Entrevista a Rafel Simó Martorell

El océano, la atmósfera y el clima

Annia Domènech / 17-09-2003

Rafel Simó Martorell es Científico Titular en el Institut de Ciències del Mar del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en Barcelona. Especializado en medio ambiente y oceanografía, se dedica principalmente al estudio del plancton oceánico, del ciclo del azufre y de las interacciones océano-atmósfera como agentes de regulación del clima.


¿En qué consiste el efecto invernadero?
La radiación del Sol que llega una vez pasadas las nubes lo hace como una mezcla de visible (la radiación que vemos), ultravioleta (en general bastante nocivo para la vida) e infrarrojo (calor), y es reflejada o absorbida por el planeta. La absorbida se libera progresivamente en forma de radiación de onda larga y calor. El calor se transmite a la atmósfera y acaba yendo al espacio, pero parte de esta radiación es retenida por algunas moléculas atmosféricas. En eso consiste el llamado efecto invernadero, que es un fenómeno natural.
En ausencia de este efecto, la temperatura sería mucho más fría. El problema es que el hombre está aumentando drástica y rápidamente el número de moléculas que retienen el calor, lo que provoca que el planeta se caliente alcanzando rangos que varían las condiciones climáticas.
La molécula de la atmósfera que más contribuye al efecto invernadero no es el CO2, como suele creerse, sino el vapor de agua. Sin embargo, se considera que está en equilibrio y los humanos no variamos su concentración significativamente, en cambio preocupan el CO2 y el metano (CH4) porque sí se aumenta anómalamente su emisión.

¿Y cómo pueden afectar estos cambios a la vida en la Tierra?
Es cierto que los cambios que estamos produciendo en las concentraciones de gases de efecto invernadero son más rápidos que los de los últimos 400.000 años, lo que comportará variaciones en el clima y afectará a nuestro modo de vida. Sin embargo, de esto a que la vida se extinga hay un abismo. Cabe pensar que se reorganizarán los ecosistemas, incluidos los construidos por el hombre (la agricultura). En nuestras latitudes, se prevén inviernos más suaves y veranos más calurosos, lo que conllevará cambios en el arranque y duración de la estación de crecimiento de las plantas, por ejemplo.
Hay mucha demagogia sobre el Cambio Climático y su peligro para la vida, pero la historia del planeta está llena de oscilaciones climáticas. De ellas, las más conocidas son las glaciaciones, que se dan cada unos 100.000 años y son provocadas por una variación de temperatura de sólo cinco o seis grados. La visión actual, en la que nos preocupan cambios de este orden o menores, es inevitablemente (aunque legítimamente) antropocéntrica. Es demagógico afirmar que el hombre está destruyendo la vida en el planeta. La vida en sentido amplio, a no ser que haya un holocausto nuclear, difícilmente la extinguiremos puesto que es capaz de adaptarse a las condiciones más extremas. Lo que sí estamos haciendo es destruir biodiversidad, e incluso ecosistemas enteros, y, si se confirman las previsiones de Cambio Global, afectarán en primera instancia a las sociedades humanas más susceptibles.

¿Puede una mayor conciencia social paliar el problema?
Hay que reducir el consumo de combustibles fósiles y la liberación de CO2, y aún así no se obtendrán resultados inmediatos. Se ha calculado que la inercia del sistema es de unos cien años. Los cambios de mentalidad no nos eximen de ir pensando en adaptarnos. Casi seguro, cambiará la pluviosidad de algunas zonas y, por tanto, la aridez. Ello implica prever los movimientos migratorios, promover un plan hidrológico adecuado, pensar en los mejores cultivos para el futuro...

¿Cuáles serán los efectos reales del Cambio Climático?
Los modelos prevén un aumento medio de tres a seis grados en los próximos cien años. En general, habrá más evaporación y precipitación en el planeta (el ciclo hidrológico se hará más vigoroso), pero de un modo heterogéneo. En una zona climáticamente fronteriza como la mediterránea (entre la zona templada y subtropical y tropical), las lluvias serán más torrenciales y concentradas en la mitad del año que corresponde al invierno, pero la estación seca será más árida.
El Cambio Climático es parte del Cambio Global, que también incluye la contaminación de suelos, aire y aguas, la transformación del suelo, la utilización de las costas, etc. Por ejemplo, el problema del ozono es parte del Cambio Global y menos del Cambio Climático. Los contaminantes que enviamos a la atmósfera destruyen la capa de ozono y ello aumenta el paso de radiación ultravioleta. La capa de ozono contribuye un poco al calentamiento, por lo que, paradójicamente, su destrucción tiene un efecto de enfriamiento. Pero en ningún caso puede tomarse como compensación.

