Leyendo ciencia en... Los elementos químicos

Annia Domènech / 16-04-2012

I. Nechaev: “Los elementos químicos: la fascinante historia de su descubrimiento y la de los famosos hombres de ciencia que los descubrieron”.
Traducción de la versión inglesa de 1944: Francisco Cortada
Colección ciencia y cultura
Editorial Sudamericana, 1944

I. Nechaev & G.W. Jenkins : Le roman des éléments.
Traducción de la versión inglesa de 2003: Jean Deguillaume
Colección Pour la science
Ediciones Belin, 2005

I. Nechaev & G.W. Jenkins: “The Chemical Elements. The Fascinating Story of Their Discovery and of the Famous Scientists Who Discovered Them.”
Tarquin Publications, 2003

 

En algún momento u otro de su vida se habrán preguntado de qué está hecho todo. Esto incluye su pierna, esa mesa, la luz, aquella nube, el aire que respira, las estrellas… todo es todo. ¿De qué se componen las cosas? Así titula la introducción un libro singular: “Los elementos químicos: la fascinante historia de su descubrimiento y la de los famosos hombres de ciencia que los descubrieron”, firmado por I. Nechaev.

Solemos aprehender el conocimiento científico universal sin preguntarnos cómo el ser humano logró adquirirlo en primera instancia. Los que disfrutamos de la escolarización obligatoria, recibimos durante años información que parece proceder de la nada - más allá del profesor y del libro, claro está-. Cierto es que hay habitualmente para cada tema una pequeña introducción destinada a contextualizarlo históricamente, pero es anecdótica. Lo que importa es “la ciencia en sí” y, salvo gloriosas excepciones que adquirieron notoria relevancia, como Einstein, poco sabemos de los albañiles que con sus aportaciones han construido el templo cognitivo en el que nos adentramos. Es más, no es inhabitual que uno aprenda por casualidad años después que la denominación de esa constante o de aquella unidad de medida, que por supuesto recordamos tras múltiples ejercicios, honra a un ser de carne y hueso sin el cual no podríamos reproducir tan alegremente un experimento en horario de laboratorio de cuatro a seis de la tarde, por decir algo.

Aplicar, como hemos hecho muchos, fórmulas existentes o repetir experimentos ya diseñados es innegablemente provechoso para futuros científicos o futuros “cualquier otra profesión”, pero no deja de ser relativamente mecánico. Requiere, cierto, atención y destreza, precisión y consagración a la tarea, nada que deba ser ninguneado, al contrario. De hecho, son cualidades que han hecho, y hacen, avanzar la ciencia: el mundo está lleno de artesanos científicos los cuales, con gran dedicación, aportan su grano de arena al saber universal. Pero existen seres especiales, de genio, “artistas” capaces de ver de otro modo el mismo universo que todos compartimos. Y de idear los instrumentos y métodos para indagar más en el tema que les apasiona. Existen seres capaces de avanzar un desarrollo teórico que explica adecuadamente lo que todavía no ha sido hallado y que años después se ve validado por los descubrimientos de sus sucesores. Gente como Kirchhoff, Bunsen y Mendeleyev, trampolines para dar grandes saltos en el conocimiento. Presumiblemente para que los conociéramos, o reconociéramos, así como la ciencia que desarrollaron y cómo la hicieron escribió Nechaev “Los elementos químicos: la fascinante historia de su descubrimiento y la de los famosos hombres de ciencia que los descubrieron”.

No sería extraño que no hubieran oído hablar de este libro puesto que es difícil de encontrar en español, idioma en el que no ha sido reeditado. Quizás se pregunten el motivo escribir sobre un texto que data de los años cuarenta del siglo pasado. ¿No está el contenido científico del mismo desfasado? La respuesta es no, como bien prueban sus reediciones internacionales en inglés y francés que han sido, esto sí, completadas con la historia de la investigación química posterior. Dedicarle una crítica está plenamente justificado por ser una joya de la divulgación científica: apasiona, entretiene, descubre, ilustra, enseña… Como relata el artífice de su reedición en inglés Gerald Jenkins “muestra de manera remarcable las emociones y tribulaciones de la investigación científica”. Jenkins, autor de libros de divulgación científica, decidió inmediatamente que tenía que retornar a las librerías. Quizás algún editor en lengua castellana coincida con él.

Bienvenidos a un recorrido por trescientos años de la historia de la química.

 

Primero el aire dejó de ser indivisible

En el primer capítulo Nechaev retrocede hasta la Suecia del siglo XVII, donde un aprendiz de boticario, Karl Scheele, descubre que el aire no es un elemento indivisible sino un compuesto con una parte combustible, el oxígeno, que se esfuma durante la combustión. En su ausencia, además, no hay quema posible. El amor por la balanza de Antoine Lavoisier le llevó a constatar que el aire no desaparece sino que se incorpora a la sustancia que arde. Tras el aire vino el turno del agua de ser separada en sus componentes: hidrógeno y oxígeno. Lavoisier auguró que muchos de los supuestos treinta elementos conocidos entonces eran en realidad compuestos. El futuro le dio la razón.

