Leyendo ciencia en... Hijos de las estrellas

Annia Domènech / 14-07-2003

Daniel Roberto Altschuler
Cambridge University Press, 2001

Imaginen un gran escenario llamado Universo en el cual los decorados existen, son de un modo u otro, con o sin actores; todo ello explicado por unas razones científicas que, además, son válidas en cualquier lugar.

Conocido como planeta Tierra, uno de estos decorados es de un color azulado y forma esférica. Sorprendentemente, sus actores no se caen cuando están situados en la parte de debajo del planeta, aunque parece que tuviera que ser así. En este escenario actúa un elevado número de personajes diversos, pero destacan unos que, no se sabe si por suerte o por su supuesta inteligencia, han conseguido ocupar muchos hábitats distintos. Son los seres humanos.

De ellos, una gran mayoría no sabe cómo funciona en conjunto la escenografía. Otros pocos sí. E incluso alguno se molesta en explicárselo a los demás. Daniel R. Altschuler es uno de estos raros especímenes que sabe de lo que habla y habla de lo que sabe, como se evidencia en su libro Hijos de las estrellas. Además, con rigor y amenidad, dos máximas complementarias que devienen imprescindibles para que ese saber llamado ciencia sea interesante para todo el mundo. Astrofísico de formación, sorprende en Altschuler su conocimiento detallado de materias que en principio deberían serle ajenas como la evolución de la vida o la geología, lo que parece ser resultado de una exhaustiva indagación bibliográfica que, además, aparece cuidadosamente anotada. Esto supone un esfuerzo importante que el lector aprecia.

A lo largo del libro encontramos algunos conocimientos científicos que antaño nos han sido presentados en algún periódico o similares (quizá incluso en la televisión), habitualmente sin profundidad. Ello es lógico y comprensible porque, igual que en un artículo histórico nadie reclama que se le explique quién era Napoleón (y, de no saberlo, mejor se informa antes de preguntar y hacer el ridículo), en uno de genética no se puede retroceder hasta Mendel en cada ocasión. Nunca llegaríamos a enterarnos de lo que está ocurriendo en estos momentos puesto que, por añadidura, la ciencia no camina, corre, y sólo se para, resoplando, con el objetivo de informar puntualmente sobre dónde está y coger resuello para continuar. Y entonces la humanidad, que no ha presenciado la carrera desde el principio, no entiende nada.

Pero dejémonos de divagaciones personales y volvamos a aquellos conocimientos científicos de nombre familiar, cuyas realidades cuenta Altschuler espolvoreándolas con coloristas anécdotas. Hablando de colores, los famosos cromosomas (del griego, cromo “color” y soma “cuerpo”), agrupaciones de material genético, se llaman así porque utilizando tintes especiales se ven en colores vivos al microscopio.

Tampoco es evidente en qué consiste exactamente la prueba del Carbono 14 que, como es bien sabido, permite fechar los fósiles. Hay que recordar que la vida está basada en el carbono; que éste se mueve continuamente de una reserva a otra (la Tierra, el océano y la atmósfera) en un ciclo; que los seres vivos lo obtienen del dióxido de carbono atmosférico (CO2) y que, por tanto, la relación carbono 14 respecto al carbono 12 en sus tejidos es la misma que en la atmósfera, 1 en 10.000. Al morir, los organismos cesan de incorporar carbono a sus tejidos, por lo que el carbono 14 decae (su vida media es de 5.730 años) y disminuye respecto al carbono 12, que se mantiene constante. La proporción entre los dos tipos de carbono es la que permite estimar el tiempo que ha transcurrido desde su muerte.

Por cierto, seguro que recuerdan el famoso debate sobre la fecha de comienzo del nuevo milenio, que se celebró de 1999 al 2000, sin tener en cuenta que no llegaba hasta el 2001 puesto que no hubo año cero. Todas las celebraciones deberían haberse retrasado un año...

Altschuler analiza lo más pequeño, como los átomos de oro y plata de una joya, originadas en la explosión de una estrella gigante; y lo más grande, el Universo, en el cual las distancias son tan enormes que se miden por el tiempo que la luz tarda en recorrerlas a 300.000 km/s. Ésta es la velocidad más rápida que existe, que hace posible que los rayos de Sol tarden sólo ocho minutos en llegar a la Tierra, un planeta con un diámetro de 13.000 km y formado con un 35% de hierro; un 30% de oxígeno; un 15% de silicio; y un 13% de magnesio. El mundo vivo, sólo el 7% restante, es un lugar en el que se encuentran seres diversos, incluso algunos capaces de vivir sin oxígeno. Una vela, sin embargo, no puede arder sin oxígeno. Cuando soplamos el humo que genera, su movimiento es similar a lo que le ocurre a la cola de un cometa, que siempre es “soplada” en dirección opuesta al Sol por el viento solar. Contra lo que suele creerse, no persigue al cometa.

Estos son solo algunos datos a los que el lector de Hijos de las estrellas tiene acceso, sazonados todos ellos con imágenes bonitas, viñetas humorísticas y chistes cortos. Por cierto, no se si conocerán aquél que dice...

Dos exploradores caminaban por un sendero al borde de una tupida selva cuando, al doblar una curva, se encontraron cara a cara con un feroz león. Sin pensarlo dos veces, el primer explorador dejó su pesado equipo en el suelo y el otro, al verlo, le preguntó: “¿Qué haces?”. “Voy a correr”, respondió el primero. “No seas tonto, nadie puede correr más rápido que un león”, replicó su compañero. “No es necesario”, objetó el primero, “sólo tengo que correr más rápido que tú”, y salió corriendo.

¿Hay algún modo mejor de explicar en qué consiste la selección natural?

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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