La noche inesperada

Annia Domènech / 04-12-2002

Parecía la Luna despistada en su trayectoria. Hizo sombra a la Tierra y la noche llegó en pleno día. Los animales nocturnos salieron de sus escondrijos y los que viven de día se acostaron sin sueño. Al cabo de un ratito, la claridad, que no es casi nunca excesiva, volvió al Planeta Azul.

Los terrícolas de antaño se preguntaron muchas veces qué ocurría en esas ocasiones en las que el cielo se volvía oscuro cuando no tocaba. Sin embargo, tuvieron que esperar a que una extraña estirpe de los suyos, la de los primeros científicos, lo descubriera. Resulta que los tres protagonistas de la historia se comportan como acostumbran: la Tierra avanza en órbita alrededor del Sol con la Luna girando en torno a ella. Ningún cataclismo celestial, en principio, sólo una coincidencia que hace que los tres objetos celestes se pongan en fila: Sol, Luna y Tierra. Nuestro satélite, en medio, impide con su cuerpecillo que los rayos del gigante Sol, cuatrocientas veces más grande, lleguen a la Tierra y es su sombra la que oscurece la vida. Esta particular epopeya de David contra Goliat tiene su explicación lógica, como casi todo: el Sol, además de ser mayor, también está mucho más lejos, por lo que desde la Tierra ambos objetos parecen iguales. Como la Luna no se está quieta, sino que anda, la sombra que proyecta sobre la superficie terrestre se mueve hacia Oriente dibujando una banda en el globo terráqueo. Todo aquel que viva en parte del recorrido de la sombra, experimenta lo que es un eclipse de Sol.

No se trata de un fenómeno poco habitual. Cada cierto tiempo (de doce a dieciocho meses), la Luna se interpone entre el Sol y alguna zona de la Tierra. La sombra resultante tiene una parte más oscura, la umbra, donde se da una ocultación total del astro por la Luna y el eclipse es total; y otras menos oscura, la penumbra, en la que la Luna sólo oculta parte del disco por lo que se aprecian retazos de Sol en el cielo y el eclipse es parcial.

Cuando la Luna está demasiado lejos de la Tierra para ocultar completamente el Sol, la umbra se pierde en el espacio y el eclipse es anular, denominado así puesto que la Luna se ve rodeada por un círculo de luz solar.

Hoy, miércoles 4 de diciembre de 2002, desde el Hemisferio Sur se ha podido ver como la Luna mordía poco a poco el disco solar hasta ocultarlo por completo. La sombra ha surgido en el Atlántico Sur, cruzado la parte sur de África (Angola, Namibia, Zambia, Zimbabwe, Botswana, Sudáfrica, y Mozambique), y llegado al Océano Pacífico, lugar en el que ha permanecido más tiempo, para volver a pisar tierra firme en la costa suroccidental de Australia, con el Sol en el horizonte del atardecer. En total, han sido 3 horas y 21 minutos de paso por nuestro planeta.

Un eclipse no es sólo un extraordinario espectáculo, es un "experimento" que permite conocer más sobre el Sol; de hecho, todas las ocultaciones astronómicas (interposición de un objeto entre dos, tapando parte o toda la luz procedente del astro lejano y, por tanto, proyectando su sombra sobre el primero) son útiles en el estudio de los objetos celestes, puesto que permiten observarlos en unas condiciones diferentes de las habituales.
Por ejemplo, hasta el invento en 1930 del coronógrafo (telescopio que oculta el disco brillante del Sol), la corona solar (una diadema de plasma muy poco denso y muy caliente) sólo era visible y podía ser estudiada durante un eclipse total de Sol. Por otro lado, la atmósfera de Plutón y los anillos de Urano fueron descubiertos cuando el planeta en cuestión ocultó una estrella. En 1676, el astrónomo danés Ole Römer demostró que la velocidad de la luz era finita gracias a la ocultación por parte de Júpiter de su luna Io.

Los eclipses solares totales podrían no ser exclusivos de la Tierra. Para saberlo, hay que estudiar la relación entre el tamaño de las lunas y el Sol desde la superficie del resto de planetas. Las lunas de Marte, en principio con más posibilidades, son muy pequeñas, sólo provocan eclipses parciales; y el resto tienen satélites demasiado grandes y ocultan a su paso la corona solar. Sólo en Júpiter o Saturno, las lunas Calisto y Foebe, respectivamente, pueden dar lugar a eclipses totales y coronales de Sol. Pero llegar hasta allí resulta muchísimo más complejo que desplazarse a África o Australia, lugares donde se ha visto hoy el eclipse, e incluso a la Antártida en el 2003.

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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