"Si venimos del mico, al menos que nadie lo sepa"

Cristina Junyent / 02-11-2010

El 24 de noviembre de 1859 se publicó El origen de las especies por medio de la selección natural, firmado por Charles Robert Darwin. Era un libro esperado, puesto que un año antes había tenido lugar la presentación científica de la teoría de la evolución por parte del mismo Darwin y de Alfred Wallace. Y su publicación desató un revuelo social. Podríamos decir que fue el primer libro científico que generó un debate mundial, todavía hoy no completado.

El contexto

La vida de Charles Darwin como adulto se situó en la época victoriana, período que comportó grandes cambios en la sociedad británica. Las transformaciones fueron culturales, políticas, económicas, industriales, científicas y demográficas. Por un lado, los nuevos y más eficientes métodos en la agricultura y la industria, combinados con el crecimiento de las redes de ferrocarril, provocaron grandes desplazamientos demográficos del campo a la ciudad.

Por otro lado, las mujeres no tenían voto aún, pero podían tener propiedades; y el movimiento abolicionista cuestionaba seriamente la esclavitud. Como contrapartida, un pensamiento religioso que quería contrarrestar los efectos de la Ilustración abogaba por el estudio de los evangelios y una vida ajustada a su doctrina; así pues, en cuanto a la posición del poder religioso, era un momento de gran debate social entre quienes abogaban por la doctrina divina y quienes lo hacían por la razón.

El personaje

Charles Darwin nació en 1809 en una familia burguesa ilustrada y acomodada. El padre quería que fuera médico, pero Charles no resistió el sufrimiento ajeno en una época todavía sin anestesia y convino en formarse como clérigo anglicano. A pesar de no ser un estudiante brillante, le movía la curiosidad por la historia natural; le fascinaban especialmente los coleópteros.

En 1831 embarcó en el Beagle como acompañante del capitán en un viaje para explorar Latinoamérica de dos años que acabó durando cinco. En este tiempo, Darwin recolectó numerosos especímenes que le permitieron dedicar el resto de su vida al estudio gracias a la posición acomodada de su familia y a la cooperación de su esposa (y prima) Emma Wedgwood. Probablemente también adquirió una enfermedad tropical infecciosa crónica que le provocaría unas crisis agudas profesionalmente muy poco productivas.

El trabajo

Gracias al ambiente de su casa de Down pudo realizar artículos y libros, que hicieron que fuera conocido por el pueblo inglés y no solamente en el ámbito científico. Escribió sobre la geología y los glaciares de la Patagonia, la zoología del viaje del Beagle, los arrecifes de coral y la diversidad en los percebes. Hasta que, tras estar veintidós recopilando datos de forma exhaustiva, en 1859 finalmente publicó El origen de las especies.

Con toda probabilidad, la obtención de numerosas pruebas para justificar su teoría fue debida en parte a la meticulosidad en su trabajo, pero también a la convicción de que su texto iba a tener gran repercusión en la opinión pública; tanto fue así que en 1844 escribió a Joseph Hooker: "me siento como un hombre a punto de confesar un crimen". En aquel momento, defender que las especies, sobre todo la humana, no habían sido creadas por la mano de Dios era considerado una insolente blasfemia.

La teoría

Así llegó a 1858, cuando recibió una carta de Alfred Wallace desde Indonesia en la que le exponía una teoría que podía explicar la evolución de las especies. Los hijos nunca son exactamente iguales a sus padres ni entre sí, decía, de modo que aquellos que estuvieran en mejores condiciones para explotar un entorno iban a ser los que dejaran más descendencia; mientras que los que no estuvieran en disposición de sobrevivir iban a desaparecer. Así, generación tras generación, se producían cambios en los grupos de seres vivos. Como era la misma idea de Darwin, presentaron juntos la teoría de la evolución por medio de la selección natural en la Sociedad Linneana en Londres.

Conocedor del contexto social en que vivía, Darwin fue prudente al escribir el libro, solamente menciona al final que la teoría de la evolución "aclararía el origen del hombre y su historia". Pero a partir de noviembre de 1859, para la consternación de una persona bien ajena a la vida social y a la aparición pública, se generó un debate social que fue mucho más allá del campo científico: involucró a la opinión pública mundial y podemos afirmar que dura hasta ahora.

El debate

A pesar de la sencillez de su exposición y de que de repente la teoría de la evolución resolvía muchos problemas para los botánicos y zoólogos, agricultores y criadores de animales, anatomistas y biogeógrafos, un sector de la comunidad científica, incluso algunos de los antiguos tutores de Darwin como Sedgwick o Henslow, la descartó. No podían soportar ser incluidos en la escala zoológica.

Una gran parte de la responsabilidad en el movimiento social la tuvo la fracción más conservadora de la Iglesia. Porque la más progresista quedó convencida, incluso satisfecha, con la publicación de El origen de las especies: en 1860 algunos teólogos publicaron en Essays and Reviews que, dado que la obra de Darwin se basa en el gran principio de los poderes autoevolutivos de los seres vivos, Dios quedaba liberado de las chapuzas de la naturaleza.

