Navegando con las estrellas: un futuro incierto

Mínia Manteiga Outeiro / Pablo López Varela y Alsira Salgado Don / 22-06-2011

Comenzamos este tercer y último artículo de la serie “Navegando con las estrellas” haciendo un breve resumen de la revolución científica, que en las artes de la navegación se produjo en el siglo XVIII.

A lo largo de este siglo se realizan nuevas tablas de posiciones astronómicas y se publican los primeros almanaques náuticos con las efemérides necesarias para poder aplicar los recientes métodos de posicionamiento. Entre los marinos es ya familiar el concepto de loxodrómica, la trayectoria que recorre un buque manteniendo un rumbo constante. Aparecen, asimismo, los instrumentos de reflexión para la observación de alturas (octantes y quintantes), más cómodos de utilizar y mucho más precisos que los anteriores. Y se consolida la aplicación de las correcciones a las alturas observadas de los astros, con lo que la medición de los ángulos estelares alcanza una gran exactitud.

Y no sólo esto. Se construyen agujas náuticas más sensibles y los estudios sobre geomagnetismo permiten conocer con mayor exactitud las variaciones entre el rumbo marcado por la aguja y el real. Se generaliza el uso de la llamada proyección de Mercator en la elaboración de las cartas de navegación, y éstas se vuelven mucho más precisas gracias al trabajo de los institutos hidrográficos oficiales de cada país. Finalmente, se obtiene la solución por dos vías distintas al que hasta entonces había sido uno de los problemas más célebres en la historia de la ciencia: el cálculo de la longitud geográfica. Una vía es la de los cronómetros marinos de John Harrison, que permiten conocer a bordo la hora de Greenwich y por tanto las coordenadas de los astros a observar (extraídas del almanaque náutico). La otra es el método de las distancias lunares, ya conocido pero inviable hasta la aparición de los instrumentos de reflexión y de las nuevas efemérides astronómicas.

En la situación descrita, empleando como base la resolución trigonométrica del denominado triángulo de posición (triángulo esférico de la esfera celeste cuyos vértices son el polo celeste, la posición del astro y el cenit del observador), fueron apareciendo multitud de métodos particulares para el cálculo de la latitud y de la longitud, que poco a poco se incorporaron a los tratados de navegación de la época y a la rutina de a bordo.

Esta avalancha de innovaciones pronto hizo evidente que la formación de los pilotos había quedado desfasada. La simple memorización de las reglas a aplicar en cada caso no bastaba, había además que entenderlas. Los gobiernos de los países con tradición marítima impusieron una oficialidad cada vez más ilustrada a bordo de sus buques. Se instituyeron escuelas oficiales de náutica, en las cuales los pilotos recibían una extensa instrucción en matemáticas y astronomía, así como en el uso de los nuevos instrumentos. Y se prestaba atención a las publicaciones náuticas que iban apareciendo. De este modo, se instaura a bordo de los buques la “ciencia de la navegación”, de estudio obligatorio para todos aquellos que deseaban ser pilotos y con un espacio propio entre las demás disciplinas.

Las nuevas generaciones de pilotos y capitanes formados con esta nueva filosofía ilustrada, tomaron en parte el relevo de los astrónomos y matemáticos en la evolución de esta nueva ciencia. Los hitos contemporáneos más importantes en la navegación astronómica provienen de descubrimientos de marinos. Como ejemplo podemos citar la invención del sextante, en 1759, por parte del capitán John Campbell. Derivado de los anteriores instrumentos de reflexión (quintantes y octantes), el sextante supuso una autentica revolución en la medición de alturas en la mar. Todavía hoy en día, con pequeñas mejoras en cuanto a su diseño y óptica, es parte del equipamiento obligatorio de los buques mercantes. Otro ejemplo es el descubrimiento de la recta de altura como lugar geométrico de posición, que constituye la base de los métodos de posicionamiento astronómicos actuales. Fue realizado en 1837 por el capitán Thomas H. Summer a la edad de treinta años. Este graduado de Harvard hizo su hallazgo tras haber navegado setecientas millas a través del Atlántico sin poder situarse debido a las adversas condiciones meteorológicas. Encontrándose en una situación comprometida cerca de la costa irlandesa, la observación de una altura del Sol le permitió obtener una línea de posición sobre la carta, lo que posiblemente salvó al buque de varar en la costa de Gales.

