Observatorios: La Silla y Paranal

Ángel Gómez Roldán / 16-04-2009

Hace justo cuarenta años, el 25 de marzo de 1969, el entonces Presidente de la República de Chile, Eduardo Frei Montalva, inauguraba oficialmente el que sería –y aún es hoy– uno de los observatorios astronómicos más importantes del mundo: La Silla. Y curiosamente, casi treinta años después, el 5 de marzo de 1999, un hijo suyo, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, inauguraba el mayor complejo de telescopios óptico-infrarrojos del planeta en Cerro Paranal, el Very Large Telescope (VLT).

Ambos emplazamientos, La Silla y Paranal, son los lugares de observación astronómica del Observatorio Europeo Austral (European Southern Observatory, ESO), un organismo conjunto de catorce países del viejo continente más Chile fundado en octubre de 1962. Juntos, los dos observatorios europeos se encuentran a la cabeza de la investigación astrofísica en las últimas décadas.

El Observatorio de La Silla, situado a unos 160 km al norte de la ciudad de La Serena, en la costa septentrional de Chile, fue uno de los objetivos prioritarios del recién fundado Observatorio Europeo Austral, que buscaba un lugar en el que los astrónomos europeos pudiesen poner sus telescopios para estudiar el hemisferio sur del cielo. Fue escogido después de varias campañas de exploración a lo largo de los años 1963 y 1964, realizadas en colaboración con astrónomos estadounidenses, que habían encontrado un emplazamiento para sus telescopios en Cerro Tololo, una montaña situada a unos 80 km de La Silla. Lindando con el desierto de Atacama, uno de los más secos y áridos de la Tierra, y a unos 2.400 metros de altura, La Silla goza de unas excepcionales condiciones para la observación astronómica, lejos de las fuentes de contaminación lumínica e industrial.

Una muy baja estadística de nubosidad, gran estabilidad y transparencia atmosférica, y una calidad de cielo extraordinaria son los factores que determinaron que más de una docena de telescopios europeos se instalasen en La Silla a lo largo de las décadas de los años 60 a 80. Los primeros instrumentos fueron telescopios de pequeño porte, de menos de 1,5 metros de abertura, hasta que llegó uno de los mayores del mundo en su momento, de 3,6 m de diámetro, en 1977.

Según Bruno Leibundgut, Director de Ciencia del ESO, “muchos de los astrónomos de la generación actual se formaron en La Silla, donde adquirieron su primera experiencia en los que entonces se consideraban grandes telescopios”. Dos de estos telescopios de la llamada clase de cuatro metros, el ya mencionado 3,6, y el de 3,5 m NTT (New Technology Telescope, Telescopio de Nueva Tecnología, operativo en 1989), son algunos de los más científicamente productivos en el panorama de la investigación astronómica de hoy en día, gracias en especial al uso de una instrumentación continuamente renovada.

En el caso del NTT, fue el primer telescopio del mundo con óptica activa, que consiste en que la forma del espejo primario se controla con actuadores servomecánicos gobernados por ordenador. Se trata de una tecnología de uso común e imprescindible en los telescopios gigantes del siglo XXI. Y respecto al veterano 3,6 m, en la actualidad alberga un espectrógrafo de enorme precisión denominado HARPS, que se dedica a la búsqueda de planetas extrasolares. Precisamente con este instrumento fue descubierto en 2007 el que pudiera ser un candidato a planeta extrasolar de tipo rocoso en una zona habitable en torno a su estrella madre, Gliese 581, a sólo 20 años luz del Sol.

En La Silla se han realizado un gran número de descubrimientos relevantes como el mencionado de Gliese 581. Por poner algunos ejemplos más, fueron también telescopios de este observatorio los que jugaron un papel fundamental en el hallazgo de la expansión acelerada del Universo en 1998, o en establecer la conexión entre los destellos de rayos gamma (GRB) y las explosiones de estrellas muy masivas. Igualmente La Silla ha tenido una labor destacada en el seguimiento desde 1987 y hasta ahora de la evolución de la famosa supernova 1987A en la Gran Nube de Magallanes, la supernova más cercana a la Tierra desde la de 1604.

Sin embargo, el desarrollo tecnológico y la necesidad de los astrónomos de ver objetos cada vez más lejanos, débiles y con mayor detalle hizo que el ESO se plantease la construcción de un Telescopio Muy Grande –nombre nada imaginativo para el Very Large Telescope, VLT– a finales de los años 80. Compuesto de cuatro telescopios con espejos primarios de 8,2 metros de diámetro capaces de funcionar de manera simultánea por interferometría óptica, este colosal instrumento necesitaba un sitio mayor que La Silla, que no disponía de espacio material para albergar una infraestructura de ese tamaño. Así, tras una extensa campaña de prospección, en diciembre de 1990 se escogió Cerro Paranal –una montaña de 2.635 metros de altura a 130 km al sur de la ciudad de Antogafasta– como el hogar del VLT.

El desarrollo de un observatorio de nueva planta con toda su logística asociada en un lugar remoto en medio del desierto es algo complicado, por no mencionar las dificultades inherentes a poner en marcha telescopios de más de ocho metros de abertura, toda una revolución en la astronomía de entonces. La “primera luz” del primer telescopio del VLT tuvo lugar en mayo de 1998, la de los otros tres en 1999 y 2000. Es bonito reseñar los nombres que recibieron los cuatro telescopios en un concurso realizado por el ESO entre escolares chilenos, y que ganó una joven de diecisiete años que los bautizó con nombres astronómicos en idioma mapuche: Antú (Sol), Kueyén (Luna), Melipal (Cruz del Sur) y Yepún (Venus).

Junto con estos cuatro gigantes de 8,2 metros, el VLT dispone asimismo de otros cuatro pequeños telescopios auxiliares móviles de 1,8 metros de abertura capaces de desplazarse sobre raíles en los alrededores de los telescopios grandes para, junto con éstos, poder hacer interferometría con una resolución espacial máxima. Estos telescopios auxiliares se pueden colocar con extrema precisión en diferentes puntos de la plataforma de observación del VLT, y desde estas posiciones enviar sus haces de luz a un punto común a través de un complejo sistema de espejos montados en una red de túneles subterráneos.

Los últimos telescopios que funcionarán en breve en Paranal serán el VST, de 2,4 m de diámetro, y el VISTA, de 4,1 m, cuyos amplios campos de visión permitirán examinar áreas extensas del cielo de manera uniforme, y que complementarán las ya de por sí extraordinarias capacidades del VLT, que lo convierten en el telescopio más avanzado del mundo.

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El autor

Ángel Gómez Roldán es Divulgador científico especializado en astronomía y ciencias del espacio, y director de la revista "AstronomíA".

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