La invención de la pila por Volta en el siglo XIX supuso un salto cualitativo y cuantitativo en la separación e identificación de los elementos químicos pues el paso de la corriente eléctrica disocia las sustancias divisibles. Entre los electroquímicos destacó Humphry Davy, que aisló entre otros el potasio y el sodio, elementos “más ligeros que la madera, más blandos que la cera y más combustibles que el carbón”. Este investigador excelente fue además fuente de entretenimiento con las conferencias que daba en la Royal Institution en Londres. La química se convirtió en un tema de conversación en los salones. A su muerte se sabía de la existencia de cincuenta y tres elementos químicos.

La pila de Volta no fue la única gran contribución de la física al análisis químico. El químico Robert Bunsen y el físico Gustav Kirchhoff protagonizaron una de las grandes colaboraciones interdisciplinares de todos los tiempos. Bunsen quemaba sustancias para catalogarlas según el color que adquiría la llama cuando Kirchhoff le sugirió observar su espectro. El análisis espectral supuso, como antaño la corriente eléctrica, una revolución. De una precisión superior a la de la balanza, permite detectar cantidades ínfimas de un elemento. Pero esto no fue todo: resolvieron el enigma de las líneas oscuras, llamadas de Fraunhofer, presentes en el espectro solar: corresponden a elementos presentes en la atmósfera de la estrella. Esta explicación fue avalada por los cálculos teóricos de Kirchhoff, que demostró que los gases incandescentes absorben rayos idénticos a los que emiten. Con ello abrieron la puerta al estudio de la composición química de los astros ¡sin necesidad de ir a buscar una muestra!

Los elementos químicos continuaron siendo revelados: cesio, indio, talio… e incluso uno que parecía únicamente existir en el Sol: el helio. Se conocían sesenta y tres.

Dmitri Mendeleyev puso orden a tanto elemento a mediados del siglo XIX: realizó una tabla en la que estaban clasificados por su masa atómica empezando por el más ligero, el hidrógeno, y en función de sus propiedades. Osado entre los osados, dejó huecos allí donde creía que tendría que tenía que existir un elemento todavía sin descubrir. Criticado primero por muchos de sus colegas, el hallazgo del galio, el escandio y el germanio, que rellenaron los espacios previstos, despertó la admiración internacional. Después se conocieron los gases nobles, que por su cualidad de inertes habían conseguido mantenerse a la sombra pese a formar parte de algo tan omnipresente y estudiado como el aire. Aunque primero pareció que iban a desordenar la tabla periódica, adquirieron pleno sentido como un nuevo grupo.

En el umbral del siglo siglo XX Wilhelm Röntgen halla los rayos X y Henri Becquerel la radiación emitida por el uranio, conocida actualmente como radioactividad. Esto llevó al descubrimiento por Marie y Pierre Curie de dos elementos radiactivos: el polonio y el radio. Básicamente aquí acaba el libro tal y como fue publicado por Nechaev. Para él existen 92 elementos químicos. Ignora que ya se han generado elementos nuevos en un reactor atómico, una investigación mantenida en secreto que conducirá al lanzamiento en 1945 de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Esta información puede leerse en “Y la historia continúa”, el capítulo añadido por Jenkins en la edición moderna.

 

Un autor no identificado para un libro épico

“Los elementos químicos: la fascinante historia de su descubrimiento y la de los famosos hombres de ciencia que los descubrieron” se lea con fruición y casi como una novela épica en la que, aventureros intrépidos, los científicos se adentran en terrenos desconocidos que requieren para su exploración nuevos instrumentos, que a veces diseñan y construyen ellos mismos. En tamaña empresa es vital la camaradería y buena comunicación entre compañeros de aventura y el conocimiento de lo que ya ha sido descubierto. Una epopeya cognitiva como la que describe “Los elementos químicos” tuvo indudablemente en Nechaev un trovador a su altura pero ¿quién se escondía detrás de este seudónimo?

Publicado en 1939 en Moscú, el libro se editó también en los años cuarenta en inglés y en castellano con críticas excelentes que destacaban mayoritariamente la capacidad inspiradora de la obra y el hecho que se lea como una novela y que resulte atractiva para todo tipo de público. El periodista americano Isidor Schneider escribió que su éxito es debido al uso magistral del conflicto, en este caso entre el hombre y la naturaleza. Cada descubrimiento es un reto brillantemente resuelto que lleva al siguiente reto.

La versión inglesa de 1944, “The Chemical Elements”, cayó en 1997 en las manos de Jenkins, que como saben lo reeditó. Pese a sus intentos por encontrar la identidad del autor, no fue hasta años después que recibió una carta de su hijo. En ella le contaba la vida de Yakov Salomonovitch Pan (el verdadero nombre de Nechaev), un químico nacido en Ucrania. La carta puede leerse en las ediciones posteriores del libro.

La versión francesa “Le roman des elements” es una traducción de la británica de 2003. Además del capítulo añadido que continúa la historia del análisis químico hasta el momento presente, contiene una serie de fórmulas y explicaciones complementarias. También existe una versión reciente en portugués.

La única versión española que hemos encontrado es la publicada por la Editorial Sudamericana en Buenos Aires en 1944, listada arriba. El texto por sí mismo merece ampliamente una reedición para uso y disfrute de las generaciones actuales. Con la contribución histórica de Jenkins y los añadidos franceses, de ser posible.

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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