Grandes figuras de la ciencia: Marie Skłodowska-Curie

Annia Domènech / 25-04-2011

Nombró a un elemento químico en honor de un país, el suyo, que en esos momentos se puede afirmar que no existía pues Polonia estaba dividida entre Rusia, Prusia y el Imperio Austríaco. Renunció, junto a su marido, por el bien de la Humanidad a patentar unos descubrimientos que le hubieran permitido no sólo financiar su investigación sino ser una mujer rica. Recibió dos Premios Nobel y simbolizó, sin buscarlo, el derecho a la igualdad de la mujer. Fue una excelente investigadora, hoy es un mito.

Marya Salomea Sklodowska nació en Polonia en 1867. Su padre era profesor de física y matemáticas y su madre directora de una reputada escuela para chicas, lo que le aseguró una educación cuidada y, seguramente, contribuyó al desarrollo de esa curiosidad y ese deseo de entender que la caracterizaban. Suya es la frase “En la vida, no hay nada que temer, sólo que comprender”.

El deseo de cursar estudios superiores la llevó a Paris, pues en ese momento no era posible para una chica hacerlos en Varsovia donde, sin embargo, sí tuvo la oportunidad de trabajar con un antiguo colaborador de Dymitri Mendeleev, autor de la clasificación de los elementos químicos en la tabla periódica. Gracias a ello, cuando llegó a la capital francesa, ya tenía una gran experiencia en el trabajo químico de laboratorio.

En 1894, tres años después de instalarse en la ciudad de la luz, donde se graduó en Física y Matemáticas por La Sorbona, conoció a Pierre Curie, un científico reputado por sus trabajos en el magnetismo y la simetría de cristales, con quien se casó. Ambos formaron una pareja de investigadores que llegó a ser admirada mundialmente. Después del nacimiento de su primera hija, Marie Curie, nombre con el que es más conocida, empezó una tesis doctoral cuyo objeto era la radiación espontánea en el uranio descubierta por Antoine Henri Becquerel. Su investigación la llevaría a desarrollar una nueva ciencia, la radioquímica, y a acuñar un término hoy de uso cotidiano: radioactividad.

Corría el año 1898 cuando el descubrimiento del polonio y el radio cambió definitivamente el curso de la civilización de un modo que difícilmente podía imaginar el matrimonio Curie. No adelantemos, sin embargo, los acontecimientos y volvamos a la misteriosa radiación que, encontró sorprendido Becquerel, liberaban los minerales y compuestos con uranio. Como tantos grandes descubrimientos en la historia, fue resultado de un concurso de circunstancias no buscado o, dicho con menos palabras, de la casualidad. En el curso de una investigación sobre la fosforescencia, el científico almacenó durante varios días uranio junto con unas placas fotográficas. Necesitaba sol para realizar su experimento y París insistió en estar nublado. Cuando tras este tiempo decidió revelar las placas, para su sorpresa descubrió que estaban ennegrecidas: el uranio emitía radiación. Se trataba de una actividad muy débil y difícil de medir, que además parecía contradecir la ley de conservación de la energía.Marie y Pierre consideraron este fenómeno muy interesante y novedoso, de ahí que la científica polaca decidiera realizar su doctorado sobre él. Pierre, que era su supervisor, optó en un momento dado por suspender sus propios trabajos para dedicarse completamente a la radiación de Becquerel junto a su esposa. Los logros conseguidos en esta empresa conjunta pueden desglosarse en los tres artículos enviados en 1898 a la Academie des Sciences: el primero explicaba la existencia de una radiación superior a la esperada en el uranio. El segundo se centraba en el descubrimiento del polonio y el tercero en el del radio.

La historia detrás de estos artículos es la de una investigación exhaustiva que relacionó la cantidad de uranio en los compuestos estudiados con la radiación que emitían. Dos de ellos, la pechblenda y la calcosina, eren más activos de lo que sería esperable por el uranio presente. ¿Podría existir en ellos un elemento químico todavía desconocido? La química cobró con esta cuestión gran protagonismo, había que conseguir aislar ese elemento si de verdad existía. Con este fin, se desarrolló un nuevo método que reunía los análisis químicos con la medida de la radioactividad, que es cómo denominó Marie a la capacidad de algunos elementos de emitir radiación espontánea.

La proposición de la existencia de una sustancia radioactiva desconocida en la pechblenda fue innovadora: era la primera vez que se planteaba la existencia de un nuevo elemento en base únicamente a sus efectos, la radiación liberada, pues no fue posible encontrar ni su firma espectroscópica ni su peso atómico, que componen el “DNI químico”. Los Curie propusieron a la Academie des Sciences nombrarlo polonio, como homenaje al país de origen de Marie en un acto militante contra su situación política. Actualmente se sabe que la cantidad de polonio con la que trabajaban era demasiado pequeña para la capacidad de medición de la época. Después identificaron la presencia de otro elemento, al que denominaron radio. En su caso sí fue posible hallar la firma espectroscópica. Y su masa atómica fue determinada poco tiempo después por Marie, que se empecinó en ello.

