Observatorios: El Teide

Ángel Gómez Roldán / 06-02-2009

Corría el año 1858 cuando se publicó en Londres un librito cuyo título rezaba así: Teneriffe, An Astronomer's Experiment: or, Specialities of a Residence Above the Clouds (Tenerife: el experimento de un astrónomo, o pormenores de una estancia por encima de las nubes). Su autor era el inglés Charles Piazzi Smyth, un astrónomo que dos años antes había ido a Tenerife por su luna de miel.

En esta obra, Piazzi Smyth no cuenta las vicisitudes de su recién estrenado matrimonio, sino que detalla las observaciones astronómicas que realizó en la isla canaria con el fin de comprobar una afirmación del ilustre Isaac Newton que decía que un aire más tranquilo y sereno... podría encontrarse en las cimas de las montañas más altas por encima de las nubes más densas”.

Con la financiación del Almirantazgo inglés, Smyth corroboró dicha suposición tras realizar observaciones con telescopio en Tenerife desde lugares como la montaña de Guajara (a 2.717 metros sobre el nivel del mar) y Altavista (3.250 m), próxima a la cumbre del Teide.

Damos un salto hasta el año 1910. En esta fecha, el astrónomo francés del Observatorio de París Jean Mascart fue a Canarias para estudiar el cometa Halley en su paso por el perihelio. Comprobó que las condiciones que ofrecían las cumbres de Tenerife eran idóneas para los estudios astronómicos, y llegó a proponer la creación de un observatorio internacional en Guajara, una idea que se truncó con la Primera Guerra Mundial.

Transcurren cuatro décadas más, y he aquí que los caprichos de la mecánica celeste hacen que el cono de sombra de un eclipse total de Sol pase sobre Tenerife, Gran Canaria y Fuerteventura el 2 de octubre de 1959. Muchos astrónomos de todo el mundo visitan estas islas para observar el fenómeno, lo que despierta de nuevo el interés por la instalación de un observatorio de montaña. Un grupo de científicos españoles impulsa la idea y se inicia el estudio de las condiciones astronómicas, entre otros lugares en la zona de Izaña (Tenerife), a 2.400 m de altura.

Poco tiempo después, en 1964, un joven Francisco Sánchez empieza a trabajar en ese lugar con un pequeño telescopio de la Universidad de Burdeos para realizar su tesis doctoral sobre la luz zodiacal, que es la luz dispersada por la materia interplanetaria en nuestro Sistema Solar. En 1969 se instala un telescopio solar alemán del Instituto Fraunhofer (el Razdow), y un año más tarde se inauguró formalmente el Observatorio Astronómico del Teide (OT).

A partir de entonces, los acontecimientos se precipitan: en 1973 se constituye el embrión del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) en la Universidad de la Laguna, y a lo largo de esa década se instalan más telescopios. Con la firma en 1979 de los Acuerdos de Cooperación en Astrofísica por parte de varias instituciones científicas europeas, el OT y el nuevo Observatorio del Roque de Los Muchachos (ORM), en la vecina isla de La Palma, se convierten en los emplazamientos internacionales de referencia para la astronomía del viejo continente en el hemisferio norte. Por fin, y tras este periodo de consolidación, en 1985 se inaugura de manera solemne el IAC y sendos observatorios. Desde entonces y hasta ahora, en este casi cuarto de siglo transcurrido, se han ido añadiendo modernos telescopios e instrumentos, lo que ha permitido realizar descubrimientos científicos significativos que han hecho de los observatorios de Canarias unos de los referentes de la astronomía mundial.

Pero hablábamos del Observatorio del Teide. Y el amable lector me va a permitir que, como autor de este breve artículo, personalice un poco la historia, pues para mí el OT es como mi segundo hogar. Trabajé durante más de catorce años en este observatorio como operador de telescopios, y he pasado unos mil quinientos días completos en las cumbres de Izaña.

Cuando entré en el IAC en 1988, la reputación del Instituto y sus observatorios ya era bien conocida entre los apasionados por la Astronomía, como un servidor, y recuerdo especialmente la primera vez que subí al Observatorio del Teide con un grupo de estudiantes de la Universidad de La Laguna: se trataba de mi primer contacto con el mundo de la astronomía profesional y con telescopios “de verdad”. La visión de las flamantes torres solares alemanas, recientemente inauguradas, sobre el mar de nubes con el Teide al fondo forma parte de mis recuerdos más queridos.

