Nuestros mejores divulgadores

Un bit es para siempre

David Galadí-Enríquez / 03-08-2012

¿Cuál es el libro más antiguo que hay en casa? La pregunta surgió ayer en el curso de una conversación en apariencia trivial. Hoy me he puesto manos a la obra y he ido repasando las distintas estanterías y armarios de la vivienda en busca del material impreso más antiguo. La plusmarca fue batida en distintas ocasiones sucesivas. Primero apareció un libro sobre las olimpiadas de 1936 publicado en Berlín ese mismo año. Pero a su lado yacía una biblia, también alemana, de 1932. Luego hallé una revista repleta de buenas noticias publicada en Madrid el 15 de abril de 1931. Poco después tomó el primer puesto otra publicación germana cuyo título puedo leer, pero que no entiendo, aunque está fechada claramente en Berlín en 1925. El premio parecía adjudicado cuando recordé el cajón "de las cosas especiales", donde guardo regalos y objetos de valor emotivo particular. Efectivamente, allí descansa el ejemplar de Las tierras del cielo, de Camilo Flammarión (sic), en versión española de José Segundo Flórez, edición que aunque está en lengua castellana fue impresa en París en 1891 por la librería de Ch. Bouret.

Me regalaron este objeto hace más de quince años. Cada vez que vuelvo a él me sobrecoge el tacto de un papel que tiene casi un siglo y cuarto. Pero sobre todo me abruma leer en las guardas el nombre del que probablemente fuera su primer propietario. Con un plumín de tinta dejó constancia de su nombre y la fecha de adquisición del volumen: Alberto Patiño M., Santiago, St./96. Mil ochocientos noventa y seis, se entiende. Alberto Patiño no solo era una persona moderna interesada por la divulgación de la ciencia de vanguardia. También fue un hombre meticuloso que actuaba con pulcritud en la vida cotidiana, sobre todo para las cosas que consideraba importantes. Lo sabemos porque antes de escribir nombre y fecha en las guardas del libro trazó con regla y lápiz sendas líneas rectas que usó para guiarse en la anotación. Luego borró los trazos del lápiz, aunque la hendidura ligera que dejó la punta de grafito ha sobrevivido más de cien años. Basta abrir el libro para comunicarse con su autor, don Camilo, a través de los tiempos. Nos dice (página 207): "Después no habrá ya pasaje ninguno de Venus ante el Sol sino cuando haya trascurrido un nuevo intervalo de ciento trece años y medio más ocho años, o de ciento veintiún años y medio, es decir, en el mes de junio del año 2004, el cual será seguido de otro, ocho años después, en el mismo mes de junio del año 2012".

Pero en el cajón, detrás de ese libro y de otras varias cosas, encontré algo más. Allí al fondo había varias cajas de unos quince por quince centímetros, y otros cuatro de grosor. En su interior: una colección de discos informáticos, discos magnéticos flexibles de cinco pulgadas y cuarto, "doble cara, doble densidad". Algunos portaban etiquetas escritas a mano que permiten intuir su contenido: programas en Fortran de los estudios universitarios, utilidades arcaicas, compiladores de Basic… Pero de la mayoría no era posible siquiera reconocer la fecha, y no digamos ya el contenido. En uno de ellos una etiqueta rezaba: "Navidad 92". Mil novecientos noventa y dos, por supuesto.

Durante un tiempo, más por nostalgia que por motivos prácticos, fui instalando la unidad de lectura y grabación de discos flexibles de cinco y cuarto de un ordenador casero al siguiente. Hasta que descubrí con horror que las versiones más recientes de los sistemas operativos no incluyen controladoras para estos dispositivos. Mis discos del año 1992, repletos de trabajo y quizá también de ilusiones, se han quedado ahora bastante más obsoletos, más antiguos, que aquel libro de divulgación que Alberto Patiño adquirió en Santiago un día de setiembre de 1896.

Uno de los rasgos más inquietantes de la velocidad con la que cambia la tecnología de la información consiste en la obsolescencia de los formatos y los soportes. Cuesta encontrar computadoras personales que admitan discos magnéticos del tipo que sea. Los dispositivos de almacenamiento del tipo USB, que hoy están a la orden del día, correrán la misma suerte en breve. La diversidad de formatos de discos ópticos para lectura y grabación supone una fuente de dificultades incluso ahora, cuando su uso es aún cotidiano. Dentro de unas décadas solo podrán utilizarse como posavasos.

