Relato de un encuentro

Annia Domènech / 11-04-2006

Era el 29 de marzo de 2006. La Luna había quedado en visitar el Sol, y hacia él se encaminó. En el primer contacto, cuando los dos discos se tocaron, no se dijeron mucho, pero pasado un tiempo, al superponerse, revelaron una atmósfera muy especial. Se trataba de la corona solar.

A medida que la silueta de la Luna se desplazaba sobre el disco de la estrella, cayó progresivamente un crepúsculo que no llegó a ser noche cerrada ni con el Sol escondido tras el satélite durante el segundo contacto. Pero permitió ver el planeta Venus y también algunas estrellas, de día disimuladas por la claridad existente en el cielo.

La relativa oscuridad, que duró unos minutos, recorrió una zona del planeta al paso de la Luna, puesto que no era otra cosa que su sombra. Centenares de miles de admiradores de eclipses se desplazaron para presenciar cómo el Sol y la Luna se hablaban. Si se les preguntaba, justificaban su curiosidad afirmando que, una vez que se ha visto un eclipse total solar, siempre quedas a la expectativa del siguiente.

Y es que para observar un eclipse hay que esperar. Si se planifican experimentos para estudiar el Sol, la espera empieza meses e incluso años antes. Si se acude como espectador, es el tiempo de planificar el viaje. El mismo día la tensión aumenta conforme se acerca el momento de la ocultación completa.

El día del eclipse estábamos en Egipto, cerca de la frontera con Libia, donde iba a ser total. Soplaba un fuerte viento y el cielo estaba despejado. Una tímida Luna empezó poco a poco a ocultar el Sol por la derecha. Conforme se cubría la estrella, la luz disminuyó paulatinamente. Para un eclipse la gente aguarda con los ojos que miran al astro protegidos por cristales especiales. El evento también se veía en las pantallas de varios ordenadores, conectados a telescopios, lentes y cámaras CCD.

El objeto de deseo es habitualmente la corona solar, sólo visible cuando el satélite oculta la estrella, o con el uso de un coronógrafo, que simula el entrometimiento de la Luna. Pero, incluso con este instrumento, la parte inferior de la corona, muy poco brillante, resulta inaccesible. Para llegar a ella se requiere el encuentro de ambos cuerpos, aunque si el tamaño aparente de la Luna es mucho mayor que el del Sol tampoco se ve.

Hasta el segundo contacto, la espera se hizo larga. Cuando la Luna cubrió completamente la estrella, la corona surgió como si alguien hubiera pulsado un interruptor. En ambos polos se distinguían unas estructuras filamentosas llamadas plumas.

Actualmente el Sol se encamina hacia el mínimo de su ciclo de actividad de once años, por ello la corona presenta una forma alargada en el ecuador (similar a la del eclipse de 1995, cuando el último mínimo). Esta zona de la atmósfera de la estrella se encuentra muy caliente y emite radiación de muy alta energía.

Esta luz puede descomponerse mediante un elemento dispersor (habitualmente una red de difracción). Cada una de las líneas espectrales resultantes es la firma de un elemento químico, que informa sobre las condiciones físicas de la región observada. Muchos de los experimentos que se realizan durante un eclipse son de espectroscopia, para entender mejor la estructura de la corona.

Con la totalidad, una hora y veinte minutos después del primer contacto, llegó una emoción particular, difícil de explicar. Contaba cada segundo de los dos minutos cincuenta de oscuridad disponibles en ese lugar. Fueron momentos de irrealidad en los que todo parecía posible. Es sorprendente que un fenómeno bien conocido científicamente y predecible al minuto despierte tal cúmulo de sensaciones e incluso una inesperada empatía. Hacía frío.

Justo antes de que ambos cuerpos empezaran a despedirse en el tercer contacto, se vio un anillo con dos perlas compuestas por los rayos solares que emergían por un lado de la Luna. El alivio fue general y el ambiente festivo. Incluso con el cielo más iluminado, todavía se distinguía Venus. Las fases parciales que siguen no recibieron tanta atención. Lo mejor ya había pasado. Más de una hora transcurrió hasta que el Sol y la Luna se despidieron definitivamente en el cuarto contacto.

Los eclipses se suceden. Su magia es incontestable y uno siempre lamenta que no duren más. La Luna, inocente, pensaba que sólo había quedado con el Sol, pero también lo había hecho con millones de personas. La próxima cita multitudinaria, el próximo eclipse total solar, es en 2008.

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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