta la fecha, Júpiter posee 63; Saturno, 56; Urano, 27; y Neptuno, 13.

La gran mayoría de ellas gira obedientemente en los planos ecuatoriales de sus planetas respectivos. Como éstos se mueven alrededor del Sol en el mismo plano (denominado eclíptica), sus lunas se observan alineadas a ambos lados. Los satélites más grandes de Júpiter, descubiertos por Galileo, pueden verse fácilmente con prismáticos como pequeñas estrellas escoltando al gran planeta.

Hay una excepción: el planeta Urano, séptimo en distancia al Sol, gira con su eje de rotación prácticamente paralelo a la eclíptica (en vez de más o menos perpendicular). Dado que sus satélites orbitan en torno a su ecuador, en ocasiones podemos ver los polos y las lunas mirando directamente hacia nosotros, y semeja una gigantesca diana celeste.

Poco se sabe de estas lejanas lunas tumbadas. Casi toda la información la obtuvo hace ya más de dos décadas la sonda espacial Voyager 2 en su sobrevuelo de Urano. El autor de estas líneas recuerda encontrarse en la Estación de Seguimiento de la Red de Espacio Profundo de la NASA, cerca de Robledo de Chavela (Madrid), aquel 24 de enero de 1986.

Las primeras imágenes de las lunas de Urano, que hasta entonces eran sólo meros puntitos de luz en los telescopios más potentes, empezaron a aparecer en los monitores. Después de recorrer más de 2.800 millones de km, las borrosas fotografías, todavía sin procesar, mostraban ya algunos detalles. Era emocionante saber que veíamos por primera vez las superficies de esos mundos helados. Desde entonces, ninguna otra nave espacial ha vuelto a explorar esa remota región, y no hay planes para un futuro cercano. La información obtenida por laVoyager 2 será posiblemente la única que tengamos en mucho tiempo.

De los veintisiete satélites de Urano conocidos, cinco fueron descubiertos con telescopios entre los siglos XVIII y XX. Son, lógicamente, los que poseen un tamaño mayor. Titania, con 1.578 km de diámetro, es el más grande. Siguen Oberón, con 1.523 km; Umbriel, con 1.170 km; Ariel, casi igual al anterior, con 1.158 km; y Miranda, con apenas 472 km en su semieje mayor (no es completamente esférico). Todos ellos miden menos de la mitad del tamaño de la Luna terrestre y orbitan sobre las nubes de Urano a una altura entre los 130.000 km de Miranda, el más próximo al planeta, hasta los más de 580.000 km de Oberón.

Los cuatro mayores poseen, no sólo tamaños, sino también morfologías superficiales muy similares. Están compuestos por una mezcla casi equivalente de hielo y roca, y además tienen los cráteres de impacto habituales en los cuerpos sólidos del Sistema Solar.

La formación geológica común son las grandes fallas o grietas, destacando las de Ariel, cuyos sistemas de fallas interconectadas recorren cientos de kilómetros, y llegan a superar los diez mil metros de profundidad. En las imágenes de la Voyager 2, algunos cráteres aparecen cruzados por estas grietas. Los geólogos planetarios han deducido que es una superficie relativamente joven, la cual ha pasado por activos procesos de remodelación. Cuando se formó, Ariel debió de estar caliente en su interior y, a medida que se enfriaba de fuera adentro, su corteza se contrajo generando las marcas actuales.

Titania es similar a Ariel, mientras que Umbriel y Oberón parecen tener menos fallas y, debido a una remodelación superficial poco activa, un mayor número de antiguos cráteres de impacto. No obstante, ciertas marcas meteoríticas de Oberón acumulan a su alrededor material eyectado de color brillante, mientras que el fondo de los cráteres aparece oscuro.

La sonda Voyager 2 pasó muy cerca de Urano con el fin de ganar el impulso gravitatorio necesario para alcanzar a Neptuno en la última etapa de su viaje (donde llegó en 1989). Debido a la peculiar inclinación respecto a la eclíptica de Urano y sus lunas, ya comentada, la trayectoria de la sonda pasó bastante cerca (a menos de 30.000 kilómetros de distancia) de Miranda, el satélite más cercano al planeta. Y allí se encontraba la gran sorpresa de la misión.

Esta lunita de menos de 500 km de diámetro posee una superficie extraña, parecida a un mosaico de diferentes terrenos mezclados: zonas repletas de cráteres se superponían a un terreno que semejaba un campo arado con surcos paralelos, y éste a su vez se intercalaba con áreas cruzadas de enormes grietas y acantilados de miles de metros de altura. De hecho, lo que se observaba era tan insólito que los científicos tuvieron serios problemas para describirlo.

Al principio, se pensó que Miranda había sufrido grandes choques que la habían partido en varios trozos y que éstos se juntaron, separaron y volvieron a unir repetidamente. Estudios posteriores favorecen una explicación menos agitada: el afloramiento de hielos viscosos desde el interior. No obstante, sigue siendo una de las lunas más fascinantes del Sistema Solar. ¿Cuándo volveremos a explorar estas frías regiones?

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El autor

Ángel Gómez Roldán es Divulgador científico especializado en astronomía y ciencias del espacio, y director de la revista "AstronomíA".

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