Sunshine

Basilio Ruiz Cobo / 13-06-2007

Acepté, antes de haberla visto, hacer una reseña de Sunshine confiando en que sería una buena película de ciencia ficción. Es cierto que la culpa de la decepción la tiene siempre el decepcionado, nunca lo decepcionante. ¿Por qué esperaba yo algo de Sunshine?

Por las películas de la corona solar en rayos X del satélite Yokoh; por los arcos de plasma vistos por el satélite Trace; por la cromosfera en Hα repleta de filamentos y espículas, como una pradera ardiendo, que vemos con el telescopio VTT de Izaña (Tenerife); por la fotosfera en banda G con sus impresionantes manchas y su hirviente granulación que nos muestra la torre sueca del Roque de los Muchachos (La Palma).

Yo esperaba un Sol elaborado con esos ingredientes; un Sol de cine, de 10 metros de diámetro, a todo color; un Sol en el que sumergirme y que me dejase sin aliento. En lugar de eso, la película nos ofrece el Sol que pintaría alguien que nunca lo hubiera visto con un telescopio: unos simples manchurrones anaranjados y granulosos. Sólo fugazmente, hacia el final, se ve una mancha solar durante unos segundos, pero hay que estar atento, pues desaparece en un parpadeo.

Esperaba algo de Sunshine porque está dirigida por un inglés, Danny Boyle, el de Trainspotting y 28 días después. Esta última película, sin ser nada del otro mundo, al menos era un inquietante cuento futurista en el que un pequeño grupo debe sobrevivir en una Tierra, asolada por un virus, de la que ha desaparecido el orden y la esperanza. Sunshine comparte también con 28 días después el guionista, Alex Garland, y el actor principal, Cillian Murphy.

Había leído un breve extracto del guión: año 2057, el Sol se está apagando y se envía una nave tripulada con una bomba nuclear para activarlo. Confiaba en conocer unos personajes que se alejaban poco a poco de la esfera azul de sus recuerdos, acercándose voluntariamente a una muerte brillante, violenta y llameante. Esperaba el lento arrastrarse del tiempo en la nave, paladeando los minutos perfectamente contados del condenado a muerte. Me encontré con una historia que no concede tiempo al paso del tiempo, con unos personajes planos, infantiles, que se pelean a puñetazos por tonterías. Esperaba música y silencio y me encontré con cháchara vacua.

Sunshine hace un par de guiños torpes a 2001: una odisea del espacio (por ejemplo el ordenador que, al desconectarse, balbucea palabras infantiles) y a Alien, el octavo pasajero (no les quiero estropear la supuesta sorpresa, pero les puedo adelantar que es tan mala que no sé si algún niño pequeño en la sala llegó a sobresaltarse). No me queda claro si se trata de homenajes o simple ausencia de imaginación del guionista.

En el cine fantástico y de ciencia ficción son habituales las suspensiones de la verosimilitud. Así, 2001: una odisea del espacio se salta a la torera la teoría de la evolución, asume la existencia del alma y nos presenta ordenadores con problemas de conciencia, pero a cambio nos ofrece un maravilloso viaje desde el simio a un futuro de vértigo. En Alien, el octavo pasajero o en Blade runner tenemos androides indistinguibles de los humanos, pero nos mantienen en vilo con estupendas sorpresas y alto suspense, o nos ofrecen una reflexión sobre la identidad humana.

Analicemos brevemente los absurdos en los que cae Sunshine. Podemos aceptar como premisa imaginaria que el Sol se esté apagando, aunque no existe ningún mecanismo conocido por el que una estrella de la secuencia principal pueda empezar a enfriarse: una disminución de su temperatura provocaría automáticamente una contracción de la estrella con el consecuente aumento en ritmo de generación de energía en su interior. Pero no importa, admitámoslo como punto de partida.

Ahora bien, ¿en qué cabeza cabe que una bomba de fisión estallando en la superficie del Sol puede reactivar la combustión en su núcleo? No es necesario ni siquiera hacer un cálculo de orden de magnitud para darse cuenta de que la masa de material fisible que pueda estar transportando la nave Ícaro II es absurdamente ínfima comparada con la necesaria para que cualquier efecto a escala solar pudiera ser importante.

En segundo lugar, no se me ocurre ningún motivo, excepto el de escribir un guión, por el que sea necesario enviar una nave tripulada transportando la bomba. ¿Cuál es la misión de la tripulación?

Tercero, ¿por qué la nave tiene que alcanzar el Sol a través de un agujero coronal?

Cuarto, ¿por qué es necesario que vaya un físico entre los tripulantes? Nos dicen que es que es el único capaz de activar la bomba, pero si ¡cualquier persona sería capaz, creo, de apretar un botón!

Quinto, la nave está curiosamente diseñada: lleva un escudo, pero sólo frontal ¿por qué? Si la nave modifica ligeramente su orientación queda expuesta a la luz del Sol que, por cierto, en la película tiene un absurdo poder destructor, fundiéndose de forma instantánea todos los componentes expuestos.

Sexto, los astronautas sólo llevan un par de trajes para salir al exterior y tienen que hacer viajes por el espacio ¡envueltos en papel de aluminio!, no disponen ni siquiera de un pequeño módulo para desplazarse, ni trajes para todos: debe ser que en el 2057 la economía no da para más.

Séptimo, en la nave hay gravedad normal, como en Star Trek.

Octavo, el único suministro de oxígeno es el basado en un jardín al que no puede darle demasiado el Sol, con lo fácil que sería llevarlo en tanques. Si pensamos en la enorme masa de la supuesta bomba o en el tamaño de la nave, no parece que la carga extra de oxígeno fuese un gran problema.

Podríamos seguir encontrando insensateces, pero el problema de Sunshine no es tanto su inverosimilitud, sino que a cambio no nos ofrece nada más que una aventura de entretenimiento superficial.

Se nota que no me ha gustado esta película ¿verdad? Quizá el problema resida en que soy un anticuado y le pido a las películas de ciencia ficción que me hagan viajar muy lejos en el espacio y/o el tiempo, o que me despierten la imaginación, o que me hagan reflexionar o soñar con extraterrestres y planetas exóticos, con viajes entre estrellas y nebulosas, o que revivan el niño que todos llevamos dentro, ansioso de maravillas, aún queriendo creer en mundos imposibles.

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El autor

Basilio Ruiz Cobo es Profesor Titular del Departamento de Astrofísica de la Universidad de La Laguna e investigador del grupo de Física Solar del Instituto de Astrofísica de Canarias. Pertenece a la ARP-SAPC (Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico).

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