Marte, más cerca que nunca

Ángel Gómez Roldán / 26-08-2003

Mañana, día 27 de agosto de 2003, el planeta Marte se encontrará más próximo a la Tierra que en los últimos 58.000 años: a «sólo» 55,7 millones de kilómetros, en oposición con nuestro planeta, es decir, formando una línea Sol – Tierra - Marte. Hasta dentro de otros 284 años, exactamente el 28 de agosto de 2287, no se hallará en una oposición tan favorable. En esa lejana fecha, el planeta rojo estará sólo 70.000 kilómetros más cerca.

Esta aproximación sin precedentes ha convertido a Marte en la «estrella» más brillante del firmamento durante las noches estivales. Al ser período de vacaciones en gran parte del mundo, mucha gente ha prestado atención a este luminoso punto anaranjado en el cielo. Conocedoras hace tiempo de la favorable geometría orbital entre Marte y la Tierra, las agencias espaciales estadounidense, europea y japonesa han enviado al planeta rojo la mayor ofensiva de sondas robóticas de la historia de la exploración espacial: dos vehículos móviles con ruedas (Spirit y Opportunity), una sonda estática de aterrizaje (Beagle 2) y dos orbitadores (Mars Express y Nozomi). Todos ellos se encuentran en ruta, y llegarán allá entre los próximos meses de diciembre y enero.

¿Por qué Marte despierta tanta fascinación? Probablemente se debe a que se parece bastante a nuestro propio planeta. Con un tamaño la mitad que el de la Tierra, su día dura poco más de 24 horas; la inclinación del eje de rotación hace que tenga cuatro estaciones parecidas a las terrestres; ambos polos se encuentran cubiertos de casquetes congelados; en el cielo se encuentran nubes blancas de hielo; mientras tornados y grandes tormentas de polvo recorren sus desérticos parajes. También tiene descomunales volcanes extintos, algunos de más de veinte kilómetros de altura; profundos cañones tan largos como los Estados Unidos de costa a costa; paisajes repletos de dunas arenosas; y antiguos lechos de ríos y lagos. Por todas partes hay evidencias de procesos erosivos debidos al viento y al agua en horizontes en los que creeríamos encontrarnos en alguno de los muchos desiertos pedregosos de la Tierra de no ser por la gran abundancia de cráteres causados por meteoritos, la tenue atmósfera (mil veces menos densa que la terrestre), las heladas temperaturas (40º bajo cero de media), y el color rojizo del cielo.

Sin embargo, y a pesar de estos parecidos, Marte parece carecer en la actualidad de las dos características distintivas que posee nuestro planeta: la existencia de agua líquida y, por ende, de vida. De todos modos, en Marte se aprecia en muchos lugares la antigua huella del agua: lechos secos de ríos, torrenteras, meandros, llanuras aluviales; incluso antiguas líneas de costa y fondos de lagos o mares en las tierras bajas del Norte. Estas marcas parecen indicar que, en un pasado remoto, el planeta rojo tuvo una atmósfera densa que permitió la existencia de agua líquida en su superficie. Y, por nuestra experiencia, el agua y la vida van estrechamente unidas. Las misiones Viking, dos sondas de aterrizaje de la NASA que se posaron en Marte en 1976 y 1977, tenían como uno de sus objetivos primordiales averiguar si existía vida. Los resultados, aunque algo discutidos en su momento, no dejaron lugar a dudas: Marte es hoy un mundo estéril y muerto. Sin embargo, ¿ha sido así siempre?

Bastantes científicos opinan que merecería la pena buscar restos de vida fósil en Marte o, los más optimistas, vida microbiana actual. Recuerden la enorme polémica desatada por el anuncio de la NASA en agosto de 1996, de que unos investigadores habían hallado pruebas de la existencia de fósiles de bacterias en un meteorito marciano, el ALH84001, encontrado en la Antártida. Con el paso del tiempo, estas pruebas han demostrado no ser concluyentes, y aún hoy son objeto de debate. Como decía Carl Sagan, «afirmaciones extraordinarias necesitan pruebas extraordinarias».

Actualmente, otras dos sondas de la NASA orbitan Marte; la Mars Global Surveyor, desde 1997, y la Mars Odyssey, desde 2001, habiendo completado un mapa geomorfológico de todo el planeta con una resolución sin precedentes, hasta el punto de que se da la curiosa paradoja de que tenemos mejor cartografiado Marte que algunas regiones de la Tierra. Los cientos de miles de imágenes de la Surveyor han mostrado un Marte viejo y nuevo a la vez, en el que incluso parece que exista agua líquida bajo su superficie y que salga ocasionalmente a la luz en forma de efímeros torrentes que subliman en la enrarecida atmósfera marciana. Los nuevos datos del espectrómetro de masas de la Odyssey parecen demostrar por su parte la existencia de grandes depósitos locales de permafrost (mezcla de hielo de agua y roca) enterrados a menos de un metro por debajo de la superficie. Por otro lado, y con relación al análisis geológico de los posibles fondos oceánicos marcianos realizado por la Odyssey, han aparecido depósitos de hematites (compuesto mineral de óxido férrico), entre cuyos orígenes se puede contar la presencia a largo plazo de grandes cantidades de hierro disueltas en vastas masas de agua, así como abundancias inusuales de minerales sulfatados y sales de cloro, lo que apunta a que los materiales típicos de las tierras bajas serían basaltos alterados, comparables a los fondos oceánicos terrestres.

Así, paulatinamente aparecen nuevas evidencias a favor de la existencia, en los primeros cientos de millones de años desde su formación, de vastas masas de agua líquida y estable en la superficie de Marte. En la Tierra, los procesos biológicos que dieron origen a la vida, tuvieron lugar en los océanos primitivos cuyas condiciones habrían sido muy similares a las de Marte durante largos períodos de tiempo. ¿Quizás la vida tuvo alguna oportunidad en esos hipotéticos –pero cada vez más ciertos– océanos de nuestro misterioso planeta vecino? La flotilla de emisarios robot enviados a Marte puede ayudarnos a encontrar la respuesta.

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El autor

Ángel Gómez Roldán es Divulgador científico especializado en astronomía y ciencias del espacio, y director de la revista "AstronomíA".

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