Apaga una luz y enciende una estrella

Annia Domènech / 24-02-2003

La Tierra sufre una crisis de identidad, la primera en sus 4.500 millones de años de vida. Y es que en los últimos cincuenta años se ha percatado de que ya no es la misma, y no porque se esté haciendo vieja.

Antes, una de sus mitades siempre dormía plácidamente en la oscuridad, mientras la otra vivía a la luz y al calor del Sol. Las dos se turnaban de forma periódica, sin discusión, sucediéndose el día y la noche en diferentes lugares de su mundo. Pero hoy ambas se han vuelto traviesas negándose a conciliar el sueño cuando les corresponde y encendiendo miles de lucecitas para leer, ver la televisión, jugar al parchís o hacer otras actividades.

El resultado es que la Tierra se ha convertido en emisora de luz. Las estrellas, tanto el Sol como las más lejanas, ya hace tiempo que la critican por atribuirse funciones de iluminación que en absoluto le corresponden y, encima, por hacerlas palidecer con su resplandor. Y es que cada vez brilla más, tanto que incluso algún meteorito despistado la ha confundido con una estrella. La pobre Tierra ha sido la última en enterarse y está desconsolada. ¿Qué le está ocurriendo?

El ser humano es el único ser vivo que no sólo ha evolucionado para adaptarse al medio que le rodea, sino que ha sido capaz de modificarlo para cubrir sus necesidades. La oscuridad ponía límites a sus actos y le hacía vulnerable a los peligros nocturnos. Con el descubrimiento del fuego, empezó a solucionar este problema; hoy, gracias a la iluminación constante, hay quien vive de noche y entre los que no lo hacen el tiempo dedicado al sueño ha disminuido con respecto a hace un par de siglos.

Asimismo, con el abaratamiento y la popularización de la luz artificial, ésta se empezó a utilizar en el ámbito lúdico. Lo que antaño era un bien preciado, actualmente se derrocha en carteles publicitarios y otro tipo de iluminaciones gratuitas que entristecen el cielo, puesto que la nube luminosa que como resultado cubre las grandes ciudades y aledaños no permite ver las estrellas y otros objetos astronómicos ni estudiarlos en profundidad en la investigación astrofísica.

El uso indiscriminado de luces no afecta sólo al cielo, también a la Tierra: aumenta la polución ambiental; afecta al sueño de los vecinos; y transmite una falsa sensación de seguridad, contradicha por el deslumbramiento que con frecuencia provoca. Al contrario de lo que suele creerse, no ayuda a combatir la delincuencia. Convertir la noche en día añade problemas para sobrevivir a algunas especies animales de vida nocturna, como si con la invasión de su hábitat o la contaminación no tuvieran bastante.

Las imágenes que transmiten los satélites desde el espacio muestran un mapamundi dibujado con puntitos blancos, destacando en él los lugares más poblados e industrializados del planeta.

Equiparar a la Tierra con una estrella es una exageración literaria obvia, pero sí es un hecho que el hombre moderno vive con una iluminación nocturna a todas luces excesiva, y nunca mejor dicho, que tiene consecuencias negativas en ámbitos distintos. Hoy, no es posible prescindir de golpe de una realidad tan extendida, pero se están empezando a llevar a cabo iniciativas para restringir el uso de la luz en calidad, cantidad e intensidad, así como dirigirla hacia donde es útil, sin malgastarla dedicándola al cielo, que no la quiere.

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El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

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