Adiós a caosyciencia

Annia Domènech / 06-08-2012

“Se abre la cúpula del telescopio. Entonces, la luz, mensajera del Universo, desciende del cielo, sube y vuelve a bajar, o, en vez de esto, se dirige hacia uno u otro lado. Parece un juego de espejos y, de hecho, lo es”.

Estas fueron las primeras líneas que pudieron leerse en caosyciencia cuando salió el 6 de agosto de 2002. Diez años después, la publicación cesa de renovarse aunque continuará disponible en la web todo el material realizado en este tiempo, casi dos mil piezas entre artículos y multimedia para descubrir o redescubrir cuando lo deseen.

Luz es una palabra con múltiples acepciones, la mayoría positivas. En el párrafo entrecomillado designa la radiación electromagnética procedente de los objetos astronómicos, cuya observación con telescopios revela cómo son. Es una espía en la práctica, pues sus informaciones están en código y exigen ser analizadas con los instrumentos pertinentes, a los que “el juego de espejos” la dirige tras su llegada al primer espejo, el primario. Cuanto más débil es, bien porque la fuente es poco luminosa bien porque el trayecto recorrido ha sido largo y farragoso, más difícil deviene la tarea de sonsacarle sus secretos. A mayor tamaño de un telescopio más radiación es capaz de recoger y más lejos puede llegar en sus observaciones revelando objetos astronómicos que siembre habían estado allí pero eran invisibles para el ser humano.

Con todos sus inconvenientes, incluyendo el hecho de que exige un ejercicio intenso de las neuronas, hay que estarle agradecidos. Esa luz nos ilumina cognitivamente al permitirnos acceder a un saber que sin ella nos estaría vedado por un inapelable argumento: casi todo en el Universo se encuentra a distancias impracticables, de esas a las que sólo se llega con la ciencia-ficción. Nos enorgullece haber estado en la Luna, pero nuestro satélite orbita a unos ridículos 384.400 km de nosotros. Nosotros lo hacemos a 149.597.870,691 km de media de nuestra estrella, 150 millones de km para simplificar. La distancia Sol-Tierra se utiliza desde el s. XVI como unidad de medida en el entorno del Sistema Solar, bien conocida como unidad astronómica (au). Su precisión ha mejorado con los siglos, todo hay que decirlo.

Hemos sido capaces de llevar nuestra tecnología a 18.100.500.000 km (121 unidades astronómicas). Estamos hablando, como habrán adivinado, de las naves Voyager, lanzadas en 1977 y que, en los límites del Sistema Solar, continúan alejándose y, lo que es más útil, transmitiendo información sobre el entorno que atraviesan. Pero por muy destacada que sea la plusmarca de estas campeonas, que además continúan batiéndose a sí mismas, fíjense en cómo ha disminuido la cifra al pasar de kilómetros a unidades astronómicas: de dieciocho mil cien millones a ciento veintiuno. Este es un primer indicador de lo nimios que son los kilómetros a los que estamos acostumbrados cuando abandonamos la Tierra, que mide ella misma “sólo” unos 12.700 km de diámetro.

No queda ahí la cosa, puesto que hasta la unidad astronómica es insuficiente en el Cosmos para la amplitud de miras de la Astrofísica. Y es que desde el Renacimiento se han ensanchado las fronteras de nuestra sapiencia hasta límites entonces insospechados (el Universo, en cambio, no ha variado gran cosa en unos pocos siglos). Por tanto, ha sido necesario utilizar en el agrandado terreno de juego otra unidad para poder trabajar sin manejar números interminables en los que es demasiado sencillo poner un cero de más o de menos. Se trata del año-luz, una unidad de distancia -y no de tiempo, pese al término año- que corresponde al recorrido de la radiación en 365,25 días y que equivale a 9.460.800.000.000 km (en cifra, para mayor impacto).

La luz otra vez es la protagonista. Saben, además, que nada se desplaza más rápidamente que ella, que lo hace a 299.792,458 km/s -habitualmente se redondea a 300.000 km/s-. Hace unos meses un experimento que involucró al Gran Colisionador de Hadrones (LHC, por Large Hadron Collider), el acelerador de partículas sito en Ginebra, arrojó como resultado que los neutrinos “batían” a la luz, un hecho que, de ser verdad, hubiera revolucionado la Física (y a los físicos, de hecho lo hizo), pero fue una falsa alarma causada por unas imprecisiones en las medidas. No hay que olvidar que la dificultad de este tipo de proyectos es extrema.

Sigue, por tanto, siendo la radiación lo más veloz que se conoce. Esto no implica que el trayecto entre el emisor y el receptor sea instantáneo, lejos de ello. En la Tierra tenemos una falsa impresión de simultaneidad, por ejemplo cuando encendemos una bombilla, debido a que las distancias son tan cortas que se las recorre en nada. Harina de otro costal son las cósmicas. La emisión del Sol, a sólo una unidad astronómica, tarda ocho minutos y medio en llegar hasta aquí (dicho de otro modo, nuestra estrella está a ocho minutos-luz y medio de nosotros). Si cesara de brillar, no nos enteraríamos hasta transcurridos estos minutos, que serían nuestro tiempo de gracia. Lo finito de su velocidad conlleva que siempre veamos los objetos astronómicos como eran en el pasado, tanto más remoto cuanto más lejos se encuentran. En ocasiones al alcanzar su radiación el telescopio hace tiempo que no existen.

