Los héroes del pasado ¿y del futuro?

Annia Domènech / 06-06-2011

No todos los días uno puede compartir el desayuno con un ser de carne y hueso, qué duda cabe, pero al que una o más estancias fuera de la Tierra han dado un barniz “espacial”. La celebración del medio siglo de la primera ida del hombre al espacio, que realizó un joven soviético de nombre Yuri Gagarin, convertido tras su gesta en un héroe, ha propiciado la exposición en pleno de los cosmonautas, a los que se pasea por todo el planeta con la excusa de variadas conmemoraciones, concursos para jóvenes, congresos… Estos héroes de antaño se prodigan con generosidad, acaso aprovechando los resquicios de lo que fue una realidad y ahora es un recuerdo: la supremacía soviética en la conquista del espacio (puestos a ser épicos, qué expresión mejor que esta).

Pese a todos los cambios políticos y económicos que ha experimentado la actual Rusia, se ha hablado mucho de los millonarios que con su estancia turística fuera de la Tierra han llenado las arcas de su agencia para el espacio, este país sigue en la que fue llamada carrera espacial y ahora es más bien un paseo al atardecer. Los rusos asegurarán, tras la jubilación del programa de los transbordadores espaciales, el transporte de astronautas a la Estación Espacial Internacional con sus naves Soyuz. Finalizada la misión STS-134 de NASA con el transbordador Endeavour, sólo queda un vuelo del transbordador Atlantis. Después se habrá acabado una era, la protagonizada por un tipo de vehículo que funciona como un cohete en el despegue, como un satélite en órbita y como un avión al aterrizaje. Y el correo de mercancías se realizará con vehículos automáticos, por ejemplo los de la Agencia Europea del Espacio (ESA), los ATV (Automated Transfer Vehicle).

Los proyectos aeroespaciales necesitan cada vez más de una participación internacional. El cosmonauta Sergei Konstantinovich Krikalyov, que posee el record de permanencia en el espacio con más de 800 días en el mismo y fue el primer ruso en volar en un transbordador espacial de NASA, defendió durante un encuentro con la prensa en París, el famoso desayuno del que hablábamos al comienzo del artículo, la constitución de una “Agencia Aeroespacial Mundial” en un futuro, un poco a semejanza de lo que la Agencia Espacial Europea (ESA) supone para Europa pero ampliada a todo el planeta. Y destacó que la Estación Espacial Internacional (ISS) es esto, internacional.

Esta opinión, si se analiza un poco, resulta utópica: incluso la ISS, símbolo de la colaboración entre países, es en cierto modo un espejismo: al menos tres cuartas partes de sus componentes son estadounidenses. La realidad es que si Estados Unidos decide cesar de respaldar sus programas de exploración del espacio y conocimiento del Universo, como parece que está haciendo principalmente por razones presupuestarias, ¿quién tomará el relevo? Moscú, a pesar de su papel de “backup”, está también en una encrucijada económica. Nos permitimos el uso de este término en inglés por lo mucho que se emplea en la tecnología espacial. Se refiere a los procedimientos “por si acaso” que existen en caso de avería del sistema principal. En las misiones espaciales todas las acciones tienen alternativas redundantes, tanto por la seguridad de los astronautas como por el buen funcionamiento de los instrumentos.

Las reparaciones en un medio extremadamente agresivo como es el espacio exterior resultan arduas y, con frecuencia imposibles. En ocasiones un fallo técnico que en tierra supondría una cuestión de detalle se convierte allá arriba en un reto de proporciones inconmensurables y da al traste con décadas de trabajo e ingentes cantidades de dinero. Esto hubiera podido ser el caso, por ejemplo, del conocido Telescopio Espacial Hubble, que tantas y tan bellas imágenes ha proporcionado, además de la excelente ciencia que ha hecho posible, si no hubiera sido concebido para permitir ser reparado una vez en órbita.

Al principio de la vida activa de este telescopio, lanzado en 1990, fue evidente que algo no funcionaba bien: las imágenes que obtenía eran borrosas en comparación con la calidad esperada, aunque continuaban siendo mejores que las conseguidas desde tierra. El problema resultó proceder del espejo primario, con un pequeño defecto que causaba aberración esférica. Para conseguir que el telescopio enfocara bien, fue necesaria la instalación de una serie de espejos que hicieran de lentillas. Se llevó a cabo en 1993 en una compleja misión en el transbordador Endeavour con siete astronautas. Fue la primera de varias reparaciones y puestas a punto de este instrumento que han hecho factible que todavía hoy continúe activo. De hecho, curiosamente sobrevivirá a los transportadores espaciales habiendo sido diseñado para trabajar con ellos. Esto podría implicar que un futuro vehículo no pueda retornar el telescopio a la Tierra en condiciones para ser exhibido y que acabe siendo precipitado en el océano. En principio funcionará hasta 2013.

¿Quién interpretará el rol de “backup” en la “conquista del espacio”? ¿Quién tomará el relevo de los Estados Unidos, cuya apuesta decidida por la exploración del espacio ha hecho posible tecnología como la del Hubble, y de Rusia, cuya estación Mir sentó las bases para la actual ISS? Se habla de los países emergentes, principalmente China, que ha hecho de la conquista del espacio uno de sus principales objetivos, quizás por la supremacía política que aporta lograr el liderazgo en ese medio. Sin embargo, su capacidad tecnológica no parece equiparable a la de dos países cuyos primeros vuelos tripulados se remontan a los años sesenta del siglo pasado, y más bien parece que por el momento utiliza tecnología ya existente para sus misiones en lugar de hacer innovación y desarrollo.

¿Está en declive lo relacionado con el espacio, excepto entre los recientemente “convertidos”, que requieren todavía tiempo para convertirse en líderes? Existe un escenario que ha demostrado ser infalible para el avance en este campo: la rivalidad. Y, en su versión más extrema, el enfrentamiento bélico. Es ampliamente aceptado que el emocionante progreso logrado en los años cincuenta y sesenta del siglo XX ocurrió gracias a la formidable pugna existente entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Resultado de la misma fue la puesta en órbita del primer satélite, el Sputnik en 1957; el lanzamiento del primer hombre al espacio, Yuri Gagarin en 1961, y el primer viaje a la Luna, el del Apollo en 1969. La competición aplicada a la investigación científica y el desarrollo tecnológico generó como fruto grandes logros en poco tiempo.

La situación actual es otra. ¿Puede la cooperación entre países tener la misma fuerza que su enfrentamiento? ¿Es una “Agencia Aeroespacial Mundial”, como sugería Krikalyov, la mejor apuesta? Graduado en Leningrado en 1981, este cosmonauta con varias misiones a la estación rusa Mir y a la ISS a sus espaldas, internacionalmente reconocido y condecorado, es un buen ejemplo de que lo que en un momento dado parece difícil, si no imposible, puede llegar a convertirse en una realidad. Veremos.

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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