Cuando el Cosmos era una isla

Juan Antonio Belmonte / 21-09-2005

Durante más de treinta generaciones (según algunos datos, hasta cincuenta), los descendientes de Hotu-Matu’a y sus colonos habían vivido aislados en el rincón más alejado de un continente del planeta. Sus habitantes lo denominaban Te-pito-o-te-nua, el Ombligo del Mundo, pues creían que era la única tierra emergida que quedaba. También llamaban a su isla Pequeña Rapa, o Rapa Nui, quizás como recuerdo de su tierra ancestral, situada según la leyenda mucho más hacia el oeste.

En un domingo de Pascua a principios del siglo XVIII, la pequeña isla, de poco más de 150 km2, fue descubierta por unos navegantes holandeses, cuya sorpresa debió de ser mayúscula cuando constataron que estaba densamente poblada por lo que parecía ser una cultura bastante avanzada, puesto que había cubierto las costas con cientos de plataformas ceremoniales, los "ahus", sobre las que se erigían centenares de estatuas gigantescas, los "moais". Así comenzó la leyenda de la isla de Pascua o Rapa Nui.

Tras su hallazgo, la isla sufrió una devastadora guerra civil, durante la cual todas las estatuas fueron derribadas; así como los asaltos de barcos esclavistas, que diezmaron la población. Con la llegada de la cristianización, fue gobernada durante casi un siglo como una finca particular arrendada por el gobierno de Chile. Por todo ello, es sorprendente que los rapanuis se las ingeniasen para conservar gran parte de su cultura, aunque algunas tradiciones, como la lectura de las famosas "rongorongo" (inscripciones en tablas de madera), se perdieron por completo.

Mantuvieron el recuerdo de sus costumbres ancestrales transmitiéndolas de forma oral de padres a hijos. A partir del s. XX, dichas tradiciones fueron recogidas para conservarlas en memoria por etnógrafos y antropólogos, como Catherine Routledge, Sebastián Englert o Alfred Metraux. Finalmente, los trabajos del noruego Thor Heyerdahl y su expedición Kon-Tiki hicieron de Pascua un lugar emblemático en la memoria colectiva de la humanidad.

Los pascuences usaban las estrellas como guía, tanto para la navegación, a semejanza de otros habitantes de Polinesia, como para el control del tiempo a través de la observación de sus ortos y sus ocasos en momentos claves del año. Estas tradiciones han sido recogidas de forma sistemática durante los últimos cuarenta años por el antropólogo chileno, aunque rapanui de adopción, Edmundo Edwards.

Asimismo, habían cartografiado casi todo el cielo visible desde su isla, dando nombre a las estrellas más importantes y a algunos asterismos singulares. Las resplandecientes Alfa y Beta del Centauro recibían el nombre de Nga Vaka, la Canoa, y posiblemente ayudaban en la navegación por su proximidad al polo sur. El orto helíaco de una las estrellas más brillantes de sus cielos, Canopo, llamada Po Roroa, marcaba el principio de la época de la siembra.

De entre todos los asterismos, dos destacaban por su singularidad, su utilidad como marcadores de tiempo y su omnipresencia en las fuentes tradicionales: Matariki, los Ojitos, y Tautoru, los Tres Bellos, que fueron identificados con el cúmulo estelar de las Pléyades (en la constelación de Tauro) y las tres estrellas del cinturón de Orión, respectivamente.

Matariki no sólo era clave porque su salida al amanecer en la primera luna del invierno, la del mes de Anakena, indicaba el principio del año. También porque su primera y última visión a la caída de la tarde marcaban los extremos de la estación de Hora Nui. Ésta era la mejor del año, cuando se abría la temporada de pesca, se realizaban los rituales en honor de los antepasados frente a los ahus con sus grandes moais y la guerra estaba prohibida.

Tautoru marcaba también el principio del año, así como el inicio de las fiestas principales de la isla, las Paina, en torno a la primera luna del verano, aproximadamente en nuestro mes de diciembre. El planeta Marte, conocido como Matamea, el Ojo Rojo, jugaba un papel importante en la mitología rapanui asociado a la celebración cada dos años del festival sagrado de Koro.

Toda esta información se puede rastrear en las fuentes etnográficas, ¿pero hay algún modo de hacerlo en el registro arqueológico? Desde los trabajos pioneros de Routledge se sabe que en el extremo oriental de la isla, la aislada Península de Poike, se encontraba un lugar donde había una piedra inscrita con grabados que se conocía como Ko te Papa-ui-Hetu’u, "la piedra para observar las estrellas"; y, cercana a ésta, una segunda donde estaba representado un mapa estelar.

Nuestra investigación, en colaboración con Edmundo Edwards, ha demostrado que el supuesto mapa estelar podría ser una representación bastante realista de Matariki. Además, la presencia de anzuelos (previamente identificados como espirales) en la decoración de Papa-ui-Hetu’u sugiere una conexión con la temporada de pesca que, como se ha dicho, viene marcada por el orto y el ocaso de Matariki. Precisamente, ambas piedras se encuentran localizadas en el único lugar de Rapa Nui donde se ven las Pléyades tanto saliendo como poniéndose en un horizonte despejado, sobre el mar.

La relación más curiosa y sugerente pudiera darse en la orientación de algunos ahus y sus correspondientes moais respecto a ciertos fenómenos astronómicos. La mayoría de los ahus están construidos en paralelo a la costa, de forma que sus estatuas miran hacia el interior de la isla. Esta circunstancia anularía cualquier posibilidad de alineación astronómica deliberada, pues éstas siempre están regidas por el factor geográfico. Sin embargo, el arqueólogo William Mulloy, y más adelante el astrónomo William Liller, se percataron de la existencia de un cierto número de ahus cuyas paredes no eran paralelas a la costa, e incluso de que algunos de ellos se situaban tierra adentro. Para ellos, la topografía de la costa no era necesariamente el factor determinante.

A principios de los noventa, Liller publica el libro Los antiguos observatorios solares de Rapanui, la arqueoastronomía de la isla de Pascua; en el cual expone la orientación astronómica de ciertos ahus. Incluye Ahu A Kivi (con sus siete moais de nuevo en su lugar) o Ahu Uri a Urenga (con su moai solitario), que estarían supuestamente orientados a la puesta de Sol en los equinoccios y a la salida del Sol en el solsticio de invierno, respectivamente.

En una reinterpretación reciente, que hace uso de las fuentes etnográficas mencionadas, hemos propuesto que esos mismos ahu podrían estar orientados hacia las estrellas y no hacia el Sol. De esta forma, el solitario moai de Ahu Uri a Urenga habría mirado hacia la salida de Matariki en el horizonte oriental poco antes de la salida del Sol en el solsticio de invierno, dando así comienzo a un nuevo año pascuence. Los siete moais de Ahu A Kivi, las únicas estatuas de la isla de Pascua cara al mar, habrían contemplado las estrellas de Tautoru justo cuando éstas se ponían sobre el horizonte marino, indicando también la llegada del nuevo año con la aparición de la luna nueva del mes de Anakena.

Durante el resto del año las estrellas seguirían marcando los tiempos para los habitantes de aquella isla que, durante una época, llegó a ser considerada el centro del Cosmos.

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El autor

Juan Antonio Belmonte es Doctor en Astrofísica por la Universidad de La Laguna y Coordinador de Proyectos del Instituto de Astrofísica de Canarias.

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