La ciencia del show business

Daniel Sebastián de Erice / 19-01-2010

Ciencia y teatro pueden parecer dos mundos aparentemente lejanos, e incluso contrapuestos.

Vivimos, como decía el filósofo francés Guy Debord, en una “sociedad del espectáculo”. Publicistas, artistas, políticos e incluso periodistas, deben manejar las leyes de lo teatral si quieren que sus mensajes lleguen a sus destinatarios. Y sin embargo, desde mediados del siglo XX la investigación en ciencia básica ha dejado de ser espectacular. Descubrimientos y teorías tan importantes como la secuenciación del genoma humano, la relatividad especial o la física cuántica, no son más que una sucesión de fórmulas químicas o matemáticas incomprensibles para la gente de a pie. Galileo podía subirse a lo alto de la torre de Pisa y lanzar una bola de madera y otra de acero delante de una multitud para comprobar sus teorías, pero los descubridores de planetas extrasolares sólo pueden mostrarnos unas gráficas (con sus ejes de coordenadas correspondientes, sus barras de error, etc.) en las que se aprecia una “leve disminución periódica de la luminosidad”. Los periodistas acuden entonces a los artistas para que hagan recreaciones de esos planetas, y poder así “vender” la noticia como algo espectacular, falseando la realidad.

Pero esto no ha sido siempre así. Desde que el propio Galileo puso las bases de la ciencia moderna a finales del siglo XVI, ciencia y espectáculo han ido de la mano en múltiples ocasiones. Los eruditos del Renacimiento y el Barroco acumulaban en sus cuartos de maravillas o gabinetes de curiosidades multitud de artefactos científicos, fósiles y ejemplares disecados de las últimas especies descubiertas en el Nuevo Mundo; pero también se podían encontrar en estas colecciones elementos como sangre de dragón, o cuernos de unicornio. Los médicos de estos siglos aprendían medicina en auténticos teatros de anatomía. Y ya en los siglos XVIII y XIX los últimos avances científicos eran mostrados al gran público en ferias y espectáculos de masas. El propio cine fue en sus principios uno de esos espectáculos de feria, en el que los espectadores podían ver, como por arte de magia, un tren en movimiento llegando a la estación, o unos trabajadores saliendo de la fábrica. Al lado de la caseta del cine uno se podía encontrar con la mujer barbuda, un vendedor de crecepelo, o un científico que mostraba los poderes de la electricidad haciendo resucitar a una rana.

Pero ¿de qué nos extrañamos? Actualmente triunfan en televisión científicos locos que aprovechan la ciencia para crear espectáculo a través de experimentos. La explicación de por qué ocurren los fenómenos físicos que nos muestran queda por completo fuera del show, el objetivo es únicamente crear asombro. No en vano a esta forma de utilizar la ciencia se le ha dado en llamar “ciencia barroca”, aludiendo al carácter teatral que tuvo este estilo en todas sus manifestaciones artísticas.

En otro plano más profundo de la relación entre ciencia y teatro, muchos dramaturgos han elegido aspectos científicos como temas de para escribir sus obras. Citemos alguno de los ejemplos más destacados:

- Woyzeck (1837) de Georg Büchner. Un soldado accede a convertirse en el conejillo de indias de un médico para ganarse un sobresueldo. Los experimentos realizados sobre él acabarán volviéndolo loco.

- Vida de Galileo (1939 – 1947 – 1955) de B. Brecht, en la que se narra la vida del científico italiano y los problemas políticos que tuvo con la Iglesia.

- Los físicos (1962) de F. Dürrenmatt. Un científico se finge loco e ingresa en un manicomio para salvar al mundo de las consecuencias de sus investigaciones.

- El caso Oppenheimer (1964) de Heinar Kipphardt, basada en el proceso al creador de la bomba atómica J. Robert Oppenheimer, acusado de traición por el gobierno americano.

- Copenhague (1998) de Michael Frayn. En ella se ficciona una reunión que se produjo en Copenhague, en plena II Guerra Mundial, entre el físico danés Niels Bohr y el alemán Werner Heisenberg, en la que supuestamente hablaron sobre los fundamentos de la bomba atómica y las actividades que Heisenberg realizaba para los nazis.

El tema que atraviesa todas las obras citadas no es otro que el de la función que en un momento histórico determinado debe tener la ciencia, y todas ellas nos plantean una reflexión sobre las consecuencias sociales de los actos de los científicos. No es de extrañar por tanto que cuatro de estas cinco obras traten de la creación de la bomba atómica y de la responsabilidad de la ciencia en la destrucción que produjo su lanzamiento sobre las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki.

En este sentido es paradigmática la creación de Vida de Galileo de Bertolt Brecht. El dramaturgo alemán escribió tres versiones de la misma obra en tres circunstancias históricas muy diferentes. La primera fue en 1939, estando todavía en Alemania, en pleno auge del nazismo. Más adelante, como muchos intelectuales alemanes, Brecht tuvo que huir a Estados Unidos. Allí realizaría la segunda versión del texto, esta vez escrita en inglés entre 1945 y 1947. En estas dos primeras versiones el autor nos presenta una visión optimista del papel del científico en la sociedad; pero tras regresar a la RDA en 1947 y, sobre todo, tras la explosión de las dos bombas atómicas que pusieron fin a la II Guerra Mundial, Brecht se replanteó ese papel. En la tercera versión del texto, de 1955, el escritor alemán nos propone una reflexión sobre el potencial destructivo que pueden tener las decisiones de los científicos.

Avanzado ya el siglo XXI los nuevos retos de la ciencia son distintos. La inteligencia artificial, el control del cambio climático o la ingeniería genética son las nuevas armas con las que cuentan los científicos para influir (positiva o negativamente) en la sociedad. Cabe preguntarnos entonces qué relación queremos establecer entre ciencia y teatro: una en la que los nuevos dramaturgos reflexionen sobre las implicaciones de los avances en estos campos; u otra bien distinta, en la que la ciencia sea una simple excusa para crear el espectáculo por el espectáculo, sin más pretensiones que el puro divertimento alienante.

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El autor

Daniel Sebastián de Erice es Licenciado en Física y director de escena. Actualmente dirige la empresa de gestión cultural Alioth arte&ciencia y la compañía de teatro científico "Teatro para armar", con la que ganó el premio Focus de puesta en escena en el certamen Ciencia en Acción 2011.

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