Urano, un mundo tumbado

Ángel Gómez Roldán / 26-08-2004

El 13 de marzo de 1781, un organista de la ciudad inglesa de Bath, de origen alemán y astrónomo aficionado, halló un nuevo planeta mientras realizaba la segunda versión de un catálogo estelar.

Su nombre era William Herschel (1738-1822) y el planeta acabaría llamándose Urano. De hecho, ya había sido observado muchas otras veces con anterioridad, pero siempre había sido confundido con una estrella más. Otro destacado astrónomo inglés, John Flamsteed, incluso lo clasificó en 1690 como la estrella 34 Tauri.

Esa noche de marzo, Herschel estaba observando en la constelación de Géminis cuando encontró “la estrella”, que en su telescopio reflector de gran calidad –construido por él mismo– tenía un aspecto nebuloso. La catalogó como un posible cometa. Cuatro días después constató que, como sospechaba, ese cuerpo se había desplazado respecto a las estrellas, por lo cual pertenecía al Sistema Solar. No fue hasta más tarde que comprobó que no se trataba de un nuevo cometa, sino de un séptimo planeta situado más allá de Saturno.

Recibió el nombre de Urano, dios del cielo y padre de Saturno en la mitología griega. De repente, el Universo conocido había duplicado su tamaño puesto que Urano, el primer planeta descubierto con un telescopio, se encuentra al doble de distancia del Sol que Saturno. La enorme popularidad que le granjeó este hallazgo a Herschel tuvo como recompensa que el rey Jorge III le concediese una pensión vitalicia para que se pudiera dedicar plenamente a la astronomía abandonando su trabajo como músico.

Hoy en día se sabe que Urano es, con 51.118 km, el tercer planeta de mayor diámetro del Sistema Solar, tras Júpiter y Saturno. Tarda unos 84 años en dar una vuelta completa en torno al Sol debido a la enorme distancia media que lo separa de la estrella: 2.870 millones de kilómetros (más de diecinueve veces más lejos que la Tierra). Es miembro de la familia de planetas gaseosos gigantes del Sistema Solar y comparte con los otros tres (Júpiter, Saturno y Neptuno) varias características comunes: una atmósfera gaseosa compuesta mayoritariamente de hidrógeno y helio a baja temperatura, una densidad baja, un sistema de anillos helados y un gran tamaño que retiene una numerosa cohorte de satélites.

No obstante, también posee unas características únicas, la más relevante de las cuales es la inclinación de su eje de rotación. La mayor parte de los planetas y lunas del Sistema Solar giran en torno a su eje de manera casi perpendicular a la eclíptica (un plano imaginario definido por la órbita terrestre que siguen casi todos los planetas en su traslación alrededor del Sol). Sin embargo, Urano rota en unas diecisiete horas casi paralelo a este plano, por lo que sus polos pueden apuntar directamente al Sol.

Algunos investigadores piensan que su extraña inclinación podría ser debida a que hubiera sufrido en el pasado una gigantesca colisión que le hiciera “tumbarse”. Debido a esta peculiaridad, las regiones polares reciben más energía del Sol que el ecuador aunque, por un proceso aún desconocido, esté más caliente que los polos. Probablemente haya algún mecanismo de transferencia de energía desde el núcleo interior que haga que la temperatura ecuatorial de Urano sea más elevada de lo que sería de esperar dada su inclinación.

La atmósfera de Urano (83% hidrógeno, 15% helio y 2% metano) muestra, aunque no de manera tan destacada como las de Júpiter o Saturno, una estructura en tenues bandas de color azul verdoso, paralelas al ecuador, que son fruto del rápido movimiento de sus vientos. Además, en los últimos años, observaciones de alta resolución realizadas con telescopios gigantes desde tierra o con el Telescopio Espacial Hubble evidencian que la actividad en la atmósfera de Urano está aumentando en intensidad y duración, quizás como consecuencia de que el ecuador del planeta cada vez recibe mayor cantidad de radiación solar por su movimiento orbital. De hecho, hacia el año 2007 el Sol se encontrará casi directamente sobre las regiones ecuatoriales de Urano.

En 1986 ocurría todo lo contrario y era el polo sur del planeta el que apuntaba hacia el Sol. Precisamente el 24 de enero de ese año, la sonda espacial Voyager 2, hasta el momento la única que ha visitado Urano, pasó a poco más de ochenta mil kilómetros del planeta. Uno de sus descubrimientos más notables fue que el campo magnético no se encuentra centrado respecto al núcleo y que, además, está desplazado unos sesenta grados del tumbado eje de rotación, lo que determina que la magnetosfera de Urano posea una forma un tanto peculiar. Los científicos desconocen el porqué de esta anomalía. Otra de las aportaciones del vehículo interplanetario de la NASA fue el hallazgo de diez nuevos satélites, que se sumaron a los cinco ya descubiertos. En la actualidad, se conocen veintisiete lunas de Urano. La mayor de ellas, Titania (por cierto, detectada por Herschel en 1787) tiene unos 1.600 km de diámetro.

Los anillos de Urano se encontraron por casualidad en 1977 durante las observaciones en infrarrojo de la ocultación de una estrella por el planeta. La estrella SAO 158687, tanto antes como después de ser eclipsada por el disco planetario, mostró a los sorprendidos investigadores que desaparecía y reaparecía alternativamente y de manera simétrica a ambos lados de Urano. Años después, Voyager 2 observó los anillos en detalle descubriendo un total de once, compuestos de partículas heladas de color muy oscuro. La importancia del hallazgo de los anillos estribó en que fueron los primeros que se encontraban después de los de Saturno en el siglo XVII, mostrando que son una característica común de los planetas gigantes, como ahora se conoce, y no una excepción. (en 1979 y 1989, las sondas Voyager descubrieron los anillos de Júpiter y Neptuno, respectivamente).

Casi nadie sabe que es posible ver a Urano sin ayuda óptica. Tiene que ser desde lugares oscuros, pues su brillo medio está prácticamente en el umbral del límite de visibilidad del ojo humano; y con la ayuda de un mapa de referencia para distinguirlo de las estrellas que lo rodean. Es útil calcular cuando está cerca de otros astros brillantes para que ayuden a su localización, lo que ocurrirá el próximo 29 de agosto. Ese día la Luna llena se situará a primera hora de la noche a poco más de cuatro grados de distancia angular de Urano, o a unas nueve veces el diámetro aparente lunar.

El mapa adjunto puede servir para, con la ayuda de unos simples prismáticos, localizar el séptimo planeta (marcado con una elipse azul) al norte de la brillante Luna llena. Se mostrará como una débil estrella de magnitud 5,7. Si se dispone de un telescopio y la noche está tranquila y sin turbulencias, se podría llegar a distinguir el diminuto disco de color grisáceo de Urano. En ese momento se encontrará a unas diecinueve veces la distancia que separa a la Tierra del Sol, exactamente a más de 2.848 millones de kilómetros de nosotros. No es de extrañar que su aspecto llamase la atención a Sir William hace ya 223 años.

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    Imagen de Urano en el infrarrojo

    © E. Karkoschka et al. (Universidad de Arizona), NICMOS, ...

El autor

Ángel Gómez Roldán es Divulgador científico especializado en astronomía y ciencias del espacio, y director de la revista "AstronomíA".

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