Un paraguas abierto al Cosmos

Rubén Naveros y Naveiras / 22-01-2008

Si abrimos un paraguas e imaginamos las estrellas pintadas en su interior, tendremos un modelo que explica el funcionamiento del cielo.

Observado desde dentro, el paraguas sería la bóveda celeste. Sólo tenemos que darle vueltas sobre su eje para ver que las estrellas giran alrededor de un punto, donde el mango toca la tela se sitúa la Estrella Polar, fija en el cielo impermeable, mientras sus compañeras trazan círculos en torno a ella. Si somos capaces de imaginar un horizonte delante de las estrellas, podemos comprender por qué unas salen y otras se ocultan.

El paraguas es un buen ejemplo del funcionamiento de un planetario: la tela es sustituida por una cúpula suspendida sobre las butacas, y en lugar de pintar las estrellas hacemos uso de la luz mediante proyectores ópticos o digitales. Cada haz luminoso que toca la cúpula simboliza una estrella, y el conjunto de más de 2.500 lentes hace realidad el cielo nocturno, representando la posición relativa de las estrellas y los planetas como podemos ver cualquier noche. Para reconstruir el movimiento aparente del cielo, una serie de engranajes y circuitos electrónicos permite mover el conjunto mecánico situado en el centro de la sala. Se trata del corazón del planetario y su imagen más representativa: el proyector de estrellas

Arquímedes de Siracusa (Grecia, 287 a.C.-212 a.C.) construyó un mecanismo de planetario primitivo que predice el movimiento del Sol, la Luna y los planetas. En los restos de un naufragio cerca de la isla griega de Anticitera (entre Citera y Creta), se descubrió uno de los primeros mecanismos de engranajes para seguir el movimiento de los cuerpos celestes, que data del año 87 a.C. Usa engranajes diferenciales, lo cual resulta sorprendente dado que los casos más antiguos de los que se tenía noticia son del siglo XVI. De acuerdo con los estudios realizados, dicho dispositivo era una computadora astronómica que anunciaba las posiciones del Sol y la Luna en el zodíaco. No obstante, parte del mecanismo podría haberse perdido. Se cree que los engranajes adicionales habrían representado los movimientos de Marte, Júpiter y Saturno. De ser ello cierto, habría predicho, con un grado de exactitud respetable, las posiciones de todos los cuerpos celestes conocidos en esa época.

El primer planetario, tal y como se conoce hoy en día, salió en 1923 de la fábrica Zeiss, en Alemania. La carrera espacial de los años cincuenta y sesenta popularizó los planetarios como un método para acercar la astronomía y la astronáutica al gran público. Sólo en los colegios de los Estados Unidos se crearon más de 1.200 planetarios. El desarrollo de la informática trajo el siguiente salto al permitir proyectar imágenes en movimiento en algunas zonas de la cúpula y simular planetas o galaxias, enriqueciendo la puesta en escena.

En la actualidad, el desarrollo de los planetarios está en el mundo digital. Si bien la calidad de las estrellas de los proyectores mecánicos aún no ha sido superada, la tendencia es complementarlos, o en ocasiones sustituirlos, por baterías de videoproyectores capaces de recrear 360º de "realidad". Desde sumergirnos bajo el mar, recorrer el interior de una célula, viajar hasta una galaxia o poder imaginar el nacimiento de nuestro Sistema Solar o del Universo como si estuviésemos allí. Con todas estas posibilidades, el número de planetarios, tanto fijos como portátiles, así como el de museos de ciencia, no ha parado de crecer, e incluso forman parte de la dotación de grandes trasatlánticos   como el Queen Mary 2.

En 1993 nació, bajo las alas del Instituto de Astrofísica de Canarias y el Cabildo de Tenerife, el Museo de la Ciencia y el Cosmos con el objetivo de empapar de ciencia y astronomía a todo el que fuera con la curiosidad necesaria a este peculiar museo, donde lo imprescindible es tocar, jugar y experimentar. Como parte de este aprendizaje interactivo, se trajo desde Japón un planetario óptico que rápidamente se convirtió en uno de los elementos favoritos del público. Desde entonces, más de medio millón de personas se han sentado en sus butacas, bajo un espectáculo audiovisual que trata de explicar de un modo sencillo los grandes interrogantes del Universo.

¿Cómo empezó todo? ¿Qué hay más allá? ¿Existe vida fuera de La Tierra? ¿Cómo apareció La Luna? ¿Y si no existiera? ¿Cómo acabará su vida el Sol? ¿Qué pensó Galileo? ¿Y Kepler? ¿Qué es un agujero negro? ¿Qué estrella indicaba el norte en la época de los egipcios? ¿Cuál es esa constelación que veo todas las noches de invierno?

Éstas y otras preguntas conforman el cuerpo de algunos de los programas de planetario que, a lo largo de unos veinte minutos y paso a paso, acercan la Astronomía al público. Además de las producciones audiovisuales, los visitantes han podido disfrutar de charlas por parte de investigadores del Instituto de Astrofísica de Canarias, de cursos de astronomía, de jornadas especiales donde se han divulgado grandes eventos astronómicos, como el acercamiento a Marte o las misiones a Saturno. También han localizado el último cometa o comprendido las lluvias de estrellas. Para el público infantil, se ha diseñado un programa que, por primera vez en el mundo, introduce personajes de guiñol filmados sobre croma, con la fantástica participación de Miliki. Hasta nos hemos atrevido con un ciclo de "Poesía bajo las Estrellas".

En las butacas de un planetario se pueden ver sentados, disfrutando de las estrellas, desde bebés en carritos hasta ancianos, carnavaleros aún disfrazados, estudiantes, turistas, discapacitados, profesionales de los planetarios a la caza de nuevas ideas y amigos en general de los museos. Todo cabe dentro de esta pequeña sala de 6,5 m de diámetro para algunos y el Universo entero para otros. Sólo hay que entrar y sentarse en sus butacas para abrir con nuestro paraguas una ventana al Cosmos.

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El autor

Rubén Naveros y Naveiras tiene formación en ingeniería química y medios audiovisuales. Astrónomo aficionado y divulgador científico, trabaja como Técnico del Planetario del Museo de la Ciencia y el Cosmos.

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