Ya conocemos el límite del Sistema Solar, que están “pisando” las Voyager. Próxima Centauri, la estrella más cercana a nosotros si obviamos el Sol, se encuentra a 4,2 años-luz de nosotros. A partir de ahí la cabeza empezaría a dar vueltas cual satélite si multiplicáramos el número de años-luz por los nueve billones y medio de kilómetros de cada uno. La Vía Láctea, nuestra galaxia, mide aproximadamente 100.000 años-luz y, según las últimas observaciones, el Universo abarca como mínimo 93.000 millones de años-luz.

Permítannos sólo un par de datos más para cerrar el argumento y abandonaremos la vorágine de las distancias y, también, los tiempos. Uno de los objetos más lejanos descubiertos es una galaxia situada a 13.200 millones de años-luz. Esto significa que emitió la luz hace 13.200 millones de años, casi en los comienzos del Universo pues se estima que éste tiene unos 13.700 millones de años de edad. Por otro lado, del universo más joven nos habla la radiación de Fondo Cósmico de Microondas, liberada sólo 300.000 años después del Big Bang, la Gran Explosión que según el modelo cosmológico actual fue el origen de todo.

Como pueden constatar, la luz no sólo nos cuenta la realidad de los objetos cercanos, sino que es capaz de trasladarnos al pasado más remoto.

 

¿A qué viene esta disertación “lumínica”?

Lo cierto es que caosyciencia no podía resignarse a decir adiós sin departir una vez más sobre la radiación astronómica. Y es que esta publicación nació con vocación de mensajera, álter ego de su admirada luz, aunque siempre a su sombra.

caosyciencia soñó con establecer un canal de comunicación entre la investigación puntera y la sociedad, y contó con la impagable colaboración de aquellos que más saben de ciencia: los propios investigadores. Trabajó para que el conocimiento científico resultara atractivo, sabiendo pertinentemente que siempre exigiría más esfuerzo para su disfrute que el último cotilleo. Luchó por ser clara e inteligible en sus explicaciones, y porque el multimedia fuera no sólo un complemento de las palabras sino un actor con voz propia. Intentó convencer de que la ciencia de aquí al lado puede entusiasmar tanto como la de las estrellas, y se deleitó explicando que en todas partes rigen las mismas leyes físicas.

Le fueron de gran ayuda en su empresa las bellísimas imágenes del Cosmos, ¿hay alguien que pueda resistirse a su atracción? Y, asimismo, debatir sobre cuestiones que nos interpelan a todos y cada uno de nosotros, hasta tal punto que a veces evitamos pensar en ellas para ahorrarnos la sensación de vértigo consiguiente: cuál fue el origen el Universo, cómo ha llegado a ser un lugar con un sistema estelar (entre muchos otros) con un planeta llamado Tierra (uno de tantos) donde habita el ser humano (¿única vida inteligente?). Y de qué modo continuará esta historia.

Si esta publicación logró o no sus objetivos, no es ella quien debe decidirlo. Algunos lectores sí tiene, como revelan los más de doscientos treinta mil recursos consultados en lo que va de año. Muchos de ellos en Latinoamérica, un 60% nada menos. Esto la llena de gozo pues siempre se imaginó hispanohablante e internacional.

Alguno de ustedes es quizás uno de sus lectores del Hemisferio Sur y se encuentra en un lugar despejado y sin contaminación lumínica. Si es así, levante los ojos al cielo y observe en la constelación de Erídano a la estrella de tipo solar Epsilon Eridani, que se puede disfrutar a simple vista. La luz que estimula hoy su retina partió de esa estrella en la época en que nació caosyciencia, pues Epsilon Eridani se encuentra a unos diez años-luz de nosotros. El espectro electromagnético que analizan hoy los telescopios ilustra sobre cómo era en ese momento y el movimiento sutil de la estrella acercándose y alejándose de la Tierra, indicio de la presencia de un exoplaneta, que detectan es el de entonces.

caosyciencia querría una vez más emular a esa radiación electromagnética procedente de los astros y continuar brillando e instruyendo años después de ser emitida, por esto se atrincherará en su dominio todo el tiempo que pueda.

Por nuestra parte, ha llegado la hora de cerrar la cúpula y dar por finalizadas las observaciones.

 

Agradecimientos

Gracias al Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) por haber apostado por la publicación caosyciencia como vehículo de divulgación científica hasta que el estrangulamiento económico ha hecho imposible su continuidad.

Gracias a todas las personas que han colaborado a lo largo de estos años para llenarla de contenido y revisar la ciencia que contaba.

Gracias a los lectores, pues sin ellos ¿qué hubiera sido de nosotros?

Gracias a mi extraordinario equipo, son dos pero se multiplican si es necesario.

Ha sido un placer.

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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