El OT ha sido un observatorio sobre todo diurno, esto es, dedicado al estudio de nuestra estrella, el Sol. El mayor complejo de telescopios solares de Europa y probablemente del mundo se encuentra aquí, y las dos torres solares alemanas (los telescopios VTT y el nuevo GREGOR) y la francesa (el THEMIS), con decenas de metros de altura sobre el terreno para minimizar las turbulencias térmicas y obtener así las mejores imágenes posibles del Sol, son visibles a muchos kilómetros de distancia en la cumbre dorsal de la isla. Desde un avión parecen pequeñas joyas blancas sobre el majestuoso paisaje volcánico. Y cuántos amaneceres y atardeceres he visto desde lo alto de sus cúpulas...

La razón de que el OT tenga tantos instrumentos solares está en su origen, pues las primeras campañas de caracterización de Izaña como observatorio astronómico se realizaron con vistas a instalar telescopios solares. Las excelentes condiciones hicieron que los más grandes se colocaran allí, mientras que los potentes telescopios nocturnos se pusieron en el Roque de Los Muchachos, con un mejor cielo por la noche debido a que La Palma es más pequeña y mucho menos poblada (ergo, menos contaminada lumínicamente) que Tenerife. Gracias a estos complejos para hacer heliofísica de vanguardia en el OT, el grupo de física solar del IAC es uno de los más reconocidos del mundo.

No obstante, también hay telescopios nocturnos en el Teide. El infrarrojo “Carlos Sánchez” (TCS), de 1,5 metros de abertura, es uno de los más productivos y veteranos de su clase, y ha contribuido de manera significativa en muchos aspectos de la astrofísica de los últimos treinta años. Dentro de mi bagaje personal de memorias, destacaría la observación de los impactos de los trozos del núcleo del cometa D/1993 F2 Shoemaker-Levy 9 con el planeta Júpiter en julio de 1994. Era la primera vez que se observaba algo así, y nadie estaba seguro de lo que se podría ver. Las caras de genuino asombro de los astrónomos en la sala de control del “Carlos Sánchez”, cuando los impactos saturaron los detectores infrarrojos, fueron un buen ejemplo de que la Naturaleza nos sigue sorprendiendo.

Otro de los telescopios nocturnos del OT es el IAC 80, el primer instrumento profesional enteramente diseñado y construido en España. Para los estándares modernos, sus 82 cm de abertura hacen que sea un telescopio muy pequeño, pero también muy flexible y versátil. Abusando ya por última vez de mis recuerdos, fue con este telescopio con el que algunos investigadores del IAC, dirigidos por el profesor Rafael Rebolo, descubrieron una de las primeras estrellas enanas marrones, Teide 1, que significó toda una revolución en la astronomía estelar de objetos de baja masa. El ser testigo de la paciente y metódica labor de estos científicos fue toda una lección de saber hacer.

En la actualidad, y como es ley de vida también para los observatorios, el OT ha dado de baja algunos de sus telescopios más veteranos, como el Razdow o el Newton, pero nuevos y más potentes instrumentos siguen llegando a esta cumbre tinerfeña. Forman parte de las últimas adquisiciones los telescopios nocturnos gemelos STELLA I y II, de 1,2 m de abertura cada uno; o el nuevo telescopio solar GREGOR, de inminente inauguración en 2009, que con su espejo primario de 1,5 m de diámetro será el mayor y más avanzado del planeta.

Pero GREGOR no será el último gran telescopio solar. El OT será seguramente donde se instale a lo largo de la próxima década el, de lejos, mayor telescopio solar del mundo, el European Solar Telescope (Telescopio Solar Europeo, EST). Con 4 m de abertura, este gigante será capaz de escrutar nuestra estrella con un detalle jamás conseguido, arrojando luz (nunca mejor dicho) sobre algunas de las preguntas más relevantes de la heliofísica.

Después de todos estos años, de los que tengo el honor y el placer de haber compartido una parte significativa, el Observatorio del Teide sigue constituyendo no sólo el germen de la moderna astrofísica en España, sino uno de los lugares más punteros de esta ciencia en el mundo.

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El autor

Ángel Gómez Roldán es Divulgador científico especializado en astronomía y ciencias del espacio, y director de la revista "AstronomíA".

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