La primera polémica

Uno de los científicos que se sintieron ofendidos fue el biólogo y paleontólogo Richard Owen, quien quiso crear como director del Museo de Historia Natural en Londres una catedral para venerar a Dios a través de la naturaleza. Owen se asoció con la parte más conservadora del clero, representada por Samuel Wilberforce, obispo de Oxford.

Por su forma de ser, Darwin no quería ni probablemente podía enfrentarse a un encendido debate público con los detractores de su teoría, de modo que Thomas H. Huxley, un biólogo británico (luchador contra la tradición religiosa más exigente y personaje crucial en la educación científica del Reino Unido) le dijo que él se encargaría de su defensa, que sería su rottweiler.

Así pues fue Huxley quien se enfrentó públicamente a Wilberforce en Oxford, en julio de 1860, en un duelo dialéctico organizado por la British Association for the Advancement of Science. En realidad, el debate más que centrarse en la teoría de la evolución lo hizo en si los humanos descendemos o no de los primates, a pesar de que este tema apenas se menciona en el libro.

El clímax llegó cuando Wilberforce preguntó a Huxley si descendía del mono por parte de padre o de madre. La respuesta fue: "Prefiero descender de un simio antes que de un hombre culto que utiliza sus dones de cultura y elocuencia para servir al prejuicio y la falsedad". Consta en las actas que alguna señora se desmayó, y se atribuyen a la señora de Wilberforce, resignada, las palabras: "Si venimos del mico, al menos que nadie lo sepa".

Los efectos secundarios

En los diez años que siguieron se hicieron dieciséis ediciones diferentes del libro en el Reino Unido y los Estados Unidos, y fue traducido al alemán, francés, holandés, italiano, ruso y sueco. Darwin devino uno de los naturalistas más famosos del mundo.

Más allá del mundo científico, periódicos y revistas, museos y exposiciones, musicales y aun otros tipos de manifestaciones dedicadas a popularizar la cultura científica se atrevieron con la teoría de la evolución. Aparte de acontecimientos agrícolas o muestras culinarias en forma de pasteles, tuvo mucho éxito la estatuilla de un mono contemplando un cráneo; en la década de 1920, Vladimir Lenin tuvo una expuesta en su mesa de despacho en el Kremlin.

La idea del mono anunciando algún producto se utilizó en 1887 en la publicidad de un aceite para hacer gárgaras en Rochester (Nueva York); y en 1902 el Anís del mono en Badalona (Barcelona) decía: "Es el mejor. La ciencia lo dijo y yo no miento". Más adelante en la etiqueta del Anís del tigre, fabricado en Arenys (Barcelona), el tigre daba caza al mono. Pero la ironía de la historia quiso llevar a la extinción al anís del tigre.

Las caricaturas

Las caricaturas son una forma de comunicación que aporta nuevas ideas o bien las dificultades inherentes a ellas. En el caso de Darwin representaban vívidamente la voz de la gente en un encuentro difícil entre la investigación científica y la cultura popular de ese momento determinado de la Historia.

Las primeras caricaturas que se hicieron mostraban a simios acercándose a humanos y relatando un parentesco más o menos cuestionado. O bien a simios más inteligentes que humanos, como hicieron en numerosas ocasiones en el semanario satírico y conservador Punch.

Pero pronto tomaron la imagen de Darwin. En ellas, a diferencia de las imágenes estereotipadas de otros científicos (Newton con la manzana, Einstein con sus fórmulas…) Darwin estaba incluido en la misma teoría, muchas veces representado como un mono. Y el hecho de que se centraran en él redujo el importante papel de otros evolucionistas como Huxley, Charles Lyell, Herbert Spencer, Asa Gray y, especialmente, Alfred Wallace.

Otro tipo de caricaturas incluía a un árbol –el árbol de la vida–, en el cual las especies se transformaban unas en otras reflejando, más que un reduccionismo, una mala explicación de la teoría de la evolución ya que destacaban el aspecto lineal y lamarkiano que Darwin nunca defendió, de hecho se esforzó para que no pudiera comprenderse así en El origen de las especies. En otros casos, la imagen mostraba directamente una evolución desde objetos inanimados a animales.

Los efectos en España

En España, la primera traducción completa de El origen de las especies, realizada a partir de la sexta edición inglesa, se publicó en 1877, poco después de la Primera República, y propició la difusión y discusión de la teoría de la evolución en la sociedad española. Anteriormente se había publicado, incompleta y por entregas, una traducción de la versión francesa de Clémence Royer con la siguiente nota del traductor: "Como verán los lectores, la autora de este prólogo y traductora de la obra del señor Darwin no tiene nada de católica, ni siquiera de cristiana. Para ella la naturaleza lo constituye todo. Conviene que esto se tenga presente para poder sacar doble fruto de la enseñanza de este libro y leer con prevención sus temerosas afirmaciones".

