Ganímedes, el satélite gigante

Ángel Gómez Roldán / 26-08-2005

La tradicional clasificación de los nueve planetas de nuestro Sistema Solar deja de lado cuerpos fascinantes que, si no fuera porque giran alrededor de otros mayores, por tamaño podrían ser ellos mismos planetas. Es el caso de los cuatro satélites galileanos de Júpiter.

Ganímedes, el mayor de todos los satélites planetarios conocidos, es el mejor ejemplo: con 5.262 km de diámetro, es casi 400 kilómetros más grande que Mercurio, bastante más del doble que Plutón, y sólo un 23 % más pequeño que Marte. Si girara solitario en torno al Sol, en vez de hacerlo acompañando al enorme Júpiter, sin duda sería considerado un planeta.

Dicho satélite, cuyo nombre mitológico es el de un atractivo muchacho troyano que Zeus raptó para convertirlo en servidor de los dioses del Olimpo, orbita a un millón de kilómetros de su planeta aproximadamente cada siete días, rotando sincrónicamente con su período de traslación, por lo que siempre le muestra la misma cara.

Formado lejos del Sol, donde los elementos volátiles y ligeros abundan más que los pesados, concentrados en sus cercanías, su densidad es bastante baja (1,94 g/cm3). Por ello, aunque en tamaño sea más grande que Mercurio, este mundo compuesto mayoritariamente de hielo únicamente tiene la mitad de la masa del rocoso planeta interior.

Los sobrevuelos de las Voyager 1 y 2 en 1979 permitieron a los geólogos planetarios descubrir fascinados cuán distintos son los cuatro satélites galileanos: Ío, furiosamente volcánico; Europa, una lisa esfera de hielo resquebrajado con un misterioso océano subterráneo; Ganímedes… de nuevo completamente diferente.

En su superficie se encuentran dos tipos básicos de terreno; uno oscuro, antiguo, lleno de viejos impactos meteoríticos; otro algo más reciente, de color más claro y muchos menos cráteres, pero con una vasta red de líneas y fracturas de origen tectónico de hasta miles de kilómetros de longitud. Terrenos similares a éste aparecen en muchos otros satélites helados del exterior del Sistema Solar, como Encélado en Saturno, o Ariel y Miranda en Urano. Por otro lado, las regiones oscuras y llenas de cráteres son parecidas a las que infestan la superficie de Calisto, el cuarto satélite galileano. Todas estas superficies melladas son muy anteriores a la lisa de Europa.

A diferencia de los de la Luna o Mercurio, los cráteres de impacto de Ganímedes, que en el pasado ha tenido una compleja y rica actividad geológica, son bastante planos, sin picos centrales o bordes escarpados. Ello se debe probablemente a la naturaleza frágil y helada de su corteza, que puede "fluir" suavizando los relieves y haciéndolos casi desaparecer. La densidad de dichos cráteres revela una edad de entre 3.000 y 3.500 millones de años, similar a la Luna. Ganímedes posee asimismo una pequeña cantidad de cráteres recientes con brillantes eyecciones de hielo fresco a su alrededor.

Antes de los primeros encuentros de la sonda Galileo en 1996, los científicos pensaban que estaba compuesto por un núcleo rocoso rodeado por un manto y una corteza superficial, ambos de hielo. La existencia de un campo magnético propio (que probablemente se genera por el movimiento interno de un material conductor, en un proceso similar al terrestre), permitió inferir su estructura, diferenciada en tres capas: un pequeño núcleo de hierro y azufre fundido, un manto de silicatos rocosos mezclados con hielo, y una corteza exterior también de hielo. Curiosamente, exceptuando esta última capa, su composición es parecida a la del volcánico Ío.

El Telescopio Espacial Hubble halló por espectroscopía una atmósfera muy tenue de oxígeno ionizado (ozono), similar a la de Europa. Este ozono se crea por la colisión de partículas cargadas atrapadas en la inmensa magnetosfera de Júpiter con el hielo de agua de la superficie. Uno de los descubrimientos de la Galileo fue la posibilidad de que bajo esta corteza de hielo exista a gran profundidad, como en Europa y Calisto, un océano de agua líquida salada, lo que explicaría algunas de las lecturas del magnetómetro, tomadas principalmente en uno de sus sobrevuelos a apenas 800 km de altura en mayo de 2000.

Ciertos tipos de minerales observados en superficie gracias a estudios de reflectividad infrarroja sugieren que en el pasado podría haber aflorado agua salada de su interior, idea que es reforzada por algunas imágenes en las que se aprecia como el agua o el hielo parecen haber surgido a través de grietas de su corteza, al estilo de lo que sucede en Europa.

A diferencia de los dos satélites más interiores de Júpiter (Ío y Europa) que poseen una actividad dinámica causada por las fuerzas de marea gravitatorias, Ganímedes y Calisto no parecen mostrar signos de calentamiento tidal al encontrarse más alejados del planeta. Si no existe este calentamiento ¿cómo se mantiene en Ganímedes el océano líquido a una profundidad de entre 150 y 200 kilómetros? La explicación parece estar en la radiactividad natural de las rocas de su manto.

En 1610, Galileo comentó poco después de descubrir los cuatro satélites mayores de Júpiter que éstos formaban "un nuevo sistema planetario". Vista la extraordinaria variedad que casi cuatro siglos después han revelado a una sonda robot llamada como él, hay que reconocer que el sabio pisano tenía mucha razón.

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El autor

Ángel Gómez Roldán es Divulgador científico especializado en astronomía y ciencias del espacio, y director de la revista "AstronomíA".

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