Navegando con las estrellas: los albores de la navegación de altura

Mínia Manteiga Outeiro / Pablo López Varela y Alsira Salgado Don / 28-02-2011

"Entre las cosas de gran calidad que el ingenio humano inventó para sustento de los hombres una muy principal fue fabricar navios, y hallar arte para los gobernar y traer navegando por la mar".   
Pedro de Medina: "Regimiento de Navegación",1563

No se puede determinar el lugar y el momento en que el ser humano, impulsado por el anhelo de conocimientos y de expansión geográfica, comenzó a emplear y dirigir objetos flotantes para salvar extensiones de agua, ya que se trata de un hecho universal que difícilmente soporta un punto de vista individualizado. Lo que sí podemos hacer es, basándonos en pruebas históricas, analizar la evolución que esta actividad tuvo desde el mundo antiguo hasta nuestros días. Así, a lo largo de esta nueva serie de artículos, “Navegando con las estrellas”, trataremos de dar una idea de los métodos e instrumentos que han empleado los navegantes en el desarrollo de la aventura marítima, prestando especial atención a aquellos que tuvieron su base en la observación del cielo.

En este primer artículo nos centraremos en el nacimiento del denominado “arte de la navegación”, donde los marinos recurrían a todo tipo de astucias, no siempre basadas en hechos cuyo fundamento se hubiese adquirido científicamente, para llevar a buen puerto sus travesías.

En las primeras navegaciones es de suponer que nunca se perdía la costa de vista, usando ésta como único medio de orientación. Posteriormente, con la necesidad de realizar travesías cada vez mayores, la observación del firmamento, con la lenta y fiable cadencia en el tiempo de las posiciones de las estrellas más brillantes, empezó a utilizarse para intuir la situación del buque en su derrota y para señalar la dirección a seguir. Fueron varios los pueblos primitivos que nos permitirían ejemplificar este tránsito, entre los que destacan los antiguos habitantes de las islas de la Polinesia, quienes realizaban navegaciones de gran envergadura sirviéndose de la ayuda de los astros en sus viajes entre islas (véase el artículo publicado en caosyciencia “Las gentes del mar abierto”).

Volviendo la mirada hacia Europa, puede decirse que el arte de la navegación marítima se engendró en el Mediterráneo. Dentro de este mar las condiciones meteorológicas son más propicias que en mares y océanos abiertos. No presenta variaciones de marea ni corrientes demasiado fuertes, y los vientos predominantes son bastante estables en su dirección en función de la época del año y de la zona. Además, presenta la ventaja de que su limitada extensión permite realizar travesías entre puertos sin perder la costa de vista durante mucho tiempo. Estas circunstancias permitieron primero a los cretenses y posteriormente a los fenicios, cartagineses, griegos y romanos, expandirse por las costas mediterráneas, e incluso aventurarse por las costas atlánticas. Entre estos pueblos, los fenicios fueron los que lograron un mayor dominio de los mares en su tiempo. Basta mencionar que existen indicios de su llegada, a través del Mar Rojo, a la costa sudoeste de la India hacia el 950 a.C., y que lograron la circunnavegación de África hacia el 600 a.C. También en esta época importaban estaño de forma regular desde Cornualles, y en el siglo VI a.C. descubrieron las islas de Madeira, Canarias y Azores.

Con una similar iniciativa náutica, aunque con varios siglos de retraso respecto a las antiguas culturas mediterráneas, los pueblos del norte de Europa también realizaron importantes travesías. Así, antes del siglo X, los navegantes irlandeses llegaron a las islas Shetland, a las Faroe y a Islandia, recorriendo distancias de entre 200 y 300 millas sin divisar tierra. Los vikingos repitieron estos viajes, descubriendo Groenlandia y, según algunos historiadores, llegaron a las costas americanas.

Los detalles de cómo estos marinos llevaron a cabo tales viajes y descubrimientos se desconocen con exactitud, pero textos clásicos como los escritos de Homero y Herodoto, así como ciertos pasajes de las sagas islandesas, transmiten la idea de que ya se usaban ciertos conocimientos de astronomía para orientarse.

Cuando las naves perdían de vista la costa, los pilotos se servían de las reglas básicas de observación de fenómenos naturales cíclicos tales como la dirección de los vientos y corrientes predominantes, la presencia y el comportamiento de aves y peces, y el color de las aguas, ya no para obtener su situación sino para orientarse en la travesía. También se empleaban algunas manifestaciones astronómicas.

