Observatorios: Roque de los Muchachos

Ángel Gómez Roldán / 08-01-2009

Este año 2009 que comienza se conmemoran los 400 años desde que Galileo Galilei utilizó por primera vez un telescopio para observar el cielo. La sensación que debió experimentar el sabio pisano al contemplar por primera vez los cráteres de la Luna o los satélites de Júpiter con su sencillo instrumento debió ser, seguramente, de asombro y maravilla. Cuatro siglos después, sentimos lo mismo todos los que miramos con los descendientes de aquel humilde refractor. Igualmente, con los telescopios más potentes del mundo, los herederos de Galileo, los astrofísicos del siglo XXI, escudriñan las profundidades del Universo con tecnologías que él ni siquiera pudo imaginar.

¿Cómo ha evolucionado el telescopio en todo este tiempo? Desde el siglo XVII, en el que las observaciones se realizaban desde las ventanas o las azoteas de las casas de los astrónomos, hasta la actualidad, cuando remotos observatorios astronómicos de alta montaña funcionan casi de manera automática, la historia del telescopio es asimismo la historia de la Astronomía, la historia de una continua expansión de horizontes: expansión en el espacio, desde los astros más cercanos y dominantes de nuestro cielo, como son el Sol y la Luna; hasta los confines más lejanos del Universo. Es también la historia de una expansión en el tiempo, paralela a la ampliación progresiva de los límites del Cosmos: cuanto más lejanos están en el espacio los cuerpos que observamos, más distantes se encuentran también en el tiempo. Y es asimismo la historia de una expansión intelectual, pues de un modelo de mundo finito, geocéntrico y a escala del Hombre, como el que imperaba en la época de Galileo, se pasa a un universo en el que el espacio y el tiempo son de una amplitud casi incomprensible para nuestra mente, y en el cual el ser humano se ve relegado a una escala diminuta.

Por ello, empezamos con este artículo la primera de una serie de entregas sobre los mayores y más relevantes observatorios astronómicos del mundo, los lugares “donde está la acción astronómica” a principios del tercer milenio. La razón de escoger observatorios y no telescopios individuales es que, como conjunto de telescopios de diferentes tipos, pueden darnos una visión más general de la investigación profesional actual en esta disciplina. Además, sus diferentes ubicaciones a lo largo y ancho del planeta, cada una con su historia y peculiaridades propias, enriquecen el concepto que queremos transmitir. Si nos permiten la comparación: los observatorios son las “catedrales” de la Astronomía moderna.

Y qué mejor manera de iniciar la serie que con el que es sin duda el mayor observatorio astronómico de España, el más importante de Europa en el hemisferio norte, y uno de los más significativos del mundo: el Observatorio del Roque de Los Muchachos (ORM), en la isla canaria de La Palma.

Ya sólo el emplazamiento nos dice que el lugar es especial: al lado de una antigua caldera volcánica, a 2.400 metros de altura sobre el nivel del mar, y en el punto más elevado de una pequeña isla de apenas 700 km2 en el Océano Atlántico. Este tipo de características son comunes, como veremos a lo largo de la serie de artículos, a muchos de los observatorios astronómicos modernos. Situados en montañas elevadas y remotas, lejos de toda fuente de contaminación luminosa e industrial, y en lugares con baja estadística de nubosidad y atmósferas estables, estos nuevos complejos suelen constar de varios telescopios pertenecientes a diferentes instituciones y países, y normalmente funcionan en régimen internacional. Es el caso del ORM, administrado por el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), y donde se han ido ubicando desde los años ochenta del siglo pasado hasta la fecha algunos de los telescopios más importantes de Europa, lo que lo ha convertido de facto en el equivalente septentrional del Observatorio Europeo Austral en Chile.

El Roque, como se le suele conocer entre los astrónomos, está en el borde del Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, un emplazamiento excepcional desde el punto de vista no sólo astronómico, sino también geológico, de flora y fauna y, por supuesto, paisajístico. De hecho, la cumbre de la isla, el Roque de Los muchachos, a 2.426 metros de altitud, y que da nombre al Observatorio, es uno de los lugares más visitados de La Palma por sus vistas únicas. El acceso por carretera desde la costa lleva sus buenos noventa minutos en una sucesión interminable de curvas que atraviesan todo tipo de paisajes, desde la vegetación subtropical hasta la aridez de la alta montaña pasando por un denso bosque de pino canario. Cuando se está llegando al observatorio, las blancas cúpulas se recortan sobre un cielo azul intenso, como surgiendo de entre la roca volcánica. La majestuosidad del entorno, muchas veces con las nubes a nuestros pies fruto de la inversión térmica que se produce en la atmósfera (y que hace que lugares como el Roque gocen de un 80 % de días despejados al año), hace sentir al visitante, sea al turista ocasional o al astrónomo que va a trabajar, que éste es un espacio singular.

