Un año, que son tres, para el Planeta Tierra

Annia Domènech / 22-04-2008

Hoy, 22 de abril, es el Día de la Tierra, una iniciativa que tuvo lugar por primera vez en 1970. Treinta y ocho años después, y con las agresiones al planeta en plena forma, parece que un día ya no basta para recordar lo que está en juego, así que la Tierra ha conseguido que le dediquen un año, el que estamos viviendo, que de hecho son tres. En esta época nuestra en la que proliferan los "años de" era lo mínimo que se merecía.

El Año Internacional del Planeta Tierra comenzó en enero de 2007 y durará hasta diciembre de 2009, con el 2008 como año escogido por la ONU, que considera esta iniciativa una contribución a su política de fomento del desarrollo sostenible. Durante el trienio IYPE, por sus siglas en inglés International Year of Planet Earth, el fin es compartir el conocimiento obtenido sobre el planeta, objeto de estudio de disciplinas diversas, entre ellas la geología, la geomorfología y las ciencias atmosféricas y oceánicas, y promover su investigación, así como la sinergia entre ellas.

Conozcamos a la protagonista. La Tierra es un planeta originado hace 4.600 millones de años, se cree que por la adición de cuerpos menores atraídos gravitacionalmente entre ellos, como ha ocurrido con otros planetas del Sistema Solar. Recordemos que los cuerpos se atraen con una fuerza que es directamente proporcional a su masa e inversamente a la distancia entre ellos. De hecho, la masa terrestre, de casi 6.000 trillones de toneladas, nos haría caer inexorablemente si saltáramos por una ventana. No hay ninguna posibilidad de que fuéramos nosotros los que la atrajéramos a ella. Su composición, con abundancia de hierro, oxígeno, silicio y magnesio, la convierte en el planeta de mayor densidad, pese a ser el quinto en tamaño.

Las entrañas terrestres se sondean con una tecnología basada en ondas sísmicas, que permiten llegar a lugares a los que no hay acceso directo. Si desvistiéramos al planeta capa tras capa, al comienzo encontraríamos la corteza, oceánica o continental (la primera siendo más delgada y joven que la segunda). Después el manto, superior e inferior, y el núcleo, externo e interno. El manto y el núcleo no se mezclan entre ellos, como si fueran agua y aceite. El núcleo se encuentra en estado líquido debido a sus elevadas temperaturas, probablemente resultado de la formación inicial del planeta. Se cree que el movimiento de partículas cargadas en su interior, que actuaría como una gigantesca dínamo, es el que genera el campo magnético terrestre.

El planeta no es estático, sino dinámico. El modo de comportarse de la geosfera, la parte rocosa, permite establecer otras divisiones a las mencionadas anteriormente: la litosfera corresponde a la corteza y parte del manto, después se encuentra la astenosfera (más o menos el manto superior), la mesosfera (aproximadamente el manto inferior) y el resto es la endosfera. La litosfera, que es rígida, está dividida en las llamadas placas tectónicas, que "flotan" sobre la astenosfera. Los "roces" o "encuentros" entre las placas tectónicas son responsables de los terremotos o el vulcanismo. Al observar un mapamundi uno se da cuenta de que los continentes encajan entre ellos como si fueran piezas de un puzzle. En el pasado estuvieron unidos formando uno solo llamado Pangea, pero fueron separándose por la deriva continental, que todavía continúa.

Las fuerzas de la Naturaleza no son controlables por el hombre, que sí puede intentar minimizar sus efectos utilizando sabiamente los conocimientos científicos de los que dispone. El trabajo tiene que ser de prevención para minimizar los destrozos y la pérdida de vidas humanas en caso de terremoto, huracán, etc. Es vital ganar tiempo de reacción ante un suceso de estas características con sistemas de detección e información. Cada vez mejora más la tecnología por satélite, los ordenadores y otros instrumentos científicos utilizados para ello; y se establecen redes de alerta más eficientes.

De ese interior del planeta que a veces le causa malas pasadas, el ser humano obtiene los materiales que requiere para el modo de vida que ha escogido, y algunos se están agotando. En la mayor parte de los caso son sus propiedades las que le interesan, como la conductividad en el caso de los metales. Muchos de ellos pueden ser reciclados, como el cobre, sin menoscabo de sus características. Otros no. Los combustibles fósiles, por ejemplo el petróleo, el carbón o el gas natural, que hace tiempo que parece que se están acabando, continúan siendo encontrados y explotados gracias a la mejora tecnológica. Por ejemplo, ahora puede obtenerse petróleo hasta a 3 km bajo el agua con costes asumibles, en comparación con los 100 m de hace algunas décadas.