Es de suponer que el primer fenómeno celeste en que se debieron basar fue el movimiento del Sol saliendo por oriente y poniéndose por occidente. Aunque debe tenerse en cuenta que este fenómeno no indica puntos determinados sino regiones, ya que sólo en los equinoccios de primavera y otoño el Sol sale y se pone exactamente por los puntos cardinales este y oeste. Al anochecer, el sistema de orientación cambiaba y de especial importancia era la estrella Polar, conocida en la antigüedad como estrella Fenicia, por ser los fenicios los primeros que la emplearon en sus viajes. Pero la estrella Polar a la que hacían referencia griegos y fenicios no era la misma que la que actualmente conocemos por tal nombre. Debido a la precesión del eje de rotación de la Tierra, era Kochab la indicadora del norte. Posteriormente, la estrella utilizada por los navegantes árabes y vikingos para este fin fue la 32 H Camelopardalis que, aunque era unas cuatro veces menos brillante que la actual Polaris, distaba tan sólo medio grado del polo en el año 800 d.C.No obstante, a bordo, estas observaciones astronómicas carecían de una metodología científica, y se empleaban exclusivamente para determinar la dirección que se debía seguir para llegar a tierra.

Hacia el siglo IV a.C. aparecen los primeros periplos: descripciones escritas de las costas en las que se navegaba que permitían a los marinos identificar la situación desde el mar, e informaban acerca de los peligros, profundidades y abrigos que ofrecía. Su aparición hace evidente la existencia de un tipo de navegación basada en la estima del rumbo y la distancia, aunque la medición de estos dos factores no alcanzaba gran exactitud. Las distancias se medían en días de navegación o bien mediante estimas en las cuales el tiempo podría haberse mesurado con ampolletas de arena, utilizadas ya desde muy antiguo, y la velocidad mediante métodos como el de contar las paladas de los remos. Para determinar el rumbo se desarrolló un sistema en el cual se señalaban las direcciones por los nombres de los vientos que soplaban desde ellas tomándose a intervalos regulares. Se representaban mediante una figura que tomó el nombre de “rosa de los vientos”. También hacia el siglo III a.C. se comenzarían a encender fogatas y fanales en puntos determinados de la costa, que servían como ayuda a la navegación durante la noche y que serían incluidas en los posteriores periplos.

Otra ayuda con la que contaban los antiguos navegantes era el uso de la sonda. Con ella podían conocer la profundidad e intuir la proximidad de tierra firme o, empleando sucesiones de sondeos, determinar si el fondo ascendía o descendía, con lo cual se podía presuponer que se acercaban o alejaban de la costa. También podían conjeturar sobre las características de las tierras próximas tomando muestras del lecho marino.

Tras siglos sin apenas variaciones en la metodología e instrumentación, la aparición de la aguja náutica puede considerarse un hito fundamental en la evolución posterior de la navegación. Este instrumento, del que se desconoce la fecha exacta en la que se extendió su uso en la mar (se supone que hacia el siglo XII), aunque rudimentario en sus orígenes, tuvo una importancia extraordinaria. Por una parte, se podía determinar la dirección del eje del mundo cuando la estrella Polar estaba oculta y, por otra, midiendo el ángulo formado entre la dirección de la aguja y la línea de fe, conocer el rumbo que seguía la nave.

La aguja náutica propició el desarrollo de las primeras cartas de navegación, donde las posiciones de los puertos no se marcaban en coordenadas geográficas sino según el rumbo y la distancia entre ellos. Este método de construcción dejaba mucho que desear en cuanto a exactitud pero, con todo, la posibilidad de referenciar la posición del buque de forma gráfica respecto a la costa supuso un gran avance frente a los rudimentarios métodos empleados hasta entonces.

Y llegamos así al siglo XV, época de los grandes descubrimientos, momento en el cual el arte de la navegación llega a su máxima expresión y se establecen las bases que darían lugar a una nueva ciencia, la ciencia de la navegación.

 

Bibliografía:

Bowditch, Nathaniel: “American Practical Navigator”. U.S. Naval Oceanographic Office, Washington, 1966.

Cotter, Charles H.: “A history of the navigator’s sextant”. Brown, Son & Ferguson, Glasgow 1983.

García Franco, Salvador: “Historia del Arte y Ciencia de navegar. Desenvolvimiento histórico de «los cuatro términos» de la navegación”. Instituto Histórico de Marina, Madrid 1947.

Sellés, Manuel: “Instrumentos de Navegación. Del Mediterráneo al Pacífico”. Lunwerg Editores, Madrid, 1994.

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El autor

Mínia Manteiga Outeiro es Doctora en Física. Profesora Titular en la E.T.S de Náutica y Máquinas de la Universidad de A Coruña.

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Pablo López Varela y Alsira Salgado Don
Pablo es Doctor en Marina Civil. Profesor contratado doctor en la E.T.S de Náutica y Máquinas de la Universidad de A Coruña.
Alsira es Licenciada en Náutica y Transporte Marítimo, Capitán de la Marina Mercante. Profesora interina de sustitución en la E.T.S de Náutica y Máquinas de la Universidad de A Coruña.

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