Crónicas del Universo: Un nuevo hogar

Miguel Santander García / 09-02-2011

Los sensores chisporrotearon, indicando que la nave se aproximaba al nuevo candidato y comenzaba la deceleración. Repantingada en la silla de mando, a solas en la penumbra del puente, Dzztz frotó las alas, bamboleó la ahusada cabeza con expresión aburrida y observó el panorama. La estrella aún era un puntito no mucho más brillante que sus compañeras de alrededor, y a simple vista no se adivinaban más que cinco o seis tenues luceros junto a la estrella —incluso aunque una dispusiera de setenta y dos ojos compuestos—; planetas que sólo se vislumbraban si una los miraba de reojo, como si disimulara.

Por enésima vez en los setenta y seis años que llevaba de misión, Dzztz siseó de resignación, y se dispuso a seguir el protocolo de búsqueda. Las primeras dieciséis o diecisiete veces había sido emocionante, incluso contando los errores garrafales que estuvieron a punto de causar la extinción de su especie. Las siguientes veinte había estado segura de que el siguiente candidato sería su hogar definitivo*. Ahora ya ni siquiera llevaba la cuenta.

A la tercera va la vencida", con todas sus versiones, es un refrán muy extendido que da idea de la paciencia típica de una especie. Los Dzzkzianos, en concreto, se tomaban las cosas con tanta calma que habrían exasperado incluso a las tortugas de cualquier isla paradisiaca del Universo.

Dzztz comprobó el estado de las cámaras de criogenización, donde los pocos miles de supervivientes del Gran Desastre descansaban en estado larvario, derivó parte de la energía a los sensores de corto alcance y ordenó a la computadora de a bordo comprobar una vez más el espectro de la estrella.

Algo insegura todavía a causa del rápido y accidentado aprendizaje, Dzztz examinó la forma del perfil y las líneas de absorción, que marcaban elementos atómicos en la atmósfera del astro, y cuyas profundidades relativas revelaban al ojo experto cosas como el tamaño de la estrella, su temperatura o su estado evolutivo. Se trataba de una vulgar enana amarilla, en fase de secuencia principal: aún quemaba hidrógeno en su núcleo de manera estable, fusionándolo en helio que, más pesado, se depositaba como residuo en su centro. Y a juzgar por su poca masa, estaría así al menos otros cuatro mil millones de años.

No como su hogar. Dzztz sacudió la cabeza para ahuyentar la vaga sensación de rabia. ¿O era, más bien, vergüenza? Más bien esto último, decidió, pues no podía sentir rabia por haber perdido aquello que no había conocido. Y es que, como los pocos miembros vivos de su especie, había nacido y pasado su estado larvario en el Arca, en órbita alrededor de una estrella hostil a la que nadie podía acusar de no haberles enviado suficientes notificaciones de embargo de su planeta natal.

En una economía planetaria basada en el consumo y la rentabilidad material de los recursos, el conocimiento astronómico no tenía cabida alguna.

Suele decirse por todo el Universo que quien no conoce su pasado está condenado a repetirlo. Pero son pocas (las que más perduran, por lo general) las civilizaciones que añaden que quien no conoce su futuro está condenado a no vivirlo.

Así, sus antepasados no se dieron cuenta de lo que se les venía encima, aunque lo hubieran tenido todo el rato delante de sus antenas olfativas. La primera señal vino cuando su estrella agotó el hidrógeno de su núcleo y dejó en su lugar un residuo de helio. Las reacciones nucleares se pararon, y el astro experimentó un leve descenso en su luminosidad. Pero aquello duró poco: la estrella, incapaz ya de ejercer presión luminosa para soportar el peso de su núcleo —ahora inerte—, se contrajo, calentándose a medida que lo hacía, hasta que una capa de hidrógeno cercana al núcleo alcanzó la suficiente temperatura como para encender las reacciones nucleares de nuevo.

Los Dzzkzianos miraron entonces hacia arriba, se encogieron de hombros, y siguieron a lo suyo. Sobre la superficie del planeta se sucedieron guerras y alianzas, incontables imperios se levantaron y se hundieron y la gente siguió inmersa en su ajetreada vida.

Sin embargo, la bomba de relojería continuaba su lenta pero inexorable marcha. Pues, a medida que el núcleo se contraía, calentándose cada vez más, el hidrógeno de la capa junto al núcleo se quemaba cada vez más rápido, empujando las capas exteriores de la estrella hacia fuera y aumentando su brillo progresivamente. Comenzaba su andadura por la fase de gigante roja: a lo largo de millones de años, la estrella se enrojeció progresivamente y creció en el cielo, tragándose los planetas interiores en fogonazos de luz que cegaron a generaciones enteras. El brillo de la estrella llegó a ser miles de veces el de antaño, tanto que, llegado un punto, los Dzzkzianos no tuvieron más remedio que interponer enormes espejos entre estrella y planeta para desviar casi toda la luz e impedir así la evaporación de los océanos. Y aún así, siguieron viviendo de espaldas a su estrella, seguros, en cada generación, de que siempre había sido así, o al menos parecido.

Pero aquello no fue suficiente; los espejos acabaron fundiéndose en la atmósfera de la estrella y la biosfera del planeta se extinguió rápidamente. Los Dzzkzianos, incapaces de seguir mirando a otro lado (nunca mejor dicho, ya que para entonces la estrella ocupaba casi todo el firmamento), construyeron el Arca.