Esto mismo quedó patente de un modo más objetivo con las campañas de medición de las condiciones de transparencia y estabilidad atmosférica llevadas a cabo por diferentes países europeos en los años setenta, cuando se estaba buscando un lugar idóneo cercano al continente para instalar los grandes telescopios que estaban empezando a desarrollarse. Fruto de los magníficos resultados de estos años de medidas, una de las primeras instituciones que instalaron sus telescopios en el ORM fue el Isaac Newton Group of Telescopes, del Reino Unido. Con tres telescopios de 1, 2,5 y 4,2 metros de diámetro, fueron durante mucho tiempo los principales usuarios de las 189 hectáreas de terreno que el IAC puso a disposición de la comunidad astronómica internacional para instalar sus instrumentos.

En 1985 se inauguró de manera oficial y solemne el Observatorio. Desde entonces, el parque de telescopios no ha parado de crecer. Algunos ejemplos son el Telescopio Nacional Galileo (Italia), de 3,5 metros, uno de los pioneros en cúpulas de formas no clásicas; el Liverpool (Reino Unido), de 2 metros de abertura, de los mayores telescopios robóticos del mundo; la Torre Solar Sueca, un telescopio de 1 m de diámetro para observar el Sol y que ha conseguido las mejores imágenes de nuestra estrella nunca obtenidas desde la Tierra; o los telescopios MAGIC I y II (Alemania, España, Italia y Suiza), de 17 metros de abertura cada uno, unos instrumentos que detectan la radiación Cherenkov producida por los rayos gamma en nuestra atmósfera.

Una pléyade de herramientas de alta tecnología que ocupan a miles de astrónomos venidos de instituciones de toda Europa y otros lugares, y cuya productividad científica es muy elevada como consecuencia de las excepcionales condiciones del Roque de Los Muchachos para la observación astronómica. Entre la gran cantidad de descubrimientos científicos relevantes realizados con telescopios del ORM podemos destacar el mejor candidato a agujero negro en nuestra galaxia, el sistema binario V404 Cygni, gracias a las medidas espectroscópicas realizadas con los Telescopios Isaac Newton, de 2,5 m y William Herschel, de 4,2 m. Con este último telescopio se localizó asimismo una de las primeras estrellas enanas marrones, y la primera contrapartida óptica de una explosión de rayos gamma.

En el ORM se encontraron también nuevas lunas pertenecientes a los planetas Urano y Neptuno, a partir de observaciones con el Telescopio Óptico Nórdico, de 2,56 m, en cuyo honor algunas de estas lunas se bautizaron con nombres de dioses de la mitología de los países nórdicos. Por otro lado, las observaciones con el William Herschel de supernovas de tipo Ia llevaron al descubrimiento de algunas de las más lejanas jamás observadas, que permitieron deducir que el Universo se encuentra en una expansión acelerada. Y con el instrumento SuperWASP, una serie de cámaras fotográficas robóticas de gran campo, se detectaron nuevos planetas extrasolares. Estos son sólo algunos ejemplos de gran ciencia efectuada desde este observatorio.

Para continuar progresando en la senda de descubrimientos, el último de los “vecinos” en instalarse en esta peculiar “urbanización de las estrellas” es el Gran Telescopio CANARIAS (GTC), desarrollado por España con la colaboración de México y EE.UU. Con 10,4 metros de espejo primario, se trata del mayor telescopio óptico-infrarrojo del mundo, y comenzará pronto sus observaciones científicas, a lo largo de este año. Todo un lujo para la astronomía española.

Pero el futuro del Roque no se detiene en el GTC. En la actualidad se están llevando a cabo, tanto en este observatorio como en otros, estudios para determinar cuál de ellos es el candidato idóneo para albergar al que será con diferencia el mayor telescopio del mundo: el E-ELT (Extremely Large Telescope, Telescopio Europeo Extremadamente Grande), un coloso con un espejo primario de 905 segmentos (el GTC tiene 36) cuyo diámetro equivaldrá a 42 metros. Este telescopio se encuentra en fase avanzada de diseño final, y se prevé que en 2010 se decida su construcción, que llevaría unos ocho años. El Observatorio del Roque de Los Muchachos es uno de los mejores aspirantes para ubicar este gigante de la astronomía, cuyo destino se decidirá a finales de 2009. Esperemos que haya suerte.

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El autor

Ángel Gómez Roldán es Divulgador científico especializado en astronomía y ciencias del espacio, y director de la revista "AstronomíA".

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