El Núcleo

Héctor Castañeda / Annia Domènech / 06-06-2005

En la película El Núcleo, estrenada en 2003, ocurren diversos extraños incidentes, como la muerte de personas que llevan marcapasos o la pérdida de orientación de las palomas en una plaza. Asimismo, algunas tormentas eléctricas de enormes dimensiones destruyen el Coliseo de Roma, y haces de radiación microondas el puente colgante de San Francisco.

El guión afirma que todo ello es debido a que el núcleo interior de la Tierra ha dejado de rotar, por lo que el campo magnético terrestre, que en el film asumen que protege frente a los rayos cósmicos y la radiación de microondas procedentes del espacio, está en vías de desaparecer. Con el fin de solucionar este problema, el gobierno de los Estados Unidos decide enviar un navío a las profundidades de la Tierra para instalar un dispositivo nuclear que restaure la rotación del núcleo.

En la vida real, el núcleo de la Tierra está formado por un componente interno sólido de un radio de unos 1.300 km y, rodeándolo, uno externo líquido que se extiende a lo largo de 2.000 km. El manto, con un espesor de 3.000 km, envuelve esta zona central y linda con una superficie de roca sólida: los 50 kilómetros de corteza, encima de los cuales se encuentran los océanos y los continentes.

En el centro de nuestro planeta existen materiales muy pesados, como el níquel y el hierro. Allí el calor es lo bastante intenso para que los electrones se separen de los núcleos de los átomos y puedan moverse libremente. Como el núcleo de la Tierra gira, se piensa que los electrones libres en movimiento generan el campo magnético, el cual protege de los rayos cósmicos. Estos están formados por partículas extremadamente energéticas que se mueven en el espacio casi a la velocidad de la luz. En su mayor parte formados por protones, se generan en procesos “importantes”, como la explosión de supernovas.

Una de las principales fuentes de este tipo de partículas es el Sol, muy especialmente cuando ocurren sucesos de alta energía en su superficie. Se denomina viento solar al flujo constante de partículas atómicas aceleradas procedentes de la estrella que bañan continuamente la Tierra y que, al interaccionar con el campo magnético terrestre, dan lugar al magnífico espectáculo de las auroras.

Algunos estudios muestran que la polaridad magnética se ha invertido varias veces a lo largo de la historia del planeta, es decir, que el polo norte se ha transformado en polo sur, y viceversa. De hecho, en los últimos diez millones de años se han producido un promedio de cuatro o cinco inversiones por millón de años, pero en otras épocas, por ejemplo el Cretáceo, han transcurrido largos periodos de tiempo sin que tuviera lugar ninguna. Parece ser que la última inversión del campo magnético terrestre ocurrió hace unos 800.000 años.

En el momento del cambio, necesariamente tiene que haber disminuido la intensidad del campo magnético, si es que éste no desapareció. Puesto que estamos aquí para contarlo, parece que la ausencia de campo magnético no ha impedido el desarrollo de la vida, ni es contrario a ella, como se infiere equivocadamente en la visión catastrofista que se ofrece en El Núcleo. En cambio, sí afectaría al funcionamiento de los satélites, cuyos instrumentos serían golpeados por las partículas que forman el viento solar, además de por los rayos cósmicos. Tampoco habría auroras.

Sin embargo, estudios recientes advierten de que sin su protección las partículas solares podrían golpear las moléculas de las capas superiores de la atmósfera, que actúa como una manta protectora frente a ciertas condiciones del espacio “desagradables” para los seres vivos; así como destruir la capa de ozono, que detiene la radiación ultravioleta del Sol. Esto sí tendría serias repercusiones para la vida, por tanto en este sentido la película no iría tan desencaminada.

En lo que es realmente desafortunada es en el papel devastador atribuido a la radiación microondas. Las microondas son una forma de radiación electromagnética, como la luz, pero con una frecuencia (o longitud de onda) distinta. Por tanto, también pueden ser absorbidas por la materia. Bien focalizadas, son perfectas para calentar el agua contenida en los alimentos, que es el principio en el que se basan los hornos microondas.

A diferencia de las partículas cargadas eléctricamente (como los rayos cósmicos), las microondas no se desvían en absoluto por la presencia de un campo magnético. Por tanto, es absurdo el planteamiento que se hace en la película, según el cual la desaparición del campo magnético implicaría la destrucción de la vida por el efecto de las microondas. Y esto sin tener en cuenta que, para una mayor sinrazón, desde el espacio no llega mucha energía en estas longitudes de onda, de hecho probablemente recibamos más procedente de los emisores de televisión que rodean nuestras casas. El puente colgante de San Francisco puede estar tranquilo al respecto.

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El autor

Héctor Castañeda es Doctor en Astrofísica. Actualmente trabaja en el proyecto del instrumento OSIRIS para el Gran Telescopio Canarias.

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Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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