Son cuatro gotas

Annia Domènech / 11-08-2005

Esa noche la lluvia no dejó de caer sin ninguna intención de dejar de hacerlo. Las gotas descendían tan cercanas la una a la otra, que eran cuerdas uniendo el cielo y el planeta. Uno podía incluso imaginar la posibilidad de ir contra la ley de la gravedad: colgarse de una cuerda y, mano tras mano, las piernas balanceándose debajo, avanzar hacia arriba para ver qué escondía el lugar desde donde parecían venir todas ellas. Pero, incesantemente, la cuerda se descomponía en millones de partículas de agua, tan mojadas como podían estarlo.

Era una mentira óptica basada en una realidad meteorológica que iba a impedir observar otra lluvia mucho menos copiosa, pero muy cumplidora. Cada año se presentaba aproximadamente por las mismas fechas. Debido a ello, la gente, avisada, la buscaba. De no ser así, su discreción habría podido hacerla pasar inadvertida, puesto que se denominaba lluvia por comparación hiperbólica: en realidad no llegaba ni a llovizna. Y, además, para ser vista era mucho mejor que el cielo estuviera despejado, sin nubes.

La lluvia escudriñada tenía un nombre de cuento: lluvia de estrellas. También procedía del cielo, pero nunca llegaba a tocar tierra. Ocurría cuando el cometa Swift-Tuttle atravesaba en su camino la órbita terrestre. Tras su paso abandonaba pequeñas partículas de polvo que, al precipitarse a gran velocidad contra la atmósfera de nuestro planeta, se desintegraban diseñando trazos luminosos, llamados meteoros, cuyo brillo era equiparable al de los astros más brillantes del cielo. Realmente parecían estrellas a la fuga.

El Swift-Tuttle no es el único cometa en ofrecer anualmente un pequeño espectáculo. Sin embargo, su lluvia de estrellas, llamada de las Perseidas porque parece originarse en la constelación de Perseo, tiene lugar precisamente ahora, por ello es el protagonista de esta historia. De hecho, mañana, viernes 12 de agosto, habrá su máximo anual de pinceladas de luz en la tela celeste, a las 18:29 horas en tiempo universal (una hora más en Canarias y dos en la Península).

Como en ese momento será todavía de día, habrá que esperar a la oscuridad para poder distinguir las estrellas fugaces, o avanzar la observación a esta noche. En ambos casos, mejor buscarlas de madrugada, cuando la constelación de Perseo, el radiante de donde parte la lluvia, esté más alta en el horizonte y la Luna, en fase creciente, se haya puesto.

Hay quien afirma que por cada avistamiento de una estrella fugaz puede solicitarse un deseo. Si existiera la misma creencia para cada gota de lluvia, no hay duda de que la probabilidad de que alguno se cumpliera sería mucho mayor, incluso en períodos de sequía.

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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