El ruido de la luz

Annia Domènech / 02-05-2007

Cuando se alumbra, la oscuridad devuelve los objetos que había escondido. Pero al apagar las luces, el cielo se enciende.

El astronauta Miguel López Alegría ha mencionado en más de una ocasión que en el espacio uno se da cuenta de que las fronteras no existen. Si bien es cierto que éstas son un invento humano, también lo es que, fotografiado desde allí arriba, el planeta se divide en una parte más iluminada, mayoritariamente en el hemisferio norte, y el resto, sumergido en la oscuridad.

Si unos extraterrestres vinieran a visitarnos, asociarían los destellos luminosos terrestres con signos de bienvenida, o con una señal para indicarles nuestro paradero. Cuando aprendieran que la Tierra está iluminada permanentemente, y que nadie les esperaba, atribuirían semejante derroche energético a una civilización primitiva.

En el s. XVI, los exploradores portugueses y españoles necesitaban ver los asterismos, como la Cruz del Sur, para guiarse. Actualmente, todavía hay partes del mundo donde se realiza la navegación estelar. Sin embargo, más allá de su utilidad práctica, la luz de las estrellas ha sido una inspiración para la creatividad humana. Pero desde hace ya unas cuantas lunas, un 20% de la población mundial no tiene acceso a cielos oscuros. Para los astrónomos, que estudian el firmamento, el problema es grave.

¿Qué estropea la claridad de los cielos para la Astronomía? Al disminuir la oscuridad de la noche, no se distinguen los objetos más débiles (menos luminosos). Sin embargo, la contaminación lumínica no es la única que afecta a la observación astronómica. La causada por el gas, el humo y otras emisiones de partículas, reduce la transparencia de la atmósfera, además de dispersar la radiación procedente de los objetos. Las fotos de nuestro planeta realizadas por los primeros astronautas desde el espacio tienen mayor nitidez que las actuales, pese a que la tecnología moderna es mejor. En radioastronomía, la invasión del espectro radioeléctrico por la radio, la televisión y los móviles supone un problema.

La expresión "contaminación lumínica" engloba la suma de todas las consecuencias adversas de la luz artificial, que no están restringidas a la observación astronómica. Muchos seres vivos, entre los que se incluyen los humanos, necesitan la noche, y la biodiversidad se resiente del exceso de iluminación artificial: el plancton, algunos insectos, anfibios y pájaros cambian sus hábitos al variar el ciclo de luz y oscuridad. Por ejemplo, en las islas Canarias es conocido el caso de la Pardela Chica, cuyos polluelos son deslumbrados encontrando con frecuencia la muerte. Existen campañas anuales para intentar salvarlos. Y en la ciudad de Toronto (Canadá), se decreta el apagado de luces durante las migraciones. Poco a poco, se toma consciencia de la necesidad de preservar la oscuridad.

Problemas en el sueño, e incluso una mayor incidencia de ciertos tipos de cáncer, todavía por demostrar, serían algunos de los efectos de una iluminación excesiva sobre el ser humano. Es innegable que la luz artificial ha hecho posible una mejora de la calidad de vida. Por ello, lo que hay que eliminar es el "ruido de la luz", que se refiere a los estímulos visuales que no aportan información significativa. Lo mismo que se legisla contra la contaminación acústica, hay que hacerlo contra la lumínica.

Hay que luchar contra el miedo irracional existente contra la oscuridad, que suele asociarse con el peligro, mientras que un lugar iluminado se considera un lugar seguro. No faltan argumentos para modificar esta manera de pensar. Por ejemplo, el deslumbramiento ciega a una persona y, en los lugares solitarios, los senderos inundados de luz permiten a un asaltante potencial escondido entre las sombras distinguir a su víctima, y no a la inversa.

Algunos de los países que se ven más desde el cielo se han dado cuenta de que tienen que recuperar la noche. Menos iluminación no significa peor iluminación. Luchar contra la contaminación lumínica es agradecido, pues es completamente reversible, lo que no ocurre con otros daños medioambientales. Aunque dejaran de emitirse gases de efecto invernadero, como dióxido de carbono y metano, o los flurocarburos; sus efectos negativos para el calentamiento del planeta y el agujero de ozono, respectivamente, no se detendrían de repente, puede que nunca. En cambio, para hacer una reserva del cielo basta con apagar las luces. Cada vez que hay un apagón, la Vía Láctea semeja despertar.

Ni siquiera es necesario apagarlas completamente, basta con dirigirlas hacia donde son necesarias y con cambiar las luminarias por las de bajo consumo en sodio. Además hay que prescindir de las superfluas. Es patente el uso excesivo del alumbrado con fines publicitarios o decorativos que se hace en nuestra sociedad. Disminuir el gasto energético es uno de los requerimientos para frenar el calentamiento del planeta. En cuestiones medioambientales, existe una sinergia de resultados evidente: las mejoras en un ámbito repercuten en otros, pues la Tierra no puede parcelarse de manera estanca.

En un lugar cercano a África, existe un entorno que se esconde al estar correctamente iluminado: es la isla de La Palma (Islas Canarias), donde rige la Ley del Cielo desde 1988, una iniciativa del Instituto de Astrofísica de Canarias para proteger el cielo con fines astronómicos, y que permite actualmente el disfrute de unos cielos estrellados y limpios. Allí tuvo lugar a mediados de abril Starlight 2007, la "Conferencia Internacional en Defensa de la Calidad del Cielo Nocturno y el Derecho a la Observación de las Estrellas", cuyo largo título intenta recoger los objetivos de un encuentro multidisciplinar, del cual surgió la propuesta para la Declaración Mundial sobre el Derecho a la Luz de las Estrellas.

¿Es la observación de un cielo nocturno oscuro y nítido un derecho? Debería serlo y, como tal, implicar una serie de deberes. Como dijo Ray Bradbury: "No estoy apagando la luz: estoy encendiendo la noche".

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Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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