Leyendo ciencia en... Viajes extraordinarios

Annia Domènech / 11-05-2006

Julio Verne
Ediciones Hetzel

En el s. XIX, considerado el siglo de la ciencia, hubo un mundo en el cual se viajaba a la Luna, se intentaba modificar el eje terrestre por el retroceso de un formidable cañón, se bajaba a las profundidades marinas y se exploraba un continente desde un globo. Los artilugios que permitían realizar semejantes proezas no eran fruto únicamente de la imaginación de su autor, Julio Verne, sino que solían basarse en los conocimientos de entonces, con frecuencia exhibidos en las diversas exposiciones universales que acoge París a partir de 1855.

Sus Viajes extraordinarios suman 62 novelas, en las cuales la ciencia y la tecnología asoman, especialmente en las quince primeras, y la fauna y la flora tienen gran importancia. De hecho, los protagonistas son exploradores y sabios que se enfrentan a retos sorprendentes en la Tierra, el espacio, el fondo de los océanos o las entrañas del planeta. De repente, la ficción toma el relevo de lo veraz y el lector es atrapado por la historia.

El primer libro de Verne, Cinco semanas en globo, relata el sobrevuelo de África por tres ingleses. Inspirado en las primeras exploraciones de este continente que tuvieron lugar a lo largo del s. XIX, el autor aprovechó para recordar a algunos aventureros que precedieron a sus personajes, además de para explicar en qué consiste la aerostática. El éxito de este relato, que inició sus Viajes extraordinarios, lanzó su carrera como novelista.

En diversas ocasiones se adelantó a su época, como en Viaje a la Luna o en 20.000 leguas de viaje submarino, donde un hombre, el capitán Nemo, domina la electricidad, la metalurgia y el saber científico para hacer posible la vida humana bajo el océano. Rodeado de magia marina, el Nautilus se desplaza a propulsión eléctrica veinte años antes de que lo hiciera en la realidad el Gymnote en 1888.

Personajes históricos y los últimos descubrimientos se intercalan en la ficción del escritor francés. En la biblioteca del Nautilus, Nemo posee las obras completas de Alexander von Humbolt, que publicó en 1845 Cosmos, una recopilación de los conocimientos geológicos de su época. En un momento dado se explica la recién descubierta corriente trasatlántica Gulf Stream, que demostró la influencia de las corrientes marinas en el clima.

Nemo utiliza continuamente un sextante para guiarse, como varios de los marinos de Verne, puesto que éste no ignora que sólo las observaciones astronómicas permiten posicionarse en el mar. De hecho, la Astronomía aparece de un modo significativo en una docena de sus novelas, orientada a la navegación marítima, la determinación de la forma y dimensiones de la Tierra y la medida del tiempo. Curiosamente, en Los hijos del capitán Grant hay una explicación rigurosa del firmamento de la Patagonia, sin que el escritor hubiera puesto nunca los pies en el hemisferio sur, lo que muestra lo fidedigno de sus fuentes de documentación. Evidentemente, algunos de los conocimientos incluidos en sus obras han sido rebatidos por el tiempo. En este mismo libro habla del eslabón perdido, el supuesto nexo de unión (en realidad inexistente) entre el hombre y el mono, al que también dedica: El pueblo aéreo, donde el novelista no se mostró especialmente partidario de la teoría evolucionista actualmente aceptada.

Phileas Fogg consigue dar La vuelta al mundo en 80 días porque viaja siempre hacia el este, lo que acaba haciéndole ganar veinticuatro horas. Hasta que fue adoptado el principio de los usos horarios en una conferencia internacional en Washington, cada lugar tenía su propia hora. Fogg se desplaza en barco de vapor y tren. Los medios de transporte fascinaban al escritor, que vivió la revolución industrial. El mundo empezaba a moverse más rápido gracias a la máquina de vapor.

En Los viajes y aventuras del capitán Hatteras, las auroras boreales son un personaje más, pero no se revela por qué se producen, sencillamente porque hasta mediados del s. XIX se desconocía. En este libro, los protagonistas observan también halos alrededor del Sol y la Luna, a veces asociados a falsas imágenes de los astros. Para ellos, Verne pudo recurrir a las explicaciones del físico británico Thomas Young y contó que son debidos a la refracción de la luz solar o lunar por los cristales de hielo presentes en algunas nubes.

El rayo verde es el último rayo que parte del Sol antes de ponerse en el horizonte. Visible únicamente en circunstancias excepcionales de pureza del cielo, en mar o montaña, protagoniza uno de los Viajes extraordinarios. En Caza al meteoro, es este fenómeno celeste luminoso el que cobra relevancia. Pero es que los astrónomos proliferan en la obra de Julio Verne, por ejemplo los seis que viajan a África del Sur en Aventuras de tres rusos y tres ingleses para medir un arco del meridiano terrestre antes de la adopción del sistema métrico por el Reino Unido y Rusia. A lo largo del s. XIX, el sistema métrico instalado en Francia bajo la revolución se expandió por Europa y el mundo. Verne añade en el libro una lista de los científicos que han intentado desde la Antigüedad medir un arco de meridiano, bien para determinar la forma y las dimensiones de la Tierra o, desde el fin del s. XVIII, para fijar la longitud de un metro (definido como la diezmillonésima parte del cuarto de un meridiano terrestre). Uno de ellos es François Arago, de cuya Astronomía popular copió la explicación del método de triangulación que utilizan sus protagonistas.

Pero si hay un fenómeno astronómico que conquiste la atención de la gente, éste es un eclipse total de Sol. En El país de las pieles, otro astrónomo se une a una expedición para ir al norte de Canadá con el fin de observar el del 18 de julio de 1860. Verne mezcla, una vez más, ficción y realidad. Sí hubo un eclipse solar ese día, pero no fue total en las regiones árticas. En Francia, donde seguramente lo viera el escritor, fue parcial (con un 85% del astro cubierto). El proceso de ocultación es descrito cuidadosamente y el astrónomo sufre terriblemente por el tiempo, temiendo no poder verlo. Al final, será algo inesperado lo que se lo impida.

Por si alguien está interesado, para hacer un Viaje al centro de la Tierra hay que penetrar por un volcán situado en Islandia. Este sueño de Verne, de cuyo fallecimiento se cumplieron cien años en 2005, continúa obviamente irrealizado.

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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