En 1871, el catedrático de la Universidad de Sevilla Antonio Machado Núñez publicó en la Revista Mensual de Filosofía, Literatura y Ciencia varios artículos sobre la teoría de Darwin y el darwinismo. No todos los científicos, sin embargo, coincidían con su apreciación. Con la restauración de la monarquía, el ambiente social se polarizó hasta el punto de que el ministro de Fomento, Manuel Orovio, en su enfrentamiento con profesores universitarios promovió el Real Decreto del 26 de Febrero de 1875 que impedía la libertad de cátedra. Este decreto originó una protesta que terminó con la creación de la Institución Libre de Enseñanza, cuya intención era promover la investigación científica libre en España.

Ejemplos de esta polarización de la sociedad española los encontramos en dos obituarios tras la muerte de Darwin. La Ilustración católica (27 de abril de 1882) publicó "El día 20 falleció en Londres, a la edad de setenta y un años, Carlos Darwin, principal autor del sistema transformista que lleva su nombre, y que tantos estragos está causando en las inteligencias educadas a la moderna". Y, como contrapunto, la Revista social (semanario anarco-colectivista, 18 de mayo de 1882): "[Darwin] Ha probado que el hombre, que siempre ha tratado de colocarse fuera del reino animal, ha tenido en absoluto el mismo origen que los demás animales. La especie humana no es más que un género de animales perfeccionados del mismo modo que el mono, el caballo o el perro".

En 1889, el Congreso Católico Español declaró que el darwinismo era como un espíritu satánico que resurgía de las mansiones tenebrosas. En este ambiente, la publicación del Tratado elemental de zoología, de Odón de Buen (catedrático de la Universidad de Barcelona), fue incluido en el índice de libros prohibidos por la Iglesia; y el Obispo de Barcelona, Jaume Català, exigió una retractación del profesor por los errores publicados. Como no se retractó, al iniciarse el curso 1895 fue suspendido provisionalmente por el rector Julián Casaña. La defensa que hicieron de él los estudiantes provocó que fuera restituido en enero de 1896; sin embargo, sus libros no fueron eliminados del índice hasta 1966.

La España moderna

Aún en 1971 podemos encontrar restos de esta polarización de la sociedad española en el papel que jugó la televisión en la difusión de la teoría de la evolución. En el programa Planeta azul, Félix Rodríguez de la Fuente habló de la evolución de las especies. Y hubo a quien no le gustó. El ingeniero y geógrafo Juan Bonelli publicó en la revista católica Roca Viva que el señor Rodríguez de la Fuente estaba "dotado de una fértil fantasía, que imagina y da como ciertas todas las ficciones de su mente acalorada", por hablar de evolución, y que "no es lícito que la televisión española lance al aire algunas teorías… que son una ficción e insostenibles por falsas".

El reverendo Santos Beguiristáin, asesor religioso del Ministerio de Información y Turismo, consideraba también que la teoría de Darwin era peligrosa, de modo que instó al director adjunto de TVE para que requiriera a Félix y le comunicara que no podía volver a pronunciar la palabra evolución delante de las cámaras. Y el programa Planeta Azul pasó de ser emitido en una hora de máxima audiencia (lunes a las 21:30 h) a los domingos a las 19:00 h.

Entonces Rodríguez de la Fuente solicitó ayuda al paleontólogo Miquel Crusafont, quien escribió al director de Roca Viva y al director adjunto de TVE, poniendo en duda la capacidad académica de Bonelli para cuestionar la evolución añadiendo que ésta es la preparación del "advenimiento del hombre como el ser más perfecto de la creación." El asunto se zanjó finalmente tras un intercambio de misivas entre Crusafont, Bonelli y De la Viuda (el director de Televisión Española). Pero esta polémica es un reflejo de que el debate científico de las ideas evolucionistas apenas existió en España hasta la década de 1980.

En la actualidad el debate evolucionista está ya apagado en la mayor parte de los foros del país, sin embargo, todavía en la prensa se refleja una cierta indefinición. A pesar de que la mayor parte de los periódicos nacionales consideran indiscutible la teoría de la evolución y valoran el trabajo de Darwin como esencial tanto en el conocimiento científico como en el pensamiento humano, un periódico como ABC vinculado a la religión, en su suplemento Alpha y Omega (12 de febrero de 2009), apoya el conocimiento creacionista basándose en la discontinuidad del registro fósil y defiende la existencia de un creador. A su vez, los periódicos Diario Ya y La Razón no soportan de forma evidente la evolución, aunque tampoco advoquen por las ideas creacionistas como alternativa.

A pesar de la base indiscutible que sentó Theodosius Dobshansky al afirmar que "nada en biología tiene sentido si no es bajo la luz de la evolución", todavía algunos humanos tienen dificultades para incluirse en la escala zoológica y se sienten menospreciados por no ser el elemento crucial de la creación.

Bibliografía

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El autor

Cristina Junyent es Doctora en Biología por la Universitat de Barcelona y directora de la Fundación Ciencia en Societat.

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