A simple vista

Annia Domènech / 07-08-2006

Nuestra galaxia, la Vía Láctea, aparece como una gran nube cruzada en el firmamento. Es sólo una de las muchas sorpresas que aguardan al aficionado concienzudo.

El mejor sitio para la observación del cielo es el campo, preferiblemente en altitud. En condiciones de oscuridad, la sensibilidad del ojo aumenta porque la pupila se hace más grande para dejar entrar más luz, que incide en la retina. El ojo tarda una media hora en adaptarse, por ello hay que evitar cualquier deslumbramiento que interrumpa el proceso. De necesitar iluminación, lo mejor es que sea roja puesto que los bastones, que son las células nerviosas de la retina más sensibles en la oscuridad, son poco receptivos a ella.

Hay muchos objetos que pueden ser observados a simple vista. Cuanto más débiles son, más difíciles de distinguir. La "magnitud aparente" precisa el brillo de un cuerpo visto desde la Tierra. Se trata de un parámetro equívoco, puesto que es mayor a menor luminosidad. La estrella Vega, de la constelación de Lira, tiene como magnitud aparente 0 por lo que se utiliza como referencia. En cambio Sirio es la estrella de mayor brillo en el cielo, con un valor de -1,4. Sin embargo, no es intrínsicamente de las más brillantes, y es únicamente su cercanía a la Tierra (a sólo 8,6 años luz) la que la convierte en la estrella más destacada. A excepción del Sol, claro, que no es tampoco un astro especial. La magnitud absoluta es, en cambio, la cantidad real de luz emitida.

Sin instrumentos, y con una vista muy buena, se distinguen como máximo objetos de magnitud aparente 6. Con prismáticos se pueden lograr ver los de 8, y con un pequeño telescopio, los de 10 ó 12. Los grandes telescopios profesionales llegan hasta la magnitud 28.

El tamaño que vemos de un cuerpo depende de cuán lejos está, no es el real. Por ejemplo, los eclipses solares totales son posibles porque la Luna y el Sol tienen el mismo diámetro aparente. Aunque el diámetro real de la estrella es 400 veces mayor que el del satélite, también está 400 veces más lejos.

Las estrellas, y las constelaciones en las que se reúnen (88 en total) tapizan el cielo como un rompecabezas. Las constelaciones parecen seguir la trayectoria del Sol: salen por el este y se ponen por el oeste. Esto es debido al giro en sentido inverso de la Tierra. Por ello resulta mejor observar primero las constelaciones del oeste, antes de que se escondan, y después las del sur, que permanecen visibles poco tiempo. Como no se acuestan (para algunas latitudes), las constelaciones circumpolares del norte pueden admirarse toda la noche, de modo que sirven de comodín. Respecto a las del este, es mejor esperar a que suban un poco en el cielo para poder verlas mejor.

Hay cinco planetas que pueden verse sin instrumentos: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Para encontrar sus posiciones, es una buena idea consultar las efemérides planetarias que se publican anualmente, o mensualmente en revistas como Tribuna de Astronomía y Universo. Para evitar confundirlos con estrellas, hay que recordar que los planetas no centellean y se desplazan. Pero si un punto de luz atraviesa el cielo en pocos minutos, no es un planeta, que nunca avanza tan rápidamente. Es posible que se trate de un satélite artificial, un avión o la Estación Espacial Internacional, que está aquí al lado, a sólo unos 400 km.

Los meteoros llueven del cielo. Cuando "caen" las llamadas estrellas fugaces, parece que lleguen todas de un punto y la constelación donde éste se encuentra da nombre a la lluvia. Por ejemplo, las Perseidas, de la constelación de Perseo.

En el cielo, también podemos observar los cometas, esas bolas de nieve sucia originadas en los confines del Sistema Solar que atraviesan el firmamento. Algunos recorren una órbita que los hace acercase de forma periódica a la Tierra.

Lejos, muy lejos, están los objetos de cielo profundo, de ahí el nombre, como los cúmulos de estrellas y las galaxias. Sabiendo dónde mirar, es posible distinguir los más próximos como pequeñas manchas difusas. Para verlos con mayor detalle, se impone el uso de instrumentos.

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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