Dzztz, después de todo, era una de las afortunadas descendientes de otros afortunados. En cambio, los miles de millones que no habían tenido la suerte de ser evacuados en el Arca habían perecido de hambre, sed y calor. Y los pocos que habían aguantado un poco más, refugiándose en las cuevas más profundas, habían sufrido un destino mucho peor cuando la estrella despedazó el planeta y lo devoró.

En resumen, no sentía rabia, pero le hubiera gustado mucho hacerlo. Le hubiera gustado volver en el tiempo a aquella época y llamarles estúpidos a todos.

Al menos, sí que había podido contemplar el destino final de la estrella que otrora alumbró el hogar de sus antepasados: una preciosa y colorida nube de gas en lenta expansión y, en su centro, el núcleo muerto, de un blanco vivo que se iría apagando en cuestión de decenas de miles de años.

Así había comenzado su búsqueda de un nuevo hogar. Búsqueda que conllevó un curso acelerado de astrofísica que cambió completamente la perspectiva de su lugar en el Cosmos. Descubrieron que su estrella no era más que una entre los cientos de miles de millones que formaban su galaxia, la que, a su vez, tan sólo era una isla perdida entre otras muchas en la inmensidad de un océano de vacío tan vasto y hostil que daba vértigo sólo de pensarlo.

Habían aprendido por las bravas, por ejemplo, que las estrellas muy masivas morían de manera muy diferente, y mucho antes que las otras: cuando los instrumentos de a bordo revelaron que el núcleo de aquella supergigante azul (un espectáculo impresionante para contemplar desde el puente de observación) se contrajo súbitamente en varias etapas cada vez más rápidas, —la última de tan sólo algunos meses— tuvieron el tiempo justo para accionar los motores del Arca y escapar antes de que la explosión de supernova barriera el sistema entero.

"La curiosidad mató al gato" es un refrán con tantas versiones como civilizaciones en el Universo. O más bien podría decirse que quien careció de este refrán no desarrolló lo suficiente el instinto de supervivencia y ya no estaba presente el día del conteo. Como todos los refranes, contiene una sabiduría, que, aunque perfectamente explicable mediante modelos evolutivos de selección social, aún hoy es considerada por muchos como una prueba irrefutable de la existencia de una raza de precursores que sembró el Universo de civilizaciones y las dotó de un refranero popular para que fueran saliendo del paso.

Los rayos gamma resultantes de dicha explosión asolaban los sistemas solares en decenas de años-luz a la redonda, destruyendo cualquier capa de ozono planetaria y permitiendo así la penetración de toda la radiación cósmica de la estrella del sistema, que provocaba una extinción masiva, cuando no total. En resumen, habría sido una estupidez el sentar la cabeza demasiado cerca del núcleo de la galaxia, por ejemplo, donde se arremolinaban cientos de miles de estrellas que acabarían muriendo de aquella manera. O establecerse a menos de unos pocos miles de años-luz de un sistema formado por dos estrellas lo suficientemente masivas y cercanas entre sí como para acabar sus días fundiéndose y estallando como las supernovas más intensas que conocía el Cosmos. Así, dejaron de buscar fuera de lo que llamaron Zona de Habitabilidad Galáctica.

Y aquello no era todo. Muchas estrellas resultaron no tener planetas, por lo que tuvieron que desarrollar métodos para detectarlos desde lejos. Además, pronto dejaron de buscar planetas habitables alrededor de estrellas dobles, pues en la mayoría de ellas las órbitas eran inestables y caóticas, y tan pronto ocurrían glaciaciones como se evaporaban los océanos al pasar el planeta demasiado cerca de alguna de las estrellas.

De hecho, aquella cuestión restringía aún más la búsqueda: había una Zona de Habitabilidad Circunestelar en torno a cada estrella, un cinturón en el interior del cual se podía esperar que un planeta albergara agua líquida, necesaria para la vida que conocían.

Sentada a los mandos, Dzztz siseó y examinó los datos de los ocho planetas de aquel sistema mientras el Arca se internaba en su interior. Todos ellos menos uno descansaban fuera de la Zona de Habitabilidad Circunestelar, por lo que los descartó automáticamente. Se concentró en el tercero, que a juzgar por los datos, tenía una gravedad superficial algo menor que la de su planeta natal, a la que, si bien con cierta incomodidad inicial, acabarían adaptándose. Dirigió el Arca hacia el planeta y examinó los espectros más detalladamente. En efecto, no se había equivocado. Las depresiones del perfil espectral revelaban claramente cantidades importantes de monóxido de carbono, ozono y vapor de agua. Habitable.

Meses más tarde, las sondas examinaban el planeta y descubrían miles de toneladas de basura espacial en su órbita. Y no sólo eso. Por la superficie se repartían miles de antiguas construcciones en ruinas semienterradas en la espesa vegetación, y multitud de extrañas especies animales. Pero, por mucho que buscaron, no encontraron rastro alguno de vida inteligente.

Dzztz frotó las alas. Tanto mejor, se dijo. Después de tanta búsqueda, habría sido incómodo encontrar un hogar que tuvieran que compartir.

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El autor

Miguel Santander García es Doctor en Astrofísica e investigador postdoctoral en el Observatorio Astronómico Nacional. Escribe ciencia-ficción, a finales de año se publica su primera novela "La Costilla de Dios", y mantiene el blog "Tras el horizonte de sucesos".

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