¿Cómo son las concentraciones de CO2 actuales?
Son superiores a las de los últimos 400.000 años, que es el tiempo para el cual hay registros de CO2 en el hielo, es decir, de burbujas de aire atrapadas en la Antártida. En 2100, la concentración será el doble que la más alta registrada actualmente. Como el CO2 tiene una gran capacidad de absorción de la radiación de onda larga (de calor), ello generará seguramente un calentamiento.
Otra molécula en rápido aumento en la atmósfera es el metano (un 115% en los últimos cien años) que, aunque se pierde al oxidarse, también se produce continuamente. Los mayores emisores de metano son las lagunas, el océano, la ganadería y algunas zonas inundadas manipuladas por el hombre, como los arrozales. También, determinadas combustiones y el gas natural. Pese a que en la atmósfera hay menos cantidad de metano que de CO2, su capacidad específica de efecto invernadero es doscientas veces superior.
Las emisiones de óxido nitroso por procesos de reducción de nitrato también han aumentado y, aunque hay poco en la atmósfera, su capacidad de calentar es importante.
Gracias a los intentos por paliar el problema de la capa de ozono, ha habido un declive de clorofluorocarburos y similares que, además de destruir el ozono, tienen un efecto potente de calentamiento. Estos últimos son los únicos para los que se han aplicado políticas serias de restricción.

¿Qué influencia tiene el océano en la temperatura global del planeta?
El océano cubre más de las dos terceras partes de la Tierra. Es oscuro, con gran masa de agua, y profundo, por lo que absorbe mucho calor, que redistribuye por todo el planeta. Además, intercambia con la atmósfera CO2. El mar absorbe CO2 por simple efecto físico-químico de disolución en el agua, pero devuelve la mayor parte a la atmósfera. De todos modos, como el mar no está saturado podría absorber un poco más. Se cree que en un escenario de cambio climático como el de los próximos cien años, el océano disolverá CO2 y la acidez del agua aumentará ligeramente.
Además, parte de la vida oceánica absorbe CO2 con la fotosíntesis pero, como en un bosque, el material se recicla. En días o meses, el gas retorna a la atmósfera a través de la respiración. Sólo una pequeña parte de la materia orgánica producida por la vida (lo que llamamos el carbono “fijado”) escapa al reciclaje y va a aguas profundas, donde permanece centenares de años. Una fracción todavía más pequeña llega al sedimento y el carbono queda “secuestrado” miles o millones de años. Ésta es la absorción neta de CO2 por el océano. Los seres humanos estamos liberando parte de este carbono secuestrado en combustibles fósiles (carbón, petróleo, etc.) otra vez hacia la atmósfera y de forma muy rápida.

¿Cómo se mira el océano?
Una de las revoluciones recientes en oceanografía han sido los satélites, mirar la Tierra desde el espacio. Con barcos y boyas sólo obtienes una visión local, que es muy parcial, y que requiere integrar muchos puntos de información para obtener descripciones a gran escala. Actualmente, para obtener datos los satélites utilizan, entre otras, la reflexión de la luz, las microondas, los infrarrojos... y con ello nos proporcionan la temperatura superficial del agua, su movimiento, los pigmentos de los microorganismos que viven en ella, la oscilación del nivel del mar, el viento, las nubes, la cantidad de las partículas atmosféricas, etc. Estos datos permiten diseñar nuevos modelos para entender el planeta y validar los que estamos utilizando.
Yo soy el investigador principal de un proyecto que se llama AMIGOS (Algoritmos, Modelos e Integraciones Globales para el Estudio del Océano Superficial), financiado por el Ministerio de Ciencia y Tecnología. La idea es utilizar datos de teledetección por satélite, integrarlos e introducirlos en modelos para diagnosticar algunos aspectos del Cambio Global en el océano. Por ejemplo, pretendemos predecir si en el 2100, en un escenario con el doble de CO2 que el actual, cambiará la cantidad de carbono que respiran las bacterias o la cantidad de azufre que emite el océano a la atmósfera (el azufre tiene un efecto de enfriamiento compensador del efecto invernadero).
También queremos estudiar la dispersión de contaminantes orgánicos persistentes (los que no se degradan), emitidos por los humanos. Estos contaminantes son producidos en zonas industriales, pero se detectan en zonas muy alejadas, a las que han llegado por transporte atmosférico.
Utilizamos datos de satélites americanos, de la NASA y la NOAA, y europeos, de la ESA. Mis compañeros en el proyecto son los también investigadores del CSIC Carlos Pedrós-Alió, de mi instituto, y Jordi Dachs, del Instituto de Investigaciones Químicas y Ambientales, y los doctorandos Sergio Vallina y Elena Jurado.

¿Sería posible disminuir la concentración de determinados gases una vez emitidos?
Ha habido varias propuestas, entre las que podemos comentar las dos siguientes:
- A la salida de las chimeneas, licuar el CO2 y convertirlo en cubitos de CO2 que podrían tirarse al mar para que fueran retenidos bastante tiempo en las profundidades. Es una propuesta un poco inocente, cuya viabilidad de está estudiando.
- Impulsar la absorción natural de CO2, por ejemplo introduciendo hierro en algunas zonas del océano que podrían ser más eficientes como secuestradoras de carbono de poseer más de este nutriente mineral para la fotosíntesis. No sabemos los desequilibrios que esto produciría. Además, como la mayoría del CO2 regresa al poco tiempo por respiración, quizás no cambiaría nada, simplemente todo iría más rápido. Podría haber efectos secundarios, como cambios en las cadenas tróficas, de consecuencias desconocidas.
Aunque es cierto que la preocupación por el Cambio Global urge a tomar decisiones políticas, pienso que es imprescindible invertir en conocimiento científico. Lo que sí parece claro es que la única opción sabia en estos momentos es reducir las emisiones de los gases invernadero.

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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