Viviendo con una estrella que la Luna oculta

Annia Domènech / 22-03-2006

Visto desde la Tierra, el Sol dibuja un camino en el cielo. Constantemente aparece y desaparece en algún lugar del mundo. Pero de tanto en cuanto, cada uno o dos años, llega un momento en el que debería estar allí, y no está. La culpa es de la Luna, que lo esconde. Se trata de un eclipse total, como el del próximo miércoles 29 de marzo.

Según la ubicación del espectador, el eclipse tiene lugar en un momento distinto del día, desde la salida hasta la puesta del Sol. El 29 de marzo la sombra de la Luna recorrerá nada menos que 14.500 km en tres horas y doce minutos. El eclipse empezará en Brasil a las 08.36 TU (Tiempo Universal), atravesará África, el este de Europa (incluyendo la isla griega de Meyisti) y acabará en Asia. La sombra abandonará Mongolia a las 11.48 TU. No es habitual que un eclipse se pasee por tantos países.

Encima de un mapa, el camino de un eclipse total aparece como una línea estrecha: la sombra que traza el satélite al interceptar la luz solar. Para dejar de ver nuestra estrella, hay que estar encima de esa línea en el momento adecuado. Sin embargo, si el observador pudiera desplazarse en un instante lo suficientemente lejos, un trocito de Sol se escaparía por algún lado de la Luna: a ambos lados de la franja desde la cual se observa la totalidad (la umbra), hay una zona de parcialidad (la penumbra).

En el eclipse del día 29 la umbra cubrirá un 0,41% de la superficie terrestre y la penumbra los dos tercios superiores de África, Europa y Asia Central. En España, el eclipse será parcial. En Madrid comenzará a las 09:17 TU y acabará a las 11:09 TU, con un máximo a las 10:12 TU. Como será horario de verano, habrá que sumar dos horas al Tiempo Universal.

No poca gente se desplaza con el fin de presenciar el oscurecimiento del cielo cuando no toca. Por culpa de él, algunos animales, confundidos, se van a dormir a deshora. Puede sorprender que la Luna, al fin y al cabo unas cuatrocientas veces menor que el Sol, logre ocultarlo completamente. Esto es así porque se encuentra unas cuatrocientas veces más cerca, por lo que el tamaño aparente en el cielo de ambos cuerpos puede coincidir visto desde la Tierra. En las ocasiones en que el satélite se interpone entre el planeta y la estrella pero sin cubrirla completamente, el eclipse es parcial.

La vivencia de un eclipse total es, además de rara, corta, puesto que dura como máximo siete minutos y medio. Para alargarlo más, la Luna tendría que detener su recorrido en torno a la Tierra, y ésta en torno al Sol y sobre sí misma. El tiempo se congelaría, y los astrofísicos dispondrían de más margen para realizar sus experiencias. Pero ello no es posible, y la sombra avanza encima del mapa por el camino previsto habiendo considerado las trayectorias de los cuerpos celestes implicados.

Antaño, los eclipses totales de Sol eran ocasiones esperadas por los científicos porque proporcionaban unas condiciones propicias, e inhabituales, para poder realizar determinados experimentos. Un conocido ejemplo es la medición por Eddington del ángulo de desviación por el campo gravitatorio del Sol de la luz procedente de una fuente lejana, lo que confirmó la teoría de la relatividad general de Einstein. Corría el año 1919.

Nuestra estrella es todavía una gran desconocida. La Astrofísica solar se pregunta sobre las interfaces fotosfera-cromosfera-corona. La fotosfera es la superficie visible del Sol; y la cromosfera y la corona los componentes de su atmósfera. También se desconoce el origen del anormal calentamiento de la corona.

Debido a que el cielo es demasiado brillante por el resplandor solar, esta parte externa de la atmósfera llamada corona no puede distinguirse habitualmente. De hecho, sólo es visible cuando se oculta por completo el disco solar, lo que ocurre durante un eclipse total, o con el uso de coronógrafos. Estos instrumentos logran el mismo efecto bien sea desde tierra o en el espacio. Han estudiado la corona solar las misiones espaciales SOHO, Trace y YOHKOH, y en el futuro lo harán STERO, SDO, SOLARB y CORONAS. El estudio de los fenómenos coronales ha propiciado la aparición de la llamada meteorología del espacio.

Conociendo esto, viajar al otro lado del mundo para presenciar con fines científicos un eclipse en vivo puede parecer un sin sentido, pero lo cierto es que es complementario de las misiones espaciales. No sólo permite cotejar resultados de un modo mucho más económico, sino que los eclipses totales de Sol son los únicos momentos en los que se puede observar, y reproducir en imágenes, la corona blanca del borde del Sol, que es inaccesible a los coronógrafos a bordo de telescopios espaciales como SOHO.

Además, la gran cantidad de fotones disponible (la corona blanca es tan luminosa como la Luna llena) permite lograr una relación señal/ruido excelente en imagen CCD. Durante la totalidad, el flujo luminoso es tan grande que se pueden tomar imágenes sin disponer de grandes instrumentos. En cualquier caso, para obtener un buen resultado hay que considerar distintas variables, como lo particular del objeto de observación, el material y el entorno. Por ejemplo, la intensidad lumínica de la corona requiere el uso de filtros neutros radiales para la fotografía. Los usuarios de aparatos digitales pueden recurrir a la composición de imágenes registradas con flujos variados.

Las comunicaciones vía satélite e Internet permiten que observadores a la espera de la sombra vean imágenes tomadas desde dónde ésta ya ha pasado. Aunque la tecnología reduzca el mundo, continúa siendo necesario desplazarse para sumergirse en la magia de un eclipse. Antes de escoger su destino, los cazadores de este tipo de eventos miran los pronósticos meteorológicos para ver dónde hay una mayor probabilidad de que el cielo esté despejado. No siempre tienen suerte.

Para finalizar, quizás el dato más importante: NUNCA se debe observar el Sol, esté eclipsado o no, con el ojo desnudo ni a través de instrumentos ópticos como telescopios o prismáticos. Siempre hay que utilizar un filtro protector. Si no, la concentración de luz solar en la retina puede causar ceguera permanente. Y esto no es ninguna broma.

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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