Los documentos escritos más antiguos conocidos están en sumerio, se trata de tablillas de arcilla cocida grabadas con escritura cuneiforme. Las más remotas son previas al año 3000 antes de nuestra era. La fortuna y el ingenio han permitido descifrar la escritura cuneiforme y la lengua en que están redactadas. Una persona que conozca los símbolos y el idioma puede tomar hoy la carta enviada por el sacerdote mayor al rey de Lagash alrededor del año 2400 antes de nuestra era y conocer, de primera mano, las circunstancias en que falleció el hijo del rey durante un combate. Todos los formatos de tablillas cuneiformes son compatibles entre sí y con el dispositivo de lectura: la vista humana. Por los siglos de los siglos.

La obsolescencia de los soportes informáticos está relacionada, por supuesto, con las mejoras tecnológicas: desarrollos nuevos conducen a soportes de mucha mayor capacidad de almacenamiento y, casi siempre, también de uso más rápido y fiable. Mejoramos el uso cotidiano de los dispositivos a costa de tornar inservibles los soportes producidos hace apenas unos años. Pero en el fondo esta caducidad tecnológica viene impuesta por la característica más preocupante de los sistemas de almacenamiento de información actuales: su dependencia de la tecnología. Para leer un libro incunable del siglo XV solo es necesario conocer el alfabeto y el idioma, abrir el libro y leer. Para acceder a un documento almacenado en disco compacto se requiere de entrada la unidad de lectura acoplada a una computadora compatible, y con al menos una pantalla como periférico. Pero esta lista es ingenuamente corta. No se debe olvidar que la computadora solo funcionará si se le suministra corriente eléctrica alterna, a ser posible de onda sinusoidal, monofásica, de unos 240 voltios y a unos 50 hercios. Un apagón convierte toda una biblioteca de discos compactos en una colección de posavasos.

Las ventajas enormes de la información en formato digital no deben hacer olvidar los riesgos que conlleva la dependencia tecnológica que implican los sistemas actuales de almacenamiento. Una tablilla cuneiforme o un papiro egipcio son descifrables ante todo porque son legibles. El maestro Isaac Asimov reflexionó sobre la servidumbre de los aparatos que impone la tecnología de la información en el artículo "Lo antiguo y lo último", en el volumen La tragedia de la Luna (Alianza, 1979). En ese texto Asimov anticipa la llegada del libro electrónico y destaca las ventajas del libro clásico desde diversos puntos de vista, sobre todo en comparación con la que en los años setentaAños setenta del siglo XX (nota para lectores del siglo XXII y siguientes, o del siglo XXI tras el año 2069). parecía la competencia más fiera: la casete de vídeo.

Las sondas espaciales Voyager portan mensajes destinados a posibles seres extraterrestres que puedan encontrarlas en la inmensidad del espacio, dentro de miles de millones de años. La información está grabada en un disco metálico semejante a los clásicos "vinilos". La elaboración del mensaje, relatada por sus autores en el libro Murmullos de la Tierra (Carl Sagan y otros, ed. Planeta, 1981), implicó discusiones muy sesudas acerca del modo en que se comunicaría a los alienígenas cómo descifrar la información. La mayor parte de ella consiste en imágenes y se decidió grabar sobre la cubierta del disco un conjunto de pictogramas, supuestamente auto-explicativos, con instrucciones claras. Con cada disco, además, los alienígenas reciben, como extra, la aguja lectora capaz de trasformar la señal física analógica de los surcos en una señal eléctrica interpretable. No queda nada claro, sin embargo, qué interpretación darán los receptores a la parte sonora del disco, para cuya reproducción fiel, como música, no se dan instrucciones.

Pues bien, las indicaciones para descifrar el contenido de un simple disco compacto serían tan complejas que solo podrían enviarse… en varios discos compactos adicionales. El sistema de codificación digital de la información en discos compactos y similares es extremadamente complejo e implica una cantidad muy grande de arbitrariedades y convenciones. Los datos no están representados linealmente y tal cual, en forma de ceros y unos, como se suele decir cuando se dan explicaciones simplificadas. Los paquetes de información están distribuidos e inconexos, los bits de datos están mezclados con un laberinto de bits de corrección de errores y, aunque se lograra la proeza de acceder a los datos limpios sin información sobre cómo hacerlo, aún habría que pasar del código binario al lenguaje humano, a imágenes o a sonido, sin contar con la posibilidad de que los documentos estén en algún formato comprimido…

Pensemos ahora al más largo plazo. Dentro de diez mil años, los documentos humanos accesibles a la investigación de entonces seguirán siendo, sobre todo, las tablillas cuneiformes sumerias. Un disco compacto hallado dentro de miles de años, aunque se encontrara intacto, constituiría con toda certeza un enigma indescifrable.

