Leyendo ciencia en… Los huesos de Descartes

Annia Domènech / 13-05-2010

Russel Shorto
Editorial Duomo, 2009

Su nombre es René Descartes. Actualmente se le recuerda como matemático y como padre del racionalismo. “Pienso, luego existo”, es la frase fetiche que se asocia a este filósofo y, podríamos decir, científico del siglo XVII, aunque este término no se utilizara entonces con el sentido actual.

La percepción popular de Descartes es limitada en muchos aspectos, como ocurre con frecuencia con los grandes personajes históricos. Como cualquier ser humano, estuvo condicionado por su época. Siendo uno de los adalides de la modernidad, todavía vivió en la Edad Media y, de hecho, la sufrió en sus carnes, y en sus huesos una vez fallecido. Es la epopeya de estos, que experimentaron diversas sepulturas en contextos políticos distintos, lo que utiliza Russel Shorto en su libro “Los huesos de Descartes” de hilo argumental para explicar cómo las ideas del filósofo hicieron posible transformar el sistema de creencias del momento, con la crisis de valores consiguiente, y dar paso a la modernidad.

Resulta significativo, y sorprendente por lo ambicioso, que en los designios de Descartes se encontrara la pretensión de establecer un nuevo marco intelectual que sustituyera al de Aristóteles, vigente hasta entonces. Lo logró con su “Discurso del Método”, una publicación compuesta por cuatro librillos que se publicó sin firma. Los tres últimos estaban dedicados a la luz y la óptica, la geometría, y la geología y la atmósfera. Pero fue el primero, un tratado de filosofía, el que revolucionó la sociedad en la que vivía con su innovador planteamiento sobre la adquisición del conocimiento. Su método de ponerlo todo en duda es la base del método científico, y no sólo de éste. La influencia posterior de Descartes, fallecido en 1650, es irrefutable en cuestiones de gran calado como el nacimiento de la ciencia, el auge de la democracia, la distinción entre mente y cuerpo y la confusión entre ciencia y religión, como explica bien Shorto, a lo largo de cuya “encuesta ósea” cuenta el intento de “santificar” al filósofo utilizando sus restos para apoyar la corriente del racionalismo, así como que su cráneo protagonizó encendidos debates científicos sobre su autenticidad y fue incluso utilizado como pieza de convicción en el estudio de la inteligencia. También alude, por supuesto, al debate sobre la posibilidad de que Descartes fuera inhumado en el Panteón como un “gran hombre”.

Pero no adelantemos acontecimientos. El relato comienza con la muerte de Descartes en Estocolmo, donde es enterrado. Durante el primero de los traslados, a Francia, el embajador francés en Suecia hace una solicitud sorprendente: poder conservar el hueso del dedo índice con el que Descartes escribió sus textos. Aplica, con lo paradójico que resulta, al padre del racionalismo la costumbre medieval de las reliquias en un acto “entre la antigüedad y la modernidad”, como lo describe el autor. Es fácil imaginar que el filósofo se habría revuelto en su tumba (o tumbas, pues tuvo varias) si hubiera conocido semejante afrenta a su modo de pensar. Este hecho puede resultar simbólico de todo aquello contra lo que tuvo que luchar la modernidad para desalojar en el siglo XVII algunas de las arraigadas creencias de la época, como la de la bondad de las sangrías para curar enfermedades, que protagoniza una incoherencia final del filósofo enfermo.

La anécdota de la sangría hecha a Descartes (quien acabó reclamándola tras negarse a ella reiteradamente) es sólo una de las muchas revelaciones sobre el filósofo ignoradas por la caricatura popular del personaje que pueden leerse en “Los huesos de Descartes”. Uno también aprende que no sólo ejercitó su mente de forma teórica sino que se interesó por la experimentación e hizo muchas disecciones. Sentía pasión por la medicina, a la que dedicó gran atención; al fin y al cabo esta disciplina fue una de las que trajo de la mano la modernidad, con descubrimientos como la circulación de la sangre por William Harvey y la introducción de la visión mecanicista del cuerpo: las enfermedades son averías que se pueden reparar y, eventualmente, lograr la vida eterna (esto pretendía Descartes…). Otra disciplina destacada en esa época fue la astronomía. La persecución de Galileo por la Iglesia, que le hizo abjurar de sus convicciones, preocupó muchísimo a Descartes el cual, pese a ser muy religioso (otra sorpresa), no dudaba en introducir en su esquema de conocimiento avances como la circulación de Harvey o la astronomía copernicana.

Y es que aunque actualmente modernidad se asocia a laicismo, esta es una visión parcial. Entre los seguidores de Descartes había dos tendencias: los que abogaban por hacer uso de la razón dentro de la fe o los que la consideraban una nueva fe. Esta última visión, como puntualiza Shorto, hizo posible una educación igualitaria y la búsqueda de la democracia. Es cierto también que el legado de Descartes, pese a sus creencias personales y los esfuerzos que hizo para proteger la religión, supuso un peligro para la Iglesia (en el seno de la cual, sin embargo, había muchos cartesianos), así como para los gobiernos autocráticos, y ambos se defendieron persiguiéndolo. En realidad, su pensamiento dio indirectamente origen al ateísmo tal y como lo entendemos hoy en día.

Pero continuemos, valga la broma fácil, con el esqueleto del libro. Durante la peregrinación de los huesos “cartesianos”, en el primer viaje desaparece el cráneo de aquél que defendió el uso de la mente y el sentido común para avanzar en el conocimiento, (y que decretó la separación de mente y cuerpo). Será el cráneo el que centre (con un cierto significado simbólico, atribuido a posteriori) las mayores pesquisas. Años después, la atribución de una calavera al filósofo protagonizará varias sesiones en el que era entonces uno de los faros del conocimiento: la Académie des Sciencies, en París, e incluso se hará una reconstrucción de su cabeza basada en una pintura de Descartes. A Shorto no se le escapa el absurdo más bien cómico de que hubiera “dudas sobre la cabeza que había inventado el concepto de duda”.

El encargado de elaborar un informe para determinar la autenticidad del cráneo fue Jean-Baptiste-Joseph Delambre, conocido por la implantación del sistema métrico. Es sólo uno de los grandes investigadores, acompañado por sus aportaciones al conocimiento, que desfilan por las páginas del libro. Le acompañan: Galileo, Bacon, Harvey, Kepler, Brahe, Spinoza, Diderot, Kant, Hume, Locke, Newton, Leibniz, Cuvier, Linné, Gay-Lussac, Laplace, Ampère, Wallace, Darwin, Pascal, Broca… De este modo su lectura es un fabuloso recordatorio sobre la vida y obra de estos personajes, que en algún momento hemos conocido, como mínimo en la escuela, y quizás ya olvidado. Sin ellos no hubiera sido posible la modernidad. Y es que hacer un seguimiento de la evolución del pensamiento moderno a través de los siglos es la razón de ser última del escrito de Russel Shorto, una herramienta muy útil para comprender mejor el mundo en el que vivimos, resultado de los cambios que tuvieron lugar en los siglos que comprende la narración.

A modo introductorio, Shorto relata una visita al Museo del Hombre de París, durante la cual le es presentado el cráneo de Descartes: “Voila le philosophe”, escribe que le dijeron. Frente a “Los huesos de Descartes” podríamos afirmar “Voilà le savoir et l´amusement”, pues saber y entretenimiento en la trama de una investigación detectivesca con resultados sorprendentes es lo que aporta su lectura.

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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