Nuestra vecina, la Luna

Ángel Gómez Roldán / 07-12-2004

Estos últimos días, nuestro satélite natural ha estado de actualidad gracias a una pequeña sonda automática de la Agencia Espacial Europea (ESA): la Smart-1. Tras más de un año de viaje entre la Tierra y la Luna, se ha convertido en el primer artefacto del viejo continente que se pone en órbita selenita. Se ha hablado mucho de la novedosa misión europea, de su carácter demostrador de nuevas tecnologías de propulsión iónica, miniaturización y toma de imágenes; además del intenso escrutinio que va a realizar de la superficie lunar con su batería de instrumentos. Sin entrar con gran detalle en el proyecto de la ESA, veremos que, a pesar de que ese mundo pueda parecer de sobra investigado, la Luna todavía guarda muchos secretos. .

Lluna, Lua, Moon, Mond, Månen, Mesec, Selene, Chandra, Suen, Tsuki, Quamar, Yueqao... la Luna ha sido, junto con el Sol, el astro más conocido y venerado desde los albores de la Humanidad. Ha jugado un papel destacado en la mitología y la cultura de todas las civilizaciones en todas las épocas. A pesar de ser el único mundo del Sistema Solar que ha sido visitado en persona por el ser humano (¡por última vez, hace ya 32 años!), y de que las misiones tripuladas y automáticas han traído casi 400 kilogramos de rocas, se desconocen todavía datos importantes sobre ella.

Con un diámetro de 3.476 km, unas 3,66 veces más pequeña que la Tierra, gira en torno a nuestro planeta cada poco más de 27 días (un par más entre las sucesivas Lunas Nuevas). De todos es sabido que este período de revolución es el que dio origen a los meses y que la intensa interacción gravitatoria entre la Luna y la Tierra provoca que el satélite rote sincrónicamente con dicho período de revolución, por lo que muestra siempre la misma cara. Menos conocido es el hecho de que la gravedad lunar también está frenando la rotación de la Tierra, a 1,5 milésimas de segundo por siglo, mientras que el satélite se aleja de nosotros a la velocidad de 3,8 cm al año.

A lo largo de los 4.600 millones de años de edad del Sistema Solar, esta danza gravitatoria ha inducido en la Luna algunas características curiosas. Por ejemplo, su centro de masas está desplazado unos dos kilómetros en dirección a la Tierra. Asimismo, la corteza lunar es más fina en la cara que mira hacia nuestro mundo. De hecho, su grosor llega apenas a unos centenares de metros bajo el Mar de las Crisis, mientras que supera los cien kilómetros al norte del cráter Korolev, en la “cara oculta”.

Hablando sobre mares y cráteres, existen básicamente dos tipos de terrenos en la Luna: las viejas regiones densamente craterizadas (más del 80 % de su superficie), y las áreas jóvenes, relativamente llanas, conocidas como maria (de mares, en latín). En realidad, los “mares” también son enormes cráteres de impacto, que fueron rellenados por lava fundida, de ahí su aspecto. Esta diferencia geológica en la Luna es apreciable incluso a simple vista. De los mares se desconoce por qué están prácticamente todos concentrados en la cara visible del satélite, mientras que apenas se encuentran en la oculta. Efectivamente, la primera sonda espacial que fotografió esta región invisible de la Luna, la soviética Luna 3, en 1959, halló todo tipo de cráteres, y sólo un par de pequeños maria. Quizás las fuerzas de marea gravitatoria con la Tierra tengan algo que ver.

Precisamente, centrada en el Polo Sur de esta cara oculta se encuentra la mayor cuenca de impacto conocida de todo el Sistema Solar: la Aitken, con 2.250 km de diámetro y doce de profundidad. La superficie lunar se encuentra cubierta por una capa de polvo fino de varios centímetros de espesor llamada regolito, fruto del constante impacto de meteoritos que no se ven frenados por atmósfera alguna. Las rocas lunares que trajeron las seis misiones Apolo, con edades comprendidas entre los 3 y los 4,6 mil millones de años, resultaron ser mucho más antiguas que la mayor parte de las rocas de la Tierra, cuya corteza ha sido sometida a regeneración tectónica.

Las muestras lunares proporcionan evidencia sobre la historia primitiva del Sistema Solar. Como resultado de su estudio detallado, se desarrolló una teoría para la formación de nuestro satélite que hoy en día es ampliamente aceptada: la llamada “hipótesis del impacto”. Defiende que la Tierra sufrió en los primeros millones de años de su existencia, al inicio de la formación del Sistema Solar, el impacto colosal de un cuerpo del tamaño de Marte. En dicho choque se originó la Luna, mezcla de la materia eyectada por la Tierra primitiva y el objeto impactante.

A lo largo de muchos millones de años, la Luna ha recibido incontables impactos de asteroides, meteoritos y cometas. Se especula con que el hielo de los cometas podría ser el responsable del agua helada que parece existir mezclada con la roca en los polos lunares. En 1994, la sonda Clementine pareció detectar huellas de hielo en el fondo de algunos cráteres que están siempre a la sombra en las regiones polares de la Luna, donde las temperaturas no superan nunca los 170 grados bajo cero. Observaciones posteriores realizadas en 1998 por el vehículo de la NASA Lunar Prospector confirmaron la existencia de hidrógeno superficial, con un aumento en los polos interpretado como hielo de agua.

Cuando la sonda europea Smart-1 comience sus órbitas de trabajo, será capaz de responder a la pregunta de si existe, y en qué cantidad, agua helada en los polos de la Luna. Otra de sus tareas consistirá en realizar el primer inventario completo de los elementos químicos presentes en la superficie lunar, con una resolución inédita hasta ahora. Por otro lado, las novedosas técnicas de imagen en diferentes longitudes de onda que lleva a bordo esta sonda permitirán construir modelos tridimensionales del terreno selenita, que contribuirán sin duda a mejorar nuestro conocimiento de este mundo cercano

En 1972 se llevó a cabo la última exploración humana de la Luna, en la que por primera vez un científico, el geólogo Harrison Schmidt, caminó sobre su superficie. Probablemente la próxima visita será para quedarnos. En especial, la NASA, en el marco de su controvertido programa para la exploración espacial futura, planea poner de nuevo un hombre en nuestro satélite hacia 2020. Schmidt fue el decimosegundo y último ser humano que pisó el polvoriento suelo lunar. ¿Quién será el decimotercero?

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    Adaptación de la imagen: Gotzon Cañada

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El autor

Ángel Gómez Roldán es Divulgador científico especializado en astronomía y ciencias del espacio, y director de la revista "AstronomíA".

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