Pero, ¿llegaría intacto un CD al año 12000 de nuestra era? La respuesta es no. Porque, más allá de la obsolescencia tecnológica acecha el desafío, verdaderamente formidable, de la supervivencia y fiabilidad de los soportes físicos. La cultura occidental ha sufrido pérdidas enormes a lo largo de los siglos debido a que utilizamos para registrar el conocimiento láminas de materia orgánica (papiro, pergamino, papel) biodegradable y de combustión muy fácil. Un documento que no se sometiera a renovación y copia cada, como máximo, un par de siglos, estaba condenado a desaparecer por la descomposición física de su soporte. Algunos tipos de papel moderno han superado pruebas de longevidad muy estrictas, pero no hay en el planeta ningún soporte comparable en resistencia y durabilidad a las rocas… salvo las propias rocas (arcilla cocida) en las que los sumerios escribían sus cartas hace más de cuatro mil años.

¿Cuánto tiempo perdura la información registrada en los soportes con los que se desenvuelve habitualmente nuestra sociedad? Sabemos que el mejor papel puede durar unos siglos (el malo apenas unos pocos años) y, si se mantiene en condiciones controladas y es de buena calidad, quizá milenios. Se conservan fragmentos de papiro de hace casi 2500 años. Sin embargo, a la escala de milenios hay otros peligros que acechan al papel: los accidentes, las guerras, el fuego.

Los soportes magnéticos son conocidos por la rapidez con que se degradan. Incluso las cintas magnetofónicas de hace décadas pierden calidad con el tiempo y las casetes de la infancia no suenan ya como entonces... si se consigue un aparato con el que reproducirlas, lo que empieza a suponer un desafío en estos tiempos. Los datos informáticos en soporte magnético se pierden con mucha facilidad. Las memorias de estado sólido de tipo USB son también de carácter magnético y no está claro que ofrezcan la durabilidad suficiente como para almacenar en ellas datos a largo plazo. Los discos duros que ya podríamos llamar "clásicos", magnéticos también, resultan algo más fiables por sus propiedades físicas, pero van acompañados de un mecanismo muy frágil desde el punto de vista mecánico.

Quedan los soportes de tipo óptico, como los discos compactos y todos sus derivados, como los DVD, ya pertenezcan a la categoría de estampación fija o sean del tipo grabable o incluso regrabable. Se debate mucho sobre la durabilidad de la información almacenada en este tipo de soportes. Nadie apostaría nada importante a que los mejores discos grabables puedan salvaguardar la información de manera fiable durante más de unas décadas, como mucho. Ninguna compañía fabrica soportes de este tipo con "calidad de archivo" garantizada.

Por supuesto, no toda la información que se produce tiene vocación de eternidad, y en muchas ocasiones el nivel de ruido en los medios modernos convierte la obsolescencia en una verdadera bendición. Pero, ¿se presta atención suficiente a la fragilidad y vulnerabilidad extremas de los sistemas a los que cada vez más confiamos la conservación del conocimiento, la tradición, el arte y la cultura?

Si se combina la durabilidad, tan limitada, de los soportes físicos con la obsolescencia tecnológica y la dependencia de dispositivos complejos, se concluye que llamar "copia de seguridad" a un CD grabable colocado en una estantería supone una metáfora más que arriesgada. La tecnología de la información moderna obliga a un ritmo de copiado superior, muy superior, al de los copistas medievales que reproducían códices y así salvaban sus contenidos de la descomposición del papel. Mis programas informáticos de los estudios, algunos escritos quizá interesantes y quién sabe qué otros tesoros personales, todos esos datos yacen inaccesibles, y quizá ya degradados, en los dominios magnéticos de los discos flexibles que compartían cajón con el libro de 1891. Para escribir este artículo he recurrido a publicaciones del siglo XIX y a volúmenes impresos de 1979 y 1981. Si esas obras hubieran estado en mi poder en formato electrónico, ¿seguiría viva e íntegra su información? ¿Habría podido acceder a un documento informático de hace treinta años con los modelos de ebook de hoy? Las fotografías digitales que descansan en hileras de orgullosas copias "de seguridad", ¿sobrevivirán, en términos físicos o de accesibilidad, hasta la infancia de mis futuros nietos? Pero hoy sobre todo me pregunto, ¿qué sabría del lector de Flammarión, Alberto Patiño, y de su pulcritud escrupulosa, si no hubiera tenido la oportunidad de firmar el libro que tanto le gustó?

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El autor

David Galadí-Enríquez es Doctor en Física y trabaja en el Centro Astronómico Hispano Alemán (Observatorio de Calar Alto) como astrónomo técnico y responsable de comunicación.

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