¡Hablen, se rueda!

Héctor Castañeda / Annia Domènech / 05-12-2003

El “ruido” no existe en cualquier lugar. En el espacio nadie puede oír, aunque escuche. Allí reina un silencio absoluto, lo que no siempre es reflejado en las películas de ciencia ficción.

Para percibir un sonido es necesario que exista un medio conductor de la onda sonora, que es comprimido por ella. La perturbación resultante avanza a una velocidad determinada por las características físicas del elemento transmisor. Cuanto más denso es el material, mayor es la rapidez del sonido. En el agua, por ejemplo, avanza más velozmente que en el aire, por ello oímos antes.

Las explosiones en las películas, como las de la saga de La Guerra de las Galaxias, son muy divertidas, pero completamente irreales, puesto que el espacio está prácticamente vacío y el sonido no puede transmitirse. Como se afirma en Alien: “En el espacio nadie puede escuchar tu grito". Por ello, en 2001: una odisea del espacio cuando David Bowman abandona la Discovery por la puerta auxiliar, la acción se desarrolla en un tenso silencio hasta su regreso. También por el mismo motivo, los astronautas en el exterior de una nave se comunican por señas. Sólo podrían hablar si, estando en contacto sus cascos, la vibración se transmitiera del aire al metal y viceversa. Esta propiedad del sonido se muestra en el cine bélico cuando los tripulantes de un submarino hundido golpean las paredes para hacer saber que están vivos.

La “nada” del espacio tiene también otras repercusiones. En la atmósfera terrestre, un medio gaseoso, los aeroplanos deben tener una forma aerodinámica para que su resistencia al movimiento sea mínima -lo mismo que los coches- y puedan mantenerse en el aire gracias al empuje que generan las alas. Esta necesidad desaparece en ausencia de un medio que se oponga al movimiento. Sin embargo, en La Guerra de las Galaxias no se han enterado de que, para los viajes espaciales, son gratuitas las formas estilizadas de los destructores estelares del Imperio, lo mismo que las de las alas de los Pájaros de Presa del Imperio Klingon o las Ala-X que conduce Luke Skywalker; a no ser, claro está, que dichos vehículos también sean utilizados como aeroplanos. Una vez más, 2001: una odisea del espacio muestra adecuadamente una nave que no adopta la forma esbelta de los aviones que vemos surcar el cielo. Construida en el espacio, de fragilidad aparente, es una larga superestructura, con un módulo de comando en un extremo y los motores en el otro.

Pero no sólo en la forma de las naves es la ciencia ficción poco “científica”. También en su modo de funcionamiento. Como en el espacio no existe un medio contra el cual la nave pueda "empujar", son imposibles los cambios de dirección que se muestran en el cine. Es el aire que fluye alrededor de las alas de un avión el que crea una diferencia de presión que lo empuja hacia arriba y, según como se dirija, permite variar su rumbo. La trayectoria de los satélites y las naves espaciales se modifica, en cambio, por sistemas internos de propulsión, que aceleran el instrumento en la dirección elegida. En Apolo 13, cuando los astronautas están en el otro lado de la Luna, son los cohetes del módulo de servicio y el módulo lunar los que generan el impulso necesario para su regreso a la Tierra.

La ausencia de una fuerza que frene implica que, una vez en marcha una nave, no es necesario el uso de motores para avanzar a velocidad constante. La velocidad de crucero puede mantenerse sin gasto, como hace la nave Discovery de camino a Júpiter en 2001: una odisea del espacio. En cambio, los destructores de La Guerra de las Galaxias no parecen muy preocupados por la economía del Imperio Galáctico, yendo siempre con los motores encendidos, cuando podrían ahorrárselos hasta que se necesitara un cambio de trayectoria.

Como contrapartida, en el espacio se consume el mismo combustible para acelerar que para frenar, puesto que no se puede reducir la velocidad haciendo uso de la fricción del aire. Por ello, las naves espaciales cinematográficas deberían situar sus motores en sentido opuesto al movimiento cuando deseen detenerse, lo que no suele verse en el cine.

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El autor

Héctor Castañeda es Doctor en Astrofísica. Actualmente trabaja en el proyecto del instrumento OSIRIS para el Gran Telescopio Canarias.

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Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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