En 1903 Marie Curie leyó su tesis: “Investigación de las sustancias radioactivas”. Ese mismo año compartió con Pierre y con Becquerel el Premio Nobel de Física. A este último le fue acordado por “el descubrimiento de la radioactividad espontánea” y al matrimonio Curie por “sus investigaciones comunes sobre la radiación descubierta por el profesor Henri Becquerel”. En 1910 se adoptó el curie como unidad de medida de la radioactividad.

Años después, cuando se abrieron los archivos del Premio Nobel, se supo que la Academie des Sciences sólo había propuesto a los dos científicos masculinos como candidatos al Premio. Informado Pierre de esto por un colega sueco, protestó y logró la inclusión de Marie. No sería la última vez que esta reputada institución francesa demeritaría a Madame Curie: en 1911 rechazó su candidatura como miembro de la misma, optando por continuar siendo un feudo masculino. Esto ocurrió el mismo año en que ella fue merecedora del Premio Nobel de Química por “el descubrimiento de los elementos radio y polonio, el aislamiento del radio y el estudio de la naturaleza y compuestos de este elemento remarcable”. Curiosamente, la prudencia del comité del Nobel al no mencionar en 1903 los elementos recién descubiertos hizo posible que lo obtuviera por segunda vez. Esta vez recibió el galardón en solitario, Pierre había fallecido cinco años antes en un accidente. Marie le sustituyó al frente del laboratorio y como docente, en una posición académica antes vetada a las mujeres. Se convirtió, sin buscarlo, en un símbolo de la lucha por la igualdad de la mujer y abrió las puertas de los centros de investigación a otras científicas.

Infatigable, su vida consistió en una sucesión de retos, y no fue el menor de ellos conseguir financiación para sus investigaciones. Con la renuncia a patentar sus descubrimientos el matrimonio Curie había también descartado una fuente de ingresos muy importante. El radio resultó, como es hoy bien sabido, de gran utilidad para curar muchas enfermedades y los beneficios derivados de la patente hubieran sido de gran enjundia.

En 1908 se construyó en París un centro para el estudio de los elementos radiaoactivos, las propiedades de la radioactividad y sus aplicaciones: el Instituto del Radio. El papel de Marie Curie fue determinante para su creación y buen funcionamiento y también contribuyó a que fuera una realidad su homólogo en Polonia. La necesidad de costear sus investigaciones, y de obtener radio con el que realizarlas, la llevó en dos ocasiones a Estados Unidos, en 1921 y en 1929. El radio era muy escaso, sólo se encontraba en pequeñas cantidades en los minerales, y por ello muy caro. La mayor reserva, de cincuenta gramos, la tenía Estados Unidos. El primer viaje, poco después del final de la guerra, fue resultado de una iniciativa de la periodista Marie Mattingly Meloney. Con gran entusiasmo, después de entrevistarla en Francia, Meloney impulsó una campaña de recaudación entre las mujeres americanas para proporcionar “un gramo de radio a Marie Curie.” La iniciativa fue exitosa y puso de manifiesto la enorme popularidad de la científica. En la segunda ocasión su visita fue eclipsada en parte por la difícil situación del país, en plena crisis económica, pero con todo recibió una gran acogida.

En 1934, el mismo año del fallecimiento de la insigne investigadora, su hija, Irène Curie, y su yerno, Frédéric Joliot, descubrieron la radioactividad artificial. Recibieron el Premio Nobel el año siguiente por “la síntesis de nuevos elementos radioactivos”.

La figura de Marie Curie ya no es la de un ser de carne y hueso. Sus logros científicos y sus opciones personales han contribuido a hacer de ella un mito que se ha ido engrandeciendo con el paso del tiempo. Durante la Primera Guerra Mundial, trabajó para mejorar las aplicaciones de los rayos X en el diagnóstico y posterior tratamiento de los heridos. Los coches en los que viajaban las pequeñas unidades de rayos X se conocían como “Pequeños Curies”. Quizás aquella fuera la primera ocasión en que se adoptaba su nombre para designar algo remarcable. Actualmente lo ostentan en todo el mundo numerosos centros de investigación, hospitales, escuelas y otros, entre ellos un sistema de becas de la Unión Europea. No surge el cansancio a la hora de celebrar sus logros: una de las razones principales para hacer de 2011 el “Año Internacional de la Química” es que se celebra el centenario de su Premio Nobel en esta disciplina.

Nadie puede estar a la altura de su propio mito. Es probable que Marie Curie ni siquiera lo intentara, simplemente haría lo que considerara correcto en cada momento. Ésta es la impresión que se desprende de su trayectoria. Que los demás la tengamos como referente y fuente de inspiración es cosa nuestra.

· Bibliografía:

- Chemistry International: Marie Sklodowska Curie; Volume 33. nº 1; January-February 2011.
- Fundación Premio Nobel
- IYQ 2011

Comentarios (3)

Compartir:

Multimedia

El autor

Annia Domènech es Licenciada en Biología y Periodismo. Periodista científico responsable de la publicación caosyciencia.

Ver todos los artículos de Annia Domènech

Glosario

  • Big Bang
  • Supernova