Antes o después no se encontrarán más yacimientos, o estarán situados en lugares inalcanzables. Afortunadamente no es necesario reemplazar estos combustibles, sino lo que aportan: calor, luz y movimiento. El desarrollo y expansión de uso de las energías renovables intenta suplir estas necesidades. Sustituir a los combustibles fósiles comportará otra ventaja, y es que estos son altamente contaminantes, desde su extracción hasta su uso. No hay ninguna energía completamente limpia, pero hay diferentes niveles de alteración del entorno. En los círculos de investigación, parece aceptado que un futuro energético sostenible implica los siguientes factores: el uso de energías renovables, la utilización de combustibles fósiles más limpios y conseguir una mayor eficiencia energética. Y, salvo por sus detractores acérrimos, la energía nuclear es reconocida como un agente necesario para este objetivo.

Los desechos tóxicos y gases contaminantes, como el dióxido de carbono liberado en la combustión en los coches, son otra de las grandes preocupaciones actuales. La atmósfera ya había protagonizado "gritos de auxilio", como el causado por el adelgazamiento de la capa de ozono, situada en la estratosfera. Descubierto en 1985, hizo posible el Protocolo de Montreal cuatro años más tarde: los países firmantes se comprometían a limitar la producción de los clorofluorocarbonos, responsables de las reacciones químicas que "rompen" el ozono. Esta molécula impide el paso de ciertas longitudes de onda de la radiación solar que son dañinas para los seres vivos.

Los clorofluorocarbonos forman, también, parte de los llamados gases de efecto invernadero: de origen antropogénico, aumentan el efecto invernadero natural de la atmósfera terrestre. En 2007, el Panel Intergubernamental del Cambio Climático estableció una relación causa-efecto entre su incremento y el de la temperatura del planeta. Son el dióxido de carbono (CO2), el metano (CH4), el óxido nitroso (N2O), los perfluorocarbonos (PFC), los hidrofluorocarbonos (HFC) y el hexafluoruro de azufre (SF6), según estableció el Protocolo de Kioto, un acuerdo de ámbito internacional cuya finalidad es disminuir la emisión de los mismos. La desforestación que está teniendo lugar en las grandes reservas de árboles para obtener madera o tierras de cultivo contribuye al efecto invernadero, al disminuir los sumideros de CO2.

Es cierto que la Tierra ha experimentado previamente variaciones en su temperatura, los sedimentos en el fondo de los océanos así lo atestiguan, lo preocupante sería que esta vez el aumento no tuviera vuelta atrás al ser el resultado de actividades humanas que continúan teniendo lugar, e incluso van in crescendo. Entre otras muchas consecuencias, éste afectaría a la distribución del agua, una molécula que supone otra de las particularidades terrestres y cuya llegada a la Tierra es todavía un objeto de apasionado estudio. El ciclo hidrológico está en peligro, una proporción significativa del agua está contaminada y los glaciares, las grandes reservas acuíferas del planeta, se baten en retirada. Al mismo tiempo, se multiplican las iniciativas para obtener agua potable, por ejemplo con plantas desalinizadoras.

James Lovelock habló del planeta como de un ser vivo que se autoregula, y denominó a su teoría científica Gaia, el nombre griego para la diosa Tierra. Su acercamiento poético esconde detrás una reflexión científica que ha sido asumida por investigadores como la bióloga Lynn Margulis. Sin entrar a debatir la teoría de Gaia, es innegable la necesidad de estudiar la Tierra como un todo incluyendo el interior del planeta, el océano y su atmósfera, de un modo interdisciplinar. Su paisaje por ejemplo es tanto resultado de los reajustes "subterráneos" como del efecto del clima.

A escala del Universo, la futura evolución de la Tierra es algo anecdótico. Concierne a los terrícolas, de los cuales casi medio millón se dedican a estudiarla, y al resto de sus habitantes. Es un planeta, y como tal se formó, intentan explicar los astrofísicos. Su interior está compartimentado en varias capas, dicen los geólogos. La composición atmosférica está variando, afirman los químicos. La fauna y la flora están modificando sus hábitos, avisan los biólogos. Entre todos, ¿qué podemos hacer?


· Fuentes de información:

- Nature: Year of planet Earth, suplemento especial con motivo del IYPE
- The official publication of the International Year of Planet Earth, publicación oficial sobre el IYPE
- Ciencias de la Tierra y el Universo. La Enciclopedia del Estudiante; Editorial Santillana, El País

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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