Respecto a la situación actual de la navegación astronómica, podríamos decir que se encuentra estancada desde mediados del siglo XX, salvo honrosas excepciones, en cuanto al desarrollo de nuevos métodos e instrumentos. Este hecho en ningún caso implica que esta ciencia esté obsoleta, sino que meramente refleja el alto grado de desarrollo alcanzado en la fabricación de sextantes y en el establecimiento de una sencilla metodología estándar plenamente afianzada en la rutina del marino y que se ha visto simplificada en las dos últimas décadas con la aparición de programas de software especializado y de las calculadoras programables. Otro factor que incita a considerarla caduca, esta vez en cuanto a la vigencia de su aplicación práctica, es la implantación generalizada de los sistemas de navegación por satélite.

Actualmente todo buque lleva instalado cuando menos un receptor de GNSS, que le permite conocer con un alto grado de exactitud su posición en todo momento. Los sistemas de posicionamiento por satélite han revolucionado la navegación marítima y han desplazado a las observaciones astronómicas en alta mar. Un receptor GNSS (GPS, GLONASS, o combinado GPS-GLONASS) no depende de que el cielo esté o no nublado ni requiere una intervención del marino (a lo sumo pulsar un botón, o dos), ofrece una precisión mayor e incluso cuesta menos que un buen sextante. En ningún caso pueden negarse sus ventajas sobre los métodos de navegación astronómica tradicionales. Sin embargo, debe recordarse que la observación de los astros es la única técnica con la que cuenta el marino para situarse en la mar que no depende de sistemas externos, tan solo de su propia pericia.

Así lo viene considerando la Organización Marítima Internacional. En su Convenio Internacional sobre normas de formación, titulación y guardia para la gente del mar, establece que los futuros oficiales deben aprender a determinar la situación del buque utilizando los cuerpos celestes, y los errores del compás magnético y giroscópico empleando medios astronómicos. A día de hoy, en los estudios universitarios de náutica, la enseñanza de la navegación astronómica forma parte de las materias de navegación. En ellas los alumnos no sólo reciben la formación necesaria para la aplicación de la diversa metodología relacionada con la astronomía de posición sino que también adquieren conocimientos profundos de astronomía general.

Tal vez éste no sea el foro más indicado para comenzar un debate sobre la adaptación de las enseñanzas universitarias al EEES (Espacio Europeo de Educación Superior), pero los autores no podemos dejar de expresar nuestra preocupación en el caso de la Náutica. En este nuevo marco, con una asignación reducida de horas en favor de “tutorizaciones", las materias de navegación se han visto significativamente mermadas de contenidos teóricos. Sin posibilidad de explicar de forma completa los fundamentos, los docentes nos veremos obligados a limitar la enseñanza de la navegación astronómica a lo que ya fue allá por el siglo XVI y XVII: la simple aptitud para aplicar reglas dejando por el camino el entendimiento de las mismas. Los pilotos ya no podrán ser considerados científicos, al menos en cuanto a las ramas de la Astronomía que les son propias. La ciencia de la astronomía náutica es posible que sea relegada a una simple afición o pasatiempo de aquellos que todavía mantengan ese espíritu romántico que acompañó a los marinos españoles durante una buena parte de nuestra historia.

 

Bibliografía:

Cotter, Charles H.: “A history of the navigator’s sextant”. Brown, Son & Ferguson, Glasgow 1983.

García Franco, Salvador: “Historia del Arte y Ciencia de navegar. Desenvolvimiento histórico de «los cuatro términos» de la navegación”. Instituto Histórico de Marina, Madrid 1947.

Selles, Manuel: “Astronomía y navegación en el siglo XVIII”. Colección Akal, Historia de la ciencia y de la técnica. Ediciones Akal. Madrid, 1992.

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El autor

Mínia Manteiga Outeiro es Doctora en Física. Profesora Titular en la E.T.S de Náutica y Máquinas de la Universidad de A Coruña.

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Pablo López Varela y Alsira Salgado Don
Pablo es Doctor en Marina Civil. Profesor contratado doctor en la E.T.S de Náutica y Máquinas de la Universidad de A Coruña.
Alsira es Licenciada en Náutica y Transporte Marítimo, Capitán de la Marina Mercante. Profesora interina de sustitución en la E.T.S de Náutica y Máquinas de la Universidad de A Coruña.

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