El gigante Júpiter

Ángel Gómez Roldán / 23-06-2004

Júpiter es, con diferencia, el mayor de todos los cuerpos del Sistema Solar después del Sol. Su masa es dos veces superior a la de todos los demás planetas juntos. Comparado con la Tierra, se trata de un auténtico coloso, pues su volumen equivale a 318 veces el de nuestro mundo. Y no sólo es el planeta más masivo, sino también, por su potente campo gravitatorio, el que mayor número de satélites retiene: se le conocen sesenta y tres.

Situado a unos 800 millones de kilómetros del Sol de media, tarda casi doce años en dar una vuelta a su alrededor, y gira sobre sí mismo a tal velocidad (en menos de diez horas) que su forma es notablemente achatada. Su densa atmósfera -de hidrógeno, helio y metano- muestra titánicos huracanes de tamaños planetarios, como la famosa Gran Mancha Roja, un ciclón dos veces más grande que la Tierra que se observa ininterrumpidamente desde hace más de 300 años. Júpiter es un mundo de superlativos, no es de extrañar que fuese el rey de los dioses en las antiguas Grecia y Roma.

Quizás dicha realeza impulsó a Galileo a observarlo con sus primitivos telescopios las frías noches de enero de 1610. El sabio toscano vio, con asombro, como cuatro diminutas “estrellas” se desplazaban a su alrededor día tras día. Este movimiento de astros en torno a otro mayor le decidió a corroborar la teoría heliocéntrica de Copérnico y, en última instancia, a ser tachado de hereje por la Inquisición al atreverse a rebatir la imperante concepción tolemaica y geocéntrica del Cosmos. Hoy en día, cualquier persona (incluso con unos simples prismáticos) puede observar los cuatro mayores satélites de Júpiter -Ío, Europa, Ganímedes y Calisto-, denominados galileanos por razones obvias, y comprobar cómo se mueven noche tras noche en sus órbitas en torno al planeta gigante. Por fortuna, sin temor a ninguna inquisición.

Trescientos años después de que Galileo observase por vez primera Júpiter a través de un telescopio, otro nuevo y revolucionario invento, el espectrógrafo, permitió, a principios del siglo XX, empezar a conocer la composición química de los gases superiores de su densa atmósfera que, observada por un telescopio, muestra una serie de bandas nubosas claras y oscuras alternadas, siempre paralelas al ecuador, debidas a la rápida rotación del planeta.

Como con la mayoría de los cuerpos del Sistema Solar, el conocimiento que han aportado las observaciones cercanas de las sondas espaciales ha sido fundamental. Desde los primeros sobrevuelos de las Pioneer 10 y 11 y las Voyager 1 y 2 en los años setenta del siglo pasado, a los casi ocho años que la sonda Galileo estuvo orbitando a Júpiter y sus satélites (de diciembre de 1995 hasta septiembre de 2003); estos vehículos robot han aumentado lo que sabemos de Júpiter y de su sistema de satélites de un modo casi exponencial.

Uno de los mayores logros fue la primera medición in situ de la atmósfera de un planeta gigante. Fue realizada por una pequeña sonda que se desprendió de la Galileo y descendió en paracaídas sobre las heladas nubes de Júpiter el 7 de diciembre de 1995. Esta sonda transmitió información durante una hora, llegando a profundizar casi 150 kilómetros en las nubes de Júpiter, hasta que las altas presiones y temperaturas la enmudecieron para siempre. Detectó vientos de 700 kilómetros por hora, temperaturas más elevadas de lo esperado, y una sorprendente ausencia de vapor de agua, en contradicción con las teorías vigentes.

Lo que sí corroboró la sonda atmosférica de la Galileo es que Júpiter emite mucha más energía procedente de su interior que la que recibe del Sol. Esto es debido a la lenta compresión gravitatoria del gas en el núcleo del planeta, que hace que éste se encuentre a unos 20.000 grados, y que ese calor se transmita al exterior por movimientos convectivos en su atmósfera. A partir de una cierta profundidad en su capa de nubes, la presión es tan elevada –unos cuatro millones de atmósferas– que el gas hidrógeno que las compone se licua, formando el llamado hidrógeno líquido metálico, un excelente conductor de la electricidad, y responsable, junto con la rápida rotación del planeta, del enorme campo magnético de Júpiter, el más intenso (como no) de todo el Sistema Solar.

Otra de las observaciones estrella de la Galileo, realizada mientras se encontraba en ruta hacia Júpiter, fue la colisión de los fragmentos del núcleo del cometa Shoemaker-Levy 9 contra la atmósfera joviana en julio de 1994. Debido a la geometría orbital, desde la Tierra no fue posible ver directamente los impactos, mientras que la sonda robot los tuvo en el campo de visión de sus cámaras. Toda una exclusiva interplanetaria.

Actualmente, una nueva misión empieza a definirse en los tableros de diseño de la NASA: se trata de JIMO (Jupiter Icy Moons Orbiter, u Orbitador de las lunas heladas de Júpiter), una ambiciosa sonda robot alimentada y propulsada por un reactor de fisión. Su objetivo es orbitar sucesivamente las lunas Europa, Ganímedes y Calisto a lo largo de varios meses. El lanzamiento está aún lejano, en 2012, pero sin duda solucionará la cuestión de la existencia de océanos subterráneos de agua líquida en estos satélites de Júpiter, un descubrimiento realizado por la competente Galileo. Su homónimo italiano sonreiría con satisfacción y asombro al ver lo que ha realizado una máquina con su nombre.

¿Y para ver Júpiter directamente, sin sofisticadas sondas robóticas? A finales de junio es el astro más brillante del firmamento (a excepción de la Luna y el Sol, obviamente). Mirando hacia el horizonte suroccidental a primeras horas de la noche, destaca claramente a media altura como una luminosa “estrella” de color amarillento. Se ubica justo debajo del asterismo de la constelación zodiacal de Leo, encaminándose ya hacia su conjunción con el Sol. Durante el verano, el gran planeta será casi invisible al anochecer, oculto por el resplandor solar, hasta que vuelva a reaparecer al rayar el alba a principios del otoño.

El anochecer del 23 de junio es un buen momento para verlo pues, poco después de la puesta de Sol, podremos observar la Luna creciente muy cerca de él, en una bonita conjunción. Si Júpiter se encontrase a la misma distancia de la Tierra que nuestro satélite, su tamaño aparente sería cuarenta veces mayor que el de la Luna (para hacernos una idea: estirando el brazo, el disco de Júpiter equivaldría a nuestra mano abierta). Si lo vemos únicamente como una estrella brillante es porque se encuentra 2.000 veces más lejos que la Luna.

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  • JúpiterJúpiter

    Imagen de Júpiter

    © Cassini Project/NASA

    Posición del planeta en el cielo

    © Software Starry Night Pro

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El autor

Ángel Gómez Roldán es Divulgador científico especializado en astronomía y ciencias del espacio, y director de la